Fue una de las madrugadas más complicadas, que se coló entre los muchos dramas de la inmigración que se han producido en Ceuta. La noche del 18 al 19 de noviembre de 2017, tres jóvenes murieron ahogados en Santa Catalina. El titular fue ese: murieron ahogados. Es una manera cobarde de no contar que fueron asesinados. Porque en este mundo cuidamos mucho las formas y nos hemos acostumbrado demasiado a las injusticias si estas vienen navegando en una patera.
Hablamos así de patrón de embarcación, en vez de decir criminal que cobra un sueldo por llevar, en muchos casos a la muerte, a personas engañadas. Son auténticos sicarios que cambian el tiro en la nuca por un choque contra las rocas y una huida cobarde. Parece que no nos atreviéramos a llamar las cosas por su nombre, más aún en esta época en la que cualquier noticia sobre la inmigración no recibe más que insultos.
Fíjense a qué nivel de odio/maldad/crueldad hemos llegado que incluso se critica que se entierre a un inmigrante, incluso se le insulta y acusa de ocupar un trozo de tierra que parece estar destinada a la sepultura de los que no tenemos etiquetas. Hasta esta situación hemos llegado. De locos.
La noche del 18 al 19 noviembre unos criminales organizaron un pase en patera que terminó en los isleros de Santa Catalina. Esa madrugada la recuerdo como si fuera ayer: los gritos de esos hombres y mujeres asustados, los guardias y policías sacándolos del agua, los asesinos pasadores huyendo del lugar... y finalmente los GEAS confirmando la peor de las noticias al sacar los cadáveres de tres chicos.
Uno detrás de otro, mientras sus compatriotas vomitaban en el suelo cuando recuperaban calor con las mantas térmicas. Esos chicos están enterrados en Sidi Embarek, terminaron aquí sus vidas en una noche difícil de olvidar. Fueron testigos del final de una miseria, de una vida que no fue vida. Fueron víctimas de un sistema que no funciona desde el momento en que nacer al otro lado de la valla merma el futuro para siempre. Yo no olvido aquello, creo que nadie debería olvidarlo, quizá para valorar más lo que tenemos e impedir que la miseria que anida ya en demasiados corazones termine contaminándonos.
Hay quienes se empeñan en que generalicemos situaciones, en que mezclemos historias, en que los malos sean todos los que ellos quieran, en extender su tela de araña llegando a convertir a ellos, a las víctimas, a esos chicos que duermen por siempre bajo tierra, en enemigos. No. Este mundo, en serio, no se lo puede permitir.






