No dan votos y tampoco importan si forman parte de ese grupo de invisibles que aparecen en nuestra ciudad. Hombres, mujeres y niños cuyas vidas terminan en Ceuta, cuyos cadáveres son recuperados en el mar o terminan desangrados en la valla. Si existiera cierta conciencia social hace tiempo que esta ciudad hubiera hecho algo por disponer de más medios para garantizar un periodo mínimo de búsqueda de identidad de estas personas. Hoy es imposible mantener un cadáver en una de las neveras un tiempo respetable para que las gestiones de las fuerzas de seguridad fructifiquen. Para dar tiempo a que las familias puedan saber que su pariente murió y puedan reclamar su cuerpo para que sea enterrado en su lugar de origen. La situación es tan extrema que resulta inviable poder cumplir con unos mínimos obligados en una ciudad frontera que, desgraciadamente, va a estar expuesta a la aparición de inmigrantes que terminaron su periplo donde no debían.
Si hubiera interés por arreglar este problema hace tiempo que se habrían buscado soluciones. Pero los muertos no interesan y menos si ni sabemos quienes son. Ha habido ya casos en los que las familias se han enterado de las muertes un día después del entierro y recordamos historias de luchas por conseguir la exhumación de los restos y trasladarlos al lugar de origen de esas personas. Con todos estos problemas podríamos terminar si hubiera una implicación más allá de guardar minutos de silencio esporádicos o de inventarse estatuas de homenaje a unos inmigrantes por quienes ni siquiera movemos un dedo para evitar que esos descansos eternos no lo sean en el lugar equivocado.






