La apertura de un nuevo tiempo político siempre genera expectativas ilusionantes. Es un momento apropiado para el reciclaje de objetivos y prioridades; que viene acompañado de un estado de excitación colectiva al vislumbrar nuevos horizontes por explorar y otros caminos por andar.
Sin embargo, en demasiadas ocasiones sólo es un espejismo de duración tan efímera que apenas se puede retener en la memoria. La invencible inercia provocada por la rutina, la pereza y el miedo, termina por desbaratar toda esperanza de cambio. Eso es exactamente lo que ha ocurrido en el caso de la nueva legislatura en nuestro Ayuntamiento.
Podríamos ofrecer numerosas pruebas de este nuevo fiasco. Pero nos centraremos, por su especial trascendencia, en la ambición de fraguar un proyecto de vida en común fundamentado en la interculturalidad. Este reto es la piedra angular sobre la que se construirá (o no) la Ceuta del futuro. No es una opción, no es una prioridad discutible; es un requisito político de naturaleza constituyente y, por tanto, absolutamente indispensable. Por ello sigue sorprendiendo la irresponsabilidad con la que se aborda este asunto desde muchos y diversos sectores de la ciudadanía.
Ceuta ha perdido, hasta ahora, todas las batallas importantes. Perdimos la batalla por la Transitoria Quinta (quedando relegados a la condición de “territorio singular indefinido”). Perdimos la batalla por un modelo económico autosuficiente y sostenible (nutrimos nuestra economía de fondos públicos y de los réditos de la economía sumergida que proporciona el tráfico transfronterizo). De las tres claves de futuro, sólo nos queda la lucha por la cohesión social. Y, desgraciadamente, todo apunta a una nueva y acaso definitiva derrota.
Resulta inconcebible la ofuscación que embarga al PP en su posicionamiento respecto a esta cuestión. Es cierto que esta ceguera está muy extendida; lo que ocurre es que el grado de responsabilidad del PP es muy superior a cualquier otro, pues no en vano controla todas las instituciones y ejerce un incontestable (hasta ahora) liderazgo político.
Ceuta se abre en canal. La división cultural es cada vez más pronunciada. El sentimiento de pertenencia al grupo, el reforzamiento de identidades contrapuestas y el distanciamiento entre ellas, son cada vez mayores. Y, sin embargo, la reacción política no existe. El irritante inmovilismo del PP evoca la conocida anécdota de la película de los Hermanos Marx (cuando, encerrados en una casa, ven por la ventana un tanque enorme avanzando hacia ellos a toda velocidad, y echan la persiana como única solución).
Cualquier persona con un mínimo sentido de la observación puede comprobar con suma facilidad el enfático proceso de disgregación. En todos los ámbitos (educativo, político, social, deportivo, cultural, ocio…) de la vida pública queda patente una clara división que es el germen de la destrucción de la convivencia. Y que el PP se niega rotundamente a corregir. No hay manera de que entren en razón. Lo ocurrido en la última sesión plenaria es tan elocuente como decepcionante. Se auguran otros cuatro años perdidos.
Caballas presentó una propuesta en la dirección de intentar revertir la dinámica de repliegue y refugio en su propio círculo que se percibe entre los jóvenes de las barriadas periféricas. Era algo tan sencillo como ofrecer a todos estos jóvenes, mediante un sistema de becas, la posibilidad efectiva de desarrollar su vocación y su talento. Bailar, tocar instrumentos musicales, pintar, aprender idiomas, practicar deporte (vela, waterpolo, equitación, baloncesto….) Es una forma diferente de caminar. Romper barreras. Entender que no existen compartimentos estancos, sino un espacio común abierto a todos, solidario y acogedor. Un cambio de mentalidad que con el tiempo puede dar muchos y buenos frutos. No había impedimento económicos (con un millón de euros se podrían becar hasta 3.000 jóvenes). Y sin embargo la respuesta fue, no. Taxativamente, no. Irreflexivamente no. Seguimos atascados.