Esa tarde del sábado todos sabíamos que debíamos estar preparados para pasar un mal rato. No se trataba de que nuestro equipo predilecto en la final de la Copa del Rey tuviera más o menos opciones de ganar. Ni tampoco que las alineaciones de unos o de otros (según nuestra frustrada vocación nacional de entrenadores de futbol) fueran las mas correctas para asegurar la victoria. Los malos augurios llegaban de experiencias pasadas.
Algunos ya tenemos experiencia suficiente como para almacenar malos recuerdos vividos. Y todo se desarrolló según el guion programado por algunos indeseables. A la llegada del Rey Felipe y a los primeros acordes del preceptivo himno nacional se desató una descomunal pitada como amable recibimiento a esos dos símbolos de la Nación Española. Estoy convencido de que muchos de ustedes sintieron el mismo bochorno que yo. Bochorno e indignación. Rabia contenida y vergüenza ante un espectáculo impropio de países civilizados. Aquellos que llevan años alentando la desafección hacia todo lo español en las comunidades vasca y catalana, y fomentando la utilización de espectáculos deportivos, y claro está entre ellos el futbol, como instrumento para la visualización de sus aspiraciones políticas de secesión, demostraron que habían sabido conseguir su objetivo mediático. Mientras el Rey aguantaba estoico y profesional el amargo chaparrón, el Molt Honorable President de la Generalitat a su derecha disimulaba una sonrisa y esbozaba muecas de satisfacción. Todo un espectáculo de histrión mal adiestrado. A posteriori, ya saben, el encuentro comenzó como si nada hubiera sucedido. Allí paz y después gloria. Pero no era así. Algo había sucedido. Algo importante y algo que hubo de tener consecuencias en ese momento o que al menos debería tenerlas mas adelante. En los días siguientes hemos asistido a una catarata de opiniones para todos los gustos. Desde los siempre buenistas clementes que piden no sobreactuar y no exagerar las reacciones, los sesudos analistas de ocasión que abogan por reflexionar sobre las causas pero obviar la forma, hasta los que exigen medidas para que una situación así no se vuelva a repetir. Hasta algún lumbrera jugador de ese memorable encuentro se ha permitido ejercer de analista político y aconsejar desde su atalaya millonaria y mediática. Yo quiero expresarles mi opinión. Los símbolos nacionales de España no son un invento de algunos políticos, ni simples elementos decorativos de las instituciones del Estado. No son ni un tema musical el himno, ni una tela coloreada la bandera, ni siquiera una mera persona el Rey. Son símbolos, representaciones por tanto de algo más importante y que en este caso es la Nación Española, su unidad, su historia y su pueblo. Merecen por tanto el máximo respeto por parte de cualquiera. Español o extranjero. Como también nos deben merecer el mismo respeto los símbolos de otros países. Un respeto que no significa ni asentimiento ni siquiera acatamiento sino simplemente respeto. Así lo establece el Código Penal en su articulo 573 que tipifica como delito “las ofensas o ultrajes de palabra, por escrito o de hecho a España, a sus Comunidades Autónomas o a sus símbolos o emblemas, efectuados con publicidad”. Véase cómo la ley impone por igual el respeto a todos los símbolos, sin preferencias, en el marco de una Monarquía democrática representada por el Rey, justamente la persona que presidía desde el palco oficial este partido de fútbol. Estoy seguro de que esos energúmenos que pitaban desaforados contra los símbolos de España se sentirían gravemente ultrajados si otros españoles tuvieran esa misma reacción ante su muy amado himno Els Segadors o la muy venerada ikurriña. Y la ley les ampararía en su defensa porque protege también esos símbolos en un ejercicio de total coherencia democrática. No. Nunca es libertad de expresión la ofensa al otro. Se equivocan aquellos que pretenden amparar el insulto y la ofensa como el legítimo ejercicio de una libertad. Precisamente las libertades se pueden ejercer porque descartan el ultraje o la violencia física o verbal. ¿Libertad de expresión para herir un sentimiento nacional? De ninguna manera. El respeto al honor de una comunidad de sentimientos es equiparable al respeto al honor de una persona. Esa pitada no fue otra cosa que un ejercicio de intolerancia, de fanatismo nacionalista, de incitación a la violencia verbal. Nos insultaron a todos los españoles no solamente insultaron al Rey. Nos insultaron a nosotros y a todos los que dieron su vida por España y por su libertad. Y algo así no puede quedar impune. Porque lo establece la ley, y porque es de sentido común. Porque la justicia debe prevalecer y porque seria nefasto y un grave precedente consentir actitudes como las vividas. Yo creo que ese partido hubo de ser suspendido inmediatamente. Se había cometido una flagrante violación de las leyes, de forma masiva y amparada cobardemente en la multitud. No era posible proseguir como si nada hubiera pasado. Esa reacción debería haber estado prevista por las autoridades gubernativas. Y a posteriori sancionar a los clubes que habían traído hasta el estadio a esos aficionados tal y como se hace cuando se producen canticos o gritos que incitan a la violencia. Estricta aplicación de la ley. Ahora se anuncian cambios legales para poder actuar, dicen, con carácter preventivo. Bienvenidos sean si son útiles pero ya no nos aliviaran el bochorno vivido. No es posible permanecer impertérritos ante la humillación de aquello que nos representa a todos. Una sarta de incívicos con pito en la boca no debe evidenciar la pusilanimidad del Estado. Si fuera así nos tomarían…por el pito de un sereno.





