Los tiempos están cambiando nos cantaba Bob Dylan hace ya medio siglo, pero lo cierto es que el cambio constante es intrínseco a la condición de la vida. Vivimos en una sociedad a la que le atrae de una forma casi irracional todo lo que es nuevo, innovador, transgresor o rompedor.
La novedad nos fascina y nos dejamos llevar muy fácilmente por la nunca verificable tesis apriorística de que las promesas de cambios se convertirán automáticamente en realidades de mejoras. Los resultados de las elecciones del pasado domingo, leídas por muchos comentaristas como la señal de un gran cambio en la política española y como el anuncio de tiempos revueltos, son un dato que ayuda a ratificar esa tesis.
En un contexto de pérdida generalizada de rentas familiares, de millones de desempleados, de sueldos escasos y de que buena parte de la población no perciba aún la recuperación, es inevitable que un gobierno que ha dispuesto medidas de ajuste insoslayables para corregir esa situación quede deteriorado y pierda voto y poder. Y es lógico, además, que gran parte de la población sufriente se decante por opciones que abogan por medidas que (al menos en la teoría) palíen esa situación. La izquierda ha salido reforzada en aquellas zonas de España más castigadas por la crisis y los ajustes.
Por otra parte, ese mantra de la debacle del bipartidismo no parece corresponderse con la realidad de los votos. El reparto del voto en las CCAA es el siguiente: PP: 34,5%. PSOE: 28,1%, Podemos: 16,1%. Los recién llegados de Podemos reciben todo el voto de una reforzada (y ahora, claro, desaparecida) IU, y Ciudadanos recibe aquellos a los que habría aspirado UPYD hace solo un año y el de los desencantados del PP, pero no han logrado ni los unos ni los otros ni de lejos alcanzar a los dos grandes. En el mapa autonómico, los únicos colores que aparecen son el rojo y el azul. Los pequeños serán relegados a ser bisagras, y esto da alegrías a corto plazo pero lágrimas más adelante.
Otro dato que llama la atención es que los radicales de izquierda han sabido unir el descontento de todos aquellos que aspiraban a desalojar al PP. En mi artículo de la semana pasada reflexionaba sobre la utilidad del voto. En los resultados a la alcaldía de Madrid se confirma mi tesis. El gran resultado de la candidata de Podemos es debido, a mi juicio, a la extensión de la idea de que era la opción más efectiva para desalojar del Ayuntamiento al PP, de parar a Esperanza Aguirre. Todo los madrileños de izquierdas tenían claro que Carmena era la destinataria del voto útil. Creo que este fenómeno se ha repetido en otros lugares: si había un candidato que se percibía como capaz de tumbar al candidato popular, el voto se concentró sobre él. El fenómeno también se demuestra en sentido contrario: allí donde los votantes del PP han percibido con claridad que se podía perder el gobierno, la opción de Ciudadanos ha estado muy por debajo de sus propias previsiones. En Ceuta, el relativo fracaso de Ciudadanos tiene mucho que ver sin duda con esta correlación entre voto y percepción de éxito /fracaso.
En cuanto a lo que algunos medios de comunicación venden como auge de la extrema izquierda de Podemos, creo que hay que tomarlo con más calma. Excepto algunos triunfos muy relevantes por lo que representan (Madrid, Barcelona, Zaragoza o La Coruña), no exhiben grandes masas de votantes en el conjunto nacional. Condicionarán gobiernos sin duda, pero con esos resultados no deberían aspirar a ser muy relevantes en un escenario surgido de unas elecciones generales. Y esto produce alivio. La Moncloa no parece al alcance del asalto de Iglesias.
Y he dejado para el final un somero análisis de lo sucedido en casa. Reservo para otra ocasión y con más extensión el examen a lo que me parece el fenómeno más doloroso y peligroso para Ceuta, la rampante abstención. La meritoria victoria del PP por mayoría absoluta es una loable excepción en el conjunto de España. Aún así se logra con una importante y triste pérdida de apoyo. Y esto es algo que hay que reconocer e intentar corregir. Mucha de esa pérdida se debe sin duda a la sensación de “ganador seguro” que mantiene el PP de Vivas y que detrae la movilización de parte de su voto natural. Este aspecto no deberá descuidarse para una próxima ocasión, ni tampoco los electores tradicionales del PP deberían descuidarse mucho más tiempo por las consecuencias que esto pudiera tener para sus vidas. Ni debería dejar de atenderse el hecho de que pequeños partidos en la órbita del centro derecha con su efecto dispersador del voto pueden terminar colaborando a entregar el poder a otras opciones menos deseadas por la mayoría de los ceutíes. El PSOE ocupa la segunda posición que nunca debió perder aunque lo hace con un crecimiento exiguo y sin perspectivas de tendencia al alza. El supuesto proyecto líder de cambio parece exánime al día siguiente de la confrontación electoral. Mucho y muy duro deberá trabajar en los próximos años para revivir algo de frescura al chasco del domingo. Caballas fracasa sin paliativos: pierde mucho voto pero sobre todo pierde mucho potencial votante que ahora desemboca en otra opción para ellos más atractiva. Esa unión de Alí con Aróstegui no parece ya sugestiva a una mayoría de sus votantes. Tampoco su proyecto que nadie concibe ya como la Ceuta del futuro. Los gritos y los insultos han recibido un correctivo importante. Y aparece con fuerza una Evita Perón con rostro de Fátima Ahmed que pugna sin pudor por hacerse con el voto de los más necesitados pero parece que entre ceutíes musulmanes y entre el voto femenino. Ceuta ha demostrado que los partidos localistas tienen cabida pero también tienen sus límites de crecimiento, y esto no debieran olvidarlo.
Como conclusión, creo que cuando las cosas no van lo suficientemente bien para la gente, el partido en el poder suele salir muy desgastado de su gestión. Hemos perdido muchos votos en el PP. Claro. Hay crisis, a mucha gente le va mal, el ruido de fondo es el de la corrupción, hay tensiones sociales evidentes. El resultado era esperable. Solo nos queda mejorar.





