En un lugar de la dimensión trasparente, allí donde yace el infinito, busco una luz con que surcar los vientos; busco un lenguaje, busco una sintonía. Me bastaría una imagen para dotar de materia el universo de la luz, mas ha de ser la imagen de Ceuta, no vale cualquiera.
En el punto de confluencia, cada esencia por su nombre, cada nombre por su esencia; cada energía, cada palabra encubierta. Debe ser la soledad del hablador la que me hace pensar; cada idea con su entorno, cada entorno con su idea. Mi fiebre me asemeja a los buscadores de oro, que al otro lado de las fronteras buscan algo de riqueza con que resarcirse de la espera. ¿Y si el olvido borrara mis inicios, cuál sería mi grandeza? La noche pasa despacio si la miras con paciencia. Cada noche es una despedida; cada astro con su signo, cada signo con su estrella. El estudio atempera los sentidos, y en el orden del mañana, el árbol dará su fruto; distinta es la pobreza. ¿Manzana de oro o pan de abeja, qué prefieres mientras sueñas? En el orden de la leyenda, hablaré de un guardián custodiando el libro de la vergüenza, pues es sabido que no alcanzo todo el saber; más quisiera. Tendría que vivir mil vidas para intuir el enigma de la luz infinita. ¿Es el tiempo nuestro mal, o es el tiempo nuestra fortaleza? Al abrigo de las horas la noche pasa despacio; otra vez la paciencia. La intensa labor del vigía de las estrellas aviva el apetito: ¿habrá alguna dentellada en el árbol de la miel? (El enigma se hace grande: ¿quién dispuso ahí mi despensa?) Son las cosas del orador, que de noche despierta, y su alma, herida ahora por el frío, busca el calor de las estrellas. El infinito se haría menor si hallara la respuesta. Desde la cima del monte de La Mujer Muerta se divisan todos los territorios de la tierra, pues no hay nada más alto, ni nada más puro, ni nada más bello, ni nada más lejos…, ni nada más cerca. Pero el libro que escribo es cosa de una estirpe completa, algún niño habrá de tomar el relevo en la observación abisal. Entonces, algún día, los mundos se unirán en una certeza: el libro de las estrellas verá la luz; distinta es la ceguera. No es fácil mirarse en el espacio, pero la sinceridad es así; llega cuando nadie la espera; aparece sin llamar, como el maestro en el aula abierta, o como el lector que huye de las miserias.





