Que las palabras en política son más débiles que los hechos tendría que ser una máxima asumida como principio elemental por todos los que se dedican a la política. Pero no. Una vez y otra se despeñan por palabras huecas, grandes discursos pomposos y hueros que se desmienten al poco con las acciones.
¿De qué sirve, por ejemplo, a estas alturas de la degeneración, que un dirigente político afirme solemnemente que su disposición frente a la corrupción política es “tolerancia cero”? Lo dicen, cuando se ven rodeados de escándalos, como quien se encomienda a una poción mágica; como si con sólo mencionar esas dos palabras, abracadabra, la sola mención constituyera un cortafuegos efectivo que evita cualquier otra explicación.
Cuántas veces se han oído esos golpes de pecho y cuántas veces encerraban nada… Desde que llegó a la presidencia de la Junta de Andalucía, Susana Díaz lo repite a cada instante. “Tolerancia cero”, exclama una y otra vez, y lo acompaña luego de otras frases hechas, igualmente vacías de toda sustancia, como el “caiga quien caiga”, “transparencia” o “colaboración total con la Justicia”… Todo eso es nada, al fin, porque los hechos que se suceden confirman que todo sigue igual. Y que no existe ningún arrepentimiento.
Porque llega un momento, como el actual, una encrucijada como la que se dibuja con la remisión del escándalo de los ERE al Tribunal Supremo, por parte de la juez Alaya, en el que ya no sirven las palabras, el discurso floreado, sino el compromiso. En esas, lo que ha hecho Susana Díaz es defender a quienes encabezan la pirámide fraudulenta del escándalo andaluz de los ERE. En una entrevista en Canal Sur (“su canal”, como recordaba siempre el incalificable Pedro Pacheco para remarcar el servilismo dócil de la cadena pública andaluza hacia el PSOE), la presidenta ha defendido la “honestidad y la decencia” de los dos expresidentes de la Junta de Andalucía que la han precedido, Chaves y José Antonio Griñán.
A ver, lo esencial de ese proceso judicial no es que dos o tres, o trescientos, se hayan enriquecido con comisiones abusivas, con fraudes o engaños; no, lo importante de verdad es cómo unos dirigentes políticos han despilfarrado cientos y cientos de millones de euros por el exclusivo interés clientelar que los mantenía en el cargo. Bajo los gobiernos de Chaves y de Griñán se pergeñó la trama de los ERE, ideada para premiar la opacidad y el sectarismo, y la gravedad mayor está en las oportunidades perdidas, en el futuro desperdiciado, en las esperanzas frustradas de la región con más paro de Europa. Haber despilfarrado el futuro de varias generaciones no se mide por parámetros como la decencia, el pudor o el recato.
Publicado en elconfidencial.com





