Vivimos rodeados de decisiones políticas marcadas por el error. Decisiones que no tienen consecuencia alguna ni en forma de dimisión ni de enmienda.
Uno podría pensar que de los errores se aprende, esperando, o cuando menos confiando, en que éstos no vuelvan a producirse. Es una mera ilusión. Al menos en Ceuta se tiene la extraña capacidad de buscar la piedra para colocarla en el camino y tropezar y tropezar sin atisbo de cansancio. La sociedad avanza a caballo entre el sector adormecido que opta por seguir viviendo bien y el que, crispado, no encuentra la forma de solucionar sus problemas. Entre unos y otros están los que se erigen en una especie de jueces, por encima del bien y del mal, que aparecen cual fantoches, detrás de una tribuna pública, dándonos consejos o llamando a las barricadas ofreciendo un discurso con el que, de entrada, se engañan a sí mismos. Es imposible empatizar con las miserias del vecino si uno tiene asegurado el pan a final de mes. Su pan y el de su familia, bien colocada, bien asegurada. En esta ciudad nos sobran fantoches, de esos que nos dan lecciones sobre la sanidad pública pero cuando prueban cama en el Hospital piden ser aislados para no coincidir con ‘otros’, o hacen lo mismo con la educación pero huyen como de la peste si su niño termina recalando en un colegio público. Hipócritas con chaqueta según la oportunidad tenemos para dar y regalar.
No esperemos grandes cambios o grandes avances en una ciudad en la que las dos administraciones están llamadas a vivir en un eterno enfrentamiento sumido en el disfraz de las legítimas discrepancias. Cada plaza intenta apuntarse el tanto y de cometerse un error se busca la manera de que el origen del mismo salpique a la contraria. Es así, nos guste o no.
El vivo ejemplo de la poca vergüenza y de la inutilidad de la clase política está en la famosa escalera del Tarajal. Resulta que ambas administraciones salieron a la esfera pública diciendo que, juntas, habían adoptado la decisión de derribarla, causando enormes perjuicios que nunca asumieron, ni tan siquiera por dignidad. Es el ejemplo descarnado del autoritarismo, de cómo es posible que estemos pagando el sueldo a quienes han sido enchufados en el ámbito público para mejorar nuestra ciudad y han terminado dando solo problemas. ¿Acaso entra en nuestros menesteres el pagarles el mes a los analfabetos de medio pelo? Parece ser que sí, que nos toca eso y más. Vivir en una ciudad en la que fichamos a concejales que no tienen ni la cultura exigida en la antigua EGB; en la que hay vacas sagradas que se creen con derecho a permanecer en la vida pública porque sí; en la que los partidos o están muertos, o coaligados bajo intereses que nadie quiere, o dominados por decisiones dictatoriales; en la que los asesores se contratan por la facilidad con que ejerzan el peloteo... no tiene más que una salida: seguiremos atrapados en este círculo que escupe siempre los mismos problemas y soluciones.





