Cada vez se complica más esto del contrato de la línea de interés público. Nada más conocer que el concurso había quedado desierto, surgieron los temores de que podríamos quedarnos sin una garantía conseguida años atrás y que, por muchos que otros defiendan otras interpretaciones, aportaba mucha seguridad. La Ciudad y la Delegación, en esta particular Guerra Fría que mantienen desde hace unos meses y que ahora asoma de manera sangrante, defienden intereses distintos a pesar de que, de cara al público, dicen deberse al común, es decir, al de todos nosotros. Se ve que la lucha debe ir por caminos dispares hasta el punto de que las últimas declaraciones conocidas al respecto nos dejan desconcertados. No hace ni dos semanas que la cara visible del Gobierno local, Emilio Carreira, se lanzaba a la piscina para dar como seguro que antes de final de año tendríamos contrato. Ayer, cambió el término seguridad por el de confianza o esperanza. Lo que sucede es que el primero aporta tranquilidad y los segundos no dejan de ser más que palabrería.
Ninguna administración está siendo clara en esto de la línea de interés público. La rumorología dio paso a una realidad: que hoy por hoy no se garantiza el alcance de unos derechos que teníamos afianzados. Que no exista un contrato significa que no hay obligación y por eso nos pueden organizar suspensiones de la noche a la mañana, nos pueden retirar los mejores barcos para traernos patatas envueltas de caramelo y nos pueden aislar completamente sin que la administración pueda hacer algo más que una velada amenaza.
Durante esta semana hemos visto a muchos actores, demasiadas partes interesadas en el pastel del Estrecho, reuniones de navieros con gente de peso por mucho que a Carreira le entre la risa floja y no dé por válido lo que no conoce (hay tantas cosas que, sin conocerlas, le llevan a poner la mano en el fuego...), tantos movimientos en torno al mismo asunto que va a terminar explotando de una u otra manera.
Hemos perdido un derecho más y encima parece que no tenemos derecho al pataleo. Oiga, que el Poeta no nos convierte en mansos porque esta poesía no sirve precisamente para amansar a las fieras.





