Existe un punto en el espacio gracias al cual todo cobra sentido; un ojo de aguja del que se abren los caminos; por el que pasa todo lo finito y lo infinito. Medité sobre la ciencia y sobre la muerte y, al fin, pude ver una luz que me servía de abrigo. El pensamiento vivifica el alma, y así pude entender que la vida tiene su ciencia, y que esa ciencia es el sacrificio. Nadie lo traspasa, nadie lo vulnera, nadie se esconde de su frío.
La estrella del sacrificio enseña con su hielo a comprender el mundo nacido, y pone nombre al mensaje de la libertad (sólo aquel que crezca hasta las nubes descubrirá el secreto de su lenguaje).
Sacrificio y libertad: ¿somos sus hijos? Sacrificio y libertad: nunca les pedí que eligieran mi destino. (Somos Hijos del agobio, como diría el mítico grupo de rock andaluz Triana). Pero fijémonos en el mundo de la escritura, en el mural de la hoja en blanco. Miles de puntos se abren ante mí, y sólo uno es el centro, el ser, la gota que dará vida al resto, la luna que dictará el curso de las mareas, el sol de la creación.
Le estrella creadora enseñará con sus brasas sus leyes y sus principios, y el tiempo pasará inadvertido ante la guadaña de la muerte, que por entonces caerá en su lecho: el sueño de la eternidad desconoce el olvido.
La labor de clasificación es anterior en cualquier disciplina o ciencia, y así has de ordenar las luces en función de sus fuerzas concéntricas. Pero, para que haya un centro, ha de haber cuando menos un triángulo.
La triangulación se muestra ante mis ojos como la fórmula perfecta en la búsqueda del ser. La base posible sobre la que depositar mis complejos, y de la que nacerá el edificio de la razón.
Es así, que el cielo se cubrirá de luces por millones, como flores que se ofrecen al paladar de los sentidos.
Una vez observado el beneficio, el ser curará las heridas del alma insatisfecha. “Salud, sacrificio y libertad”, los vértices de la fórmula perfecta.
Del arte de vivir, del estudio del ser, nacerá un mundo habitable.





