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Los sacaconejos

Por Redacción
06/10/2013 - 09:25

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Un reciente acontecimiento de esos que llaman “social” (el adjetivo social aquí chirría), pone de manifiesto que, además de ricos  y pobres, planean otras gentes, los del “quiero y no puedo”, los horteras, que en el columpio de la vida unas veces se elevan, remedando la aristocracia; y otras bajan, casi al ras del suelo, hocicando en un popularismo de verbenas y romerías. Por eso los “quiero y no puedo” juegan al desequilibrio político, favoreciendo las nefastas mayorías absolutas. Claro que en el pecado les vendrá la penitencia, por mucho que nuestro politólogo local, Carlos Folch, asegure que gracias a ese cheque en blanco  que le otorgaron al Padrecito, se está en el buen camino. Debe referirse al de Damasco, donde San Pablo cayó del caballo y el trompazo le hizo reconocer sus errores. Sin embargo, a Mariano y sus apóstoles no hay Cristo que les convenza de que la ciencia política no los dotó de mucha clarividencia.
Los “quiero y no puedo”, en las ciudades forman ranchos aparte y pueden pasar desapercibidos, pero en pueblos y villorrios, tan dados al cotilleo y  las tertulias de patio, se les reconocen  al momento. Son los que tienen el exabrupto adherido a la boca, idolatran las marcas y en cuanto a sus actividades profesionales, se jactan de tener herencia fenicia: trapichear con santos y pecadores, intentar disimular la usura que les corroe ya la hora de vender sus almas (y hasta  sus cuerpos), no precisan invocar a Mefistófeles. Son ellos mismos los que le salen al camino y cierran el trato sin condiciones y en un  santiamén. En definitiva, estamos ante los que les viene al dedillo aquello de no se les debe echar margaritas a los puercos.
Pues bien, algunos de esta  “cofradía” (curiosamente, en el capillismo también descansa sus signos de identidad), acaban de celebrar eso que los finos llaman una “kermesse”. El escenario, un  cortijo andaluz; la ocasión, un bodorrio. El de un torerillo, que volvía a hacerlo por segunda vez. La puesta en escena, lo más parecido a una fiesta campestre, como las del siglo XVIII. Los que asistieron tenían que respetar dos normas: la primera, no utilizar las cámaras de los teléfonos móviles (había el compromiso con la revista de turno), pero falló, pues más de uno y una se introdujeron el “juguetito” cerca del otro  juguetito y la exclusiva, hablando mal y pronto,  se fue a tomar por ... Y la segunda, que las señoras debieran ir con sus cabezas cubiertas (más de una parecían nidos de cigüeñas) y los caballeros con chaqués y chisteras, los “sacaconejos”. Es decir, lo más idóneo para un día de verano, a las dos de la tarde  y en Andalucía.
Leo en una de las muchas crónicas sobre el asunto que, cada cual tiene derecho a celebrar bautizos, comuniones y bodas (no se retrasará el día en que veamos repartir canapés en los velorios) como les vengan en ganas. La libertad también permite ser todo lo hortera que apetezca. El problema es lo que puede derivar de este sarao (incluídas las chisteras), dado lo predispuesto que tiene el ser humano a copiar. Y está en lo cierto el periodista cuando señala que si esta boda será recordada como un gran fiestón, habrá que echarse a temblar cuando nuestros “quiero y no puedo”, a partir de ahora y siguiendo a pies juntillas esas revistas que son la biblia para seudodecadentes y desesperados, intenten imitarla con un presupuesto que, lógicamente, en crisis, rozará lo cutre.
No, no será extraño que por aquí, que tanto gustamos de seguir las modas y donde hay tantos “divinos y divinas” (las religiones les dan un puntito de exotismo), podamos presenciar estampas como ya nos tiene acostumbrados Reduan. Saber vestir de modo adecuado para cada ocasión es cuestión de inteligencia. También esto se aprende, como todo. Y por si a la vista tienen algún festejo de los referidos, y tienen que enfrentarse con los aperitivos de rigor, recuerden que si sirven aceitunas, siempre hay que cogerlas con los dedos, nada de palillos. Igual sucede con las almejas. La elegancia estará en dejar el hueso y la cáscara en el plato con un elegante disimulo, como si la mano se desmayara. Esto aconseja Nati Abascal, más que divina, divinísima. Distinto sucedería con los caracoles. Claro que ponerlos en el menú, eso sí que sería mala leche.

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