Es una pena, y ciertamente doloroso, esperar a hoy, 5 de junio, para hablar de la naturaleza, de su belleza, de su armonía y equilibrio, de su don maravilloso que es el de proporcionarnos paz espiritual… Con todo lo que esto conlleva, deberíamos – y aún estamos a tiempo– de concienciarnos de lo que nuestra Madre Tierra nos aporta. El documento Cuidado de la Tierra del programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, en su primer punto, señala: “Los seres humanos tienen la obligación moral de respetar y proteger, ahora y en el futuro a sus semejantes, así como a las demás formas de vida”.
“Nosotros somos una parte de la Tierra. La Tierra no nos pertenece; somos nosotros quienes pertenecemos a ella”. Éste es el mensaje del gran jefe indio Noah Sealth al presidente de los Estados Unidos de América, Franklin Pierce, en el año 1855.
“El reencuentro con nuestra Madre Tierra se está produciendo sin embargo en otras muchas personas que se están dando cuenta de que lo que acaece a la Tierra les acaece a los hijos de la Tierra” ( jefe indio Sealth, de la tribu de los Swamisu). El que así hablaba a su pueblo y a una ingente cantidad de hombres blancos fue tomado por loco, por un visionario que no entendía más que de todo lo bello que le rodeaba y a lo que auguraba un futuro incierto. Sinceramente, fue un hombre sabio. Por aquel entonces, y con unos setenta y pico de años, de pequeña estatura, pelo blanco, cuya melena caía sobre sus hombros, con tierna mirada,no se equivocaba. Su mensaje, considerado como el más bello jamás escuchado y leído, constituye una lección de ecología que ha traspasado fronteras, espacios y tiempos.
Después de todas las masacres de todo tipo a las que estamos asistiendo, no tenemos por menos que pensar que lo “natural” está dentro de nosotros mismos y considerando esta actitud, podríamos conseguir un mayor y mejor equilibrio cuando pensamos, observamos, que la Madre Tierra, la Naturaleza, es única e irrepetible. Es realmente lo más auténtico que nos queda. Y es quien más daño recibe. “Dañándole también lo hacemos a sus miembros, componentes, seres vivos de cualquier tipo”.
“¿Qué pasa? ¿ Hacia dónde vamos?” Aún tenemos tiempo de presagiar un mundo mejor si cada uno de nosotros, en nuestro entorno, adivináramos que somos seres capaces de crear, inventar nuestras propias leyes naturales encadenadas con las del vecino, pueblo, ciudad, país. Continente... y conformando el Planeta Tierra, conseguiríamos un lugar idóneo para ensalzar aún más las maravillas de la naturaleza. Suerte de esa gran cantidad de grupos ecologistas o pacifistas (de corazón) que trabajan y luchan por un mundo mejor.
Políticamente hablando, ojalá en un futuro no muy lejano las nuevas generaciones puedan asistir al cambio audaz de unos países más prósperos y desarrollados, y sus voces se alcen, llegando a ser oídos y comprendidos en los parlamentos.
“Mis palabras son como estrellas, nunca se extinguen. Las olorosas flores son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, la gran águila, son nuestros hermanos. A los indios nos deleita el ligero rumor del viento, acariciando la cara de la aurora”... Cuando el último Piel Roja de esta tierra desaparezca y su recuerdo sea solamente la sombra de una nube sobre la pradera, todavía estará vivo el espíritu de mis antepasados en estas orillas y estos bosques” (jefe indio Noah Sealth).
P. D. Dedico este artículo a todos aquellos ex alumnos con los que tantas vivencias he tenido a lo largo de mi vida profesional, y a mis sobrinos Juanjo, Carlos y Virginia, futuros maestros.






