Los géneros acopiados por el abasto de la ciudad de Ceuta se disponían en los almacenes propiedad de la Junta, que se situaban en estas fechas en las murallas del foso, en competencia con el alojamiento de los soldados y otras mercancías destinadas a fortificaciones y maestranzas. En ocasiones, especialmente durante momentos de especial dificultad como asedios o epidemias, hasta los templos servían de almacenes.
La transacción última, aquella que permitía a los ceutíes adquirir los géneros alimenticios necesarios a su subsistencia, comenzaba en un despacho u oficina situada en la Comandancia, que abría en invierno de 9 de la mañana a una de la tarde y desde las tres hasta el toque de oración. Esta oficina dispensaba unas papeletas para que los tenderos, panaderos, los administradores del hospital Real e incluso las personas individualmente, pudiera extraer de los almacenes del abasto: trigo, aceite, vino, vinagre, menestra, jabón, etc.
El despacho de estos géneros estaba regulado con gran minuciosidad: Los martes y los miércoles se despachaban las papeletas para la compra del vino y del carbón; los viernes por la mañana se entregaban los vales para aceite y carbón y por la tarde manteca, bacalao y jabón; finalmente, los sábados el trigo.
A partir de 1767 se reguló la existencia de una serie de tiendas en las que poner a la venta estas mercancías. Los tenderos interesados en vender comestibles debían depositar una especie de fianza de dos mil reales, con el fin de salvaguardar el pago de los géneros que retiraban. En 1777 se suprimió esta fianza bajo la promesa de los comerciantes de pagar al contado los géneros, aunque en 1788 se le vuelve a exigir. El transporte desde los almacenes hasta las tiendas corría a cargo de cada minorista.
La patente de comerciante debía ser concedida por la Junta de Abastos, siendo este trámite con el tiempo, convertido en una forma de ayudar a las familias de los dependientes del abastos, que de esa manera obtenían privilegios en la venta de los géneros al por menor. Es posible que en algunos casos estas concesiones estuvieran relacionadas con un cierto corporativismo entre los miembros de la administración de abastos, pero de lo que sí tenemos noticias es de que en muchas ocasiones eran los huérfanos o las viudas de los dependientes de la Junta los que se beneficiaban de ellas.
En Ceuta existían en los años sesenta del siglo XVIII cinco tiendas expendedoras de comestibles, pasando a mas de treinta a finales de este mismo siglo. Su distribución urbana se correspondía con la de su población; así, poco a poco se fueron desplazando las tiendas hacía la Almina. En 1797, de las treinta existentes en Ceuta, diez estaban localizadas en la ciudad (desde el Foso marítimo hasta el de la Almina) y veinte en la propia Almina.
De entre ellas, distinguimos las panaderías y las carnicerías. Las primeras estaban sujetas a una permanente inspección respecto al peso del pan y a la calidad de la harina, siendo obligatorio la existencia de un peso de cruz en cada una de ellas. Además se obligaba a que el pan fuese identificado con una señal, con el fin de evitar el intrusismo en este comercio, pero el control se hacía a veces difícil porque los propietarios de las licencias de algunas de las tahonas u hornos solían subarrendar su negocio a otras personas.
Las carnicerías eran la que dependían de una manera más directa de la Junta de Abastos, al encontrarse bajo la tutela de un fiel de la carnicería. Existía un turno semanal en la venta de la carne y sus derivados, dependiendo de la entrada de género en los almacenes del abasto y de la matanza en los mataderos de la ciudad, ya que estaba terminantemente prohibido el transporte de carne de animales sacrificados en la Península. Para el suministro de carne, la Junta de Abastos tenía arrendada una dehesa en Algeciras, dónde pudiera pastar el ganado antes de ser trasladado vivo a la ciudad, ya que durante la mayor parte de las veces, era muy peligroso a los pastores salir al campo a pastorear el ganado.
Uno de los géneros de mayor prestigio en las carnicerías era el tocino. Su venta se efectuaba tras la atociná, o elaboración de la carne del cerdo. En algunas ocasiones, cuando había escasez de tocino en Ceuta, se acudía a su importación desde Génova.
Además del tocino se vendía el resto de la carne del cerdo, así como de vaca y carnero. También se ofrecía la asadura, los menudos e incluso las astas de las reses, que tenían su utilidad en la artillería para mezclar la pólvora o la compraban los guiferos para confeccionar con ellas artículos como cucharas.
La venta del vino y del aguardiente estaba regulada especialmente por la Junta de Abastos. El vino era un género que se distribuía mayoritariamente tanto entre los soldados y penados, como entre la población civil. Se vendía en las tabernas, aunque por ser Ceuta plaza fuerte se permitía la venta directa. Así ocurría, por ejemplo, con los franciscanos y con el Cabildo Eclesiástico en general, a quienes se les vendía directamente el vino para oficiar. Desde 1781 se admitió también esta posibilidad a particulares, siempre que fuera para su consumo y previo el pago de un canon de 10 a 14 reales en calidad de indemnización por la posibilidad de que, una vez consumido, no fuera pagado.
A finales del siglo había tres tabernas en Ceuta dónde comprar el vino: una situada en la ciudad, a nombre de José Rosales y otras dos en la Almina, bajo la dirección de Vicente del Pro y Jacinto Castillo. Al aumentar la variedad de caldos (De la Rabita, Málaga, dulce, seco, tinto, blanco…), se incrementó el número de tabernas, que comenzaron a especializarse en la venta de un solo tipo de vino. La Junta de Abastos ordenó finalmente que en cada establecimiento se dispusiera una tabla en la que se especificara qué tipo de caldo vendía.
El aguardiente era otro de los géneros que recibía una especial vigilancia a la hora de su venta, ya que estaba sometido a estanco, recibiendo las arcas de la ciudad una jugosa suma de dinero como impuesto. Se usaba tanto en la curación de las heridas como en la fabricación de licores y la variedad que se vendía en Ceuta iba desde aguardiente fuerte hasta el anisado.
De su venta al por mayor en la ciudad se encargaba la propia Junta de Abastos, que solía delegar en asentistas en régimen de monopolio. Tal era el valor de la renta que pretendía obtener la Junta por la venta del aguardiente en Ceuta, que se concedía al asentista el derecho de inspección de las tiendas en las que se sospechara que se vendía licor de contrabando. En 1790 era asentista del aguardiente José Zampaio, quien mantuvo un pleito con la Junta por supuesto incumplimiento de condiciones de contrata. Finalmente la Junta de Abastos se quedó con el comercio del aguardiente hasta 1799 en que lo cedió a Andrés Ballesteros.
Aunque la mayoría de los comerciantes que se encargaban de la venta del aguardiente en Ceuta eran de Andalucía, hubo momentos en los que intervinieron compañías exportadoras catalanas, que realizaban el negocio a través del puerto de Málaga.





