Como sintiéndose inquilinos de una casa que aún mantiene la flamante fachada de antaño pero que cuyos huéspedes precisan del amparo de un paraguas que rechace las goteras que inundan cada despacho en el ruinoso interior de la misma, los responsables del Ministerio de Defensa achican como pueden, o aún peor, como saben, unas aguas que permanecen estancadas desde hace lustros en un pozo cuyo fondo se antoja ya demasiado profundo y oscuro; un presente construido con los escombros que dejó el pasado calamitoso de la etapa del 'zapaterismo' en la que se apoltronaron al frente de la cartera ministros tan radicalmente opuestos en la forma y en el fondo, es decir en la esencia, como José Bono y Carme Chacón, con la hueca excepción de José Alonso, quien sin pena ni gloria y más bien errante en todos los ministerios por los que vagó, sirve no obstante como metáfora del propio estado de Defensa: se sabe que existe, que está ahí, pero apenas una minoría guarda esperanza en lo que hace. En el intervalo que otorga dos legislaturas mal contadas hubo espacio por tanto para que se diera rienda suelta, sin dispensar en partidas presupuestarias en ambos supuestos ni en disparates múltiples, a la testicular oratoria, toque de corneta y 'aquí mando yo porque soy español y por cojones' del ministro José Bono, para continuación dar un salto a la otra orilla, donde rodeado de un ambiente rosa se extendía algo así como un campo de flores nacientes por primavera en medio de la cual 'La Chacón' se mostraba, calzando tacones de varios centímetros, cual soldado tratando de esquivar a la parca en un campo de minas, incapaz de llevar el timón de la nave hacia un buen puerto.
Con este panorama, unido a la atroz herencia que dejó el conjunto del Gobierno socialista, el ministro actual, el popular Pedro Morenés, juró el cargo ante S.M. el Rey hace ahora justo un año, prometiendo, qué menos, además del cumplimiento de los deberes morales y éticos propios del credo castrense, la realización de un esfuerzo extra en aras de salir del caos, de la crisis galopante y del citado legado recibido. En un año de Legislatura, y más si cabe si es el primero que marca un aparente cambio de tendencia ideológica respecto a la anterior imperante, los balances de la gestión realizada no deben de hacerse, porque en caso contrario la dimensión proyectada nos llevaría a cosechar resultados falaces por engañosos, siempre que no se efectúen bajo la cautela debida y si acaso examinando más los detalles que los mismos proyectos fantásticos puestos en marcha de palabra u obra, que en este caso brillan por su ausencia, esas pequeñas cosas que a veces valen más que las grandes empresas.
Y el detalle (nada más lejos de mi intención el hecho de que la crítica recaiga directamente sobre la Comandancia General de Ceuta, y menos aún sobre el responsable de prensa, el teniente coronel José Joaquín Milans del Bosch, quien en todo momento se ha mostrado dispuesto, y de hecho así ha ocurrido, a facilitar la labor del periodista que teclea y firma estas letras) se puede encontrar sin marcharse muy lejos en el espacio ni retroceder en demasía en el tiempo: Ceuta, ayer. Porque justamente por la mañana recibí una llamada telefónica en la que se me informaba que las entrevistas que no sólo habían sido concertadas, sino ejecutadas al menos en lo tocante al envío del cuestionario, y que, según lo acordado desde hace tres semanas, debían de completar con sus respuestas los mandos que se despiden a lo largo de esta mañana de sus respectivas unidades (ULOG 23, Regulares 54 y Estado Mayor), no era ahora posible realizarlas “debido a las nuevas órdenes recibidas desde arriba, desde Madrid”, cayendo por ende en una falta de compromiso y seriedad a la hora de obrar impropia e injustificable, máxime en un ámbito, el castrense, que alardea de rigor y pulcritud en las maneras.
Las nuevas órdenes puestas en marcha, a la carrera, sin motivo aparente y más propias de ejércitos bananeros, constituyen en realidad los tristes detalles a los que me refería, esos que marcan el estado actual del Ministerio de Defensa, en donde los responsables, y por ende el grueso de la tropa, se muestran más preocupados en concentrar los esfuerzos y perder el tiempo en imponer medidas tales como la que nos ocupa, que viene a ser algo así como la 'Ley del silencio, del ocultismo e incluso del miedo', que en idear, poner en marcha, impulsar y consolidar aquellas que realmente le puedan ser beneficiosas al país y a la sociedad en general y de paso convencer a buena parte de ésta de que estamos ante un Ministerio que aún en tiempos donde han de imperar las palabras, tratados y burocracias, al menos en lo que concierne al mundo civilizado, conserva el sentido más puro y básico: el de la mismísima supervivencia con objeto de servir al país y serle útil sin dar el cante ni permitir que las goteras inunden la casa de todos.





