El sábado, en una de esas noches cambiando el mundo a ritmo de whiskys, debatía con mis amigos sobre política, medios de comunicación, conciencia social y hegemonía en el pensamiento general. A medida que los niveles de alcohol en sangre aumentaban, nos íbamos viniendo arriba hasta que surgieron momentos en los que a más de uno le hubiera gustado tener una máquina del tiempo que le transportara a tomar el Palacio de Invierno junto a trabajadores rusos, a coger el fusil en nombre de la cultura y la legalidad en la España republicana, a luchar en las montañas de Sierra Maestra a las órdenes del Comandante Guevara, a defender inútilmente el Palacio de La Moneda en Chile o a salir a las calles de Caracas a celebrar la restauración del Gobierno bolivariano el 14 de abril de 2002. Tras esos momentos de euforia desatada y ya de vuelta a La Tierra, todos, con nuestras diferencias y nuestros particulares puntos de vista, llegamos a la misma conclusión: hoy, en nuestro país, el papel de la izquierda transformadora no puede ser otro que el de crear conciencia en la calle. Cada vez que un trabajador vota a la derecha, o se vanagloria de no entender de política, o se traga sin hacerse preguntas toda la mierda que reproducen los medios de manipulación al servicio de intereses privados, la izquierda pierde una batalla y los explotadores ganan terreno a los explotados.
Ese ánimo de crear conciencia e ideología es el que a mí me lleva a escribir. Si alguno de mis artículos consigue que un solo lector indiferente y pasivo políticamente comience a preguntarse cosas y le hace ser más participativo en política, ya sea buscando información alternativa, leyendo, acudiendo a manifestaciones o votando a partidos que defiendan sus intereses de clase, consideraré que he aportado mi pequeño grano de arena a la lucha, a una lucha tremendamente desigual en la que el otro bando posee todas las armas, pues en esta contienda por la hegemonía del pensamiento político las únicas armas existentes no disparan balas sino imágenes, discursos y letras. Y es la derecha (aunque a veces se camufle en partidos socialdemócratas), a través de grandes multinacionales, la que diseña, corta y manipula a su antojo la información que consumimos día a día. No es casual que la telebasura, los programas del corazón, los concursos estúpidos y el fútbol inunden la parrilla televisiva. Al poder le conviene que seamos idiotas (en el sentido griego de la palabra, entendido como aquel que no se interesa por la política) y que dediquemos nuestro tiempo libre a saber con quién se acuesta Belén Esteban antes que destinarlo a cualquier otra forma de entretenimiento que no nos haga un poco más tontos. El enemigo sabe que sin esa gran masa “apolítica” envenenada por el virus de la desinformación, aquellos que aspiramos a cambiar -un poco aunque sea- el orden de las cosas no tenemos nada que hacer y nos daremos de bruces contra la cruda realidad una y otra vez. En este crudo contexto, aprovechar todos los medios a nuestro alcance es un requisito indispensable y es ahí donde Internet juega un papel básico. La democratización de la información que ha supuesto la Red supone un incalculable adelanto para el pueblo y un problema de primera magnitud para el poder, y no hace falta ser un lumbreras para verlo, sólo debemos fijarnos en los retoques que Gallardón ha hecho del Código penal con respecto a las convocatorias de manifestaciones a través de redes sociales o la difusión de imágenes de actuaciones policiales. Les asusta que el pueblo tenga facilidad para comunicarse y organizarse y les asusta que podamos ver los excesos que cometen para ponernos freno. Ante esto, no podemos retroceder, sino caminar más decididamente, tanto en Internet como en la calle, asistiendo a manifestaciones y a cada huelga general que se organice, aunque existan diferencias ideológicas con los convocantes. Son los grandes sindicatos quienes convocan las huelgas, sí, pero son los trabajadores quienes las hacen.
Es, por tanto, deber de cualquier persona concienciada y comprometida con la lucha ideológica el intentar concienciar, informarse e informar, dar la murga a los amigos, gastar saliva, leer, ser pesado, compartir la cultura, crear masa social y, por supuesto, mostrar su solidaridad el día 14, no ser un esquirol y luchar por los derechos de todos los que somos despreciados cada día por este gobierno reaccionario e inútil.





