Aunque a muchos les resulte trasnochado y caduco el término, la lucha de clases existe, siempre ha existido y existirá mientras existan las clases sociales. Es el motor de la historia y consiste básicamente en aceptar la realidad de que en el mundo en el que vivimos no todos tenemos los mismos intereses y que cada cual, según la posición que ocupe en la producción y el reparto de la riqueza, rema o debe remar en una dirección u otra. Es, simplemente, asimilar la obviedad de que para que los ricos sean más ricos, los “no ricos” deben ser más pobres y que, por lo tanto, los intereses del obrero que trabaja en una gran multinacional son opuestos a los del dueño de la misma, pues si el sueldo del primero sube, los beneficios del segundo bajan. Warren Buffet, la cuarta fortuna del mundo, declaró hace poco que por supuesto que la lucha de clases existía y que era la suya la que iba ganando. Hoy, con los recortes que la excusa de la crisis propicia día a día, esta realidad es aún más fácil de ver, al igual que es palpable la confusión de muchos que no saben muy bien cual es su bando en la lucha. Me refiero sobre todo al hotelero, al dueño de una tienda o a cualquier autónomo que piense que por poseer una pequeña empresa juega en el equipo de empresarios como Amancio Ortega o Florentino Pérez y hace suyos los intereses de éstos. Pequeño empresario, aunque no lo crea y esto que voy a decirle le despierte de su sueño de hombre de negocios importante, una reforma laboral que hace más pobres a los ciudadanos de su país no le conviene a usted, pues aunque le de facilidad a la hora de despedir, contratar o bajar sueldos, esa pobreza creada en la sociedad producirá que sus ventas bajen, pues el consumo caerá y serán pequeñas empresas como la suya las que se vean irremediablemente abocadas a cerrar. En cambio, a un gran empresario sí que le convienen medidas como el despido casi libre o la bajada del salario mínimo con su consecuente pérdida de nivel adquisitivo general, ya que le permiten tener mano de obra muy barata y seguir vendiendo sus productos en el extranjero, en países que sí mantienen un nivel adquisitivo decente entre sus ciudadanos. Así que, pequeño empresario, los intereses de Amancio Ortega no son los suyos y nunca lo serán, despierte de una vez. De hecho, son los empresarios como Amancio Ortega los que crean las crisis que a usted tanto le perjudican, los que sacan tajada de ellas (vea los beneficios de Inditex en los últimos años), los que crean pobreza y precariedad en la sociedad, los que se aprovechan de la mano de obra barata y explotada y los que hacen de este mundo un lugar peor, más egoísta y más individualista, por muchos puestos de trabajo que creen (como si sin ellos la gente fuera idiota y no supiera crear otros puestos de trabajo, como si sin el señor Ortega la gente no comprara ropa) y muchos millones que donen a Cáritas, millones que no les suponen nada y les sirven para limpiar su imagen ante una sociedad adormilada que aplaude al verdugo que les da limosna para calmar una situación que él mismo crea y que le reporta beneficios infinitamente superiores a esos millones regalados a la caridad.
Estos días, algunos voceros de la derecha han criticado que desde ciertos sectores de la izquierda se juzgue negativamente la donación del dueño de Zara. Aunque es obvio, y parece que sólo ellos no lo entienden o no lo quieren entender, les aclaro que no se critica una donación sino la elevación a ejemplo de generosidad y filantropía del donante por parte de las masas. La izquierda real es contraria a este sistema tendente a la acumulación llamado capitalismo y es normal, por simple coherencia, que se muestre crítica con la tercera persona más rica del mundo, por mucho que haya conseguido su fortuna “legalmente”. Esa legalidad es la legalidad capitalista, legalidad creada por capitalistas para beneficio de capitalistas. Una legalidad que permite que unos naden en semejante abundancia mientras millones beben agua sucia que trasmite enfermedades será muy legal, pero desde luego no es justa y debe ser duramente atacada por aquellos que aspiran a un mundo que verdaderamente respete los Derechos Humanos. Como dijo Julio Anguita en una de sus apariciones televisivas, “siendo honrado nadie se hace multimillonario, porque aunque él crea que es honrado, el negocio no lo es”. No voy a hablar de la dictadura del proletariado ni de la nacionalización de la banca y las grandes empresas privadas, sólo diré que si en este país los ricos pagaran unos impuestos medianamente decentes, si se persiguiera el fraude fiscal y el desvío de capitales a los paraísos fiscales, si se obligara a que los sueldos de los trabajadores fueran proporcionales a los beneficios de la empresa que con su sudor sacan adelante, si fueran verdaderamente penados los traspasos de las fábricas a países tercermundistas donde la explotación es ley y se obligase a las grandes multinacionales a tener a todos sus empleados bajo contratos fijos, no sería necesario que el señor Ortega, uno de los grandes beneficiados de estas desregulaciones que someten los derechos de la clase trabajadora a la avaricia de unos pocos, regalase a las víctimas de esas políticas que a él tan bien le vienen, unas migajas de su fortuna de 38.000 millones de euros. Si este país, o mejor dicho, si este mundo fuese mínimamente decente sería impensable que un ser humano pudiese abarcar semejante patrimonio mientras unos mueren de hambre, algunos son desahuciados y otros hacen malabares para llegar a fin de mes. Es la sociedad la que hace posible, con su consumo y su trabajo, que los negocios generen riqueza y es justo que el grueso de esa riqueza vuelva a la sociedad a través de salarios, pensiones y servicios públicos de calidad. Y no, ilusos, no. Aunque os digan lo contrario, eso no es lo que ocurre ni en España ni en el mundo. Aquí, el rico se hace más rico con la pobreza de esa misma gente que le pone el traje de santo cuando da limosna. Es indignante, vergonzoso e inhumano. Como Amancio Ortega.





