La encrucijada
Los nuevos administradores se enfrentaban a una encrucijada: Ir a una “solución a la griega” o intentar evitarla instrumentando una operación responsable de salvamento urgente que pusiera fin a la desconfianza de los mercados financieros en la solvencia del Reino de España, anticipándose, a la vez, con medidas que se nos exigirían seguidamente.
Como instaurar un severo sentido de responsabilidad frente a nuestros acreedores era ineludible optaron por la segunda alternativa.
¿Qué exigía esta segunda alternativa? De manera inmediata pagar deudas e intentar equilibrar la economía anunciando un objetivo finalista, absolutamente preferente: poner fin al desorbitado índice de desempleo que es el problema más antisocial, más antieconómico y más injusto que aflige a nuestro país. Abordar seriamente el camino que ha de llevar a la solución de ese problema requería esfuerzos iniciales, muy urgentes, que tendría que soportar toda la sociedad y progresivamente desarrollar otra serie de medidas que regeneraran nuestra estructura productiva a medio y largo plazo. Es decir creciendo y produciendo riqueza (PIB). Este complicado proyecto necesita tiempo y su desarrollo una sucesión de etapas debidamente coordinadas.
Los tiempos
El empleo se genera a través de la actividad económica de los sectores público y privado. La productividad del sector público es muy baja y muy poco eficiente y además mantiene un exceso de empleo que arrastra una elevada carga financiera, todo lo contrario de lo deseable. Su reforma no puede realizarse a corto plazo. El sector privado degenera progresivamente por la pérdida de actividad y envía al paro a un número creciente de trabajadores. Su solución tampoco puede alcanzarse en el corto plazo.
La administración central, autonómica y territorial soporta un déficit elevadísimo que es necesario equilibrar antes de proceder a una reforma ineludible de la estructura del Estado, lo cual requiere un proceso lento y complicado.
La pérdida de actividad del sector privado es, en parte, consecuente con la caída del crédito, pero la estructura del sistema financiero requiere ser equilibrada antes de impulsarlo y esto depende no sólo de la voluntad y capacidad del Estado si no también de las instituciones comunitarias. También requiere un tiempo.
La liquidez, por tanto, es muy escasa y la que aparece por el horizonte hay que aplicarla a pagar deudas pública y privada (por empresas, instituciones financieras y familias) y no sin grandes dificultades y mientras esto ocurre la proporción de la demanda de crédito solvente es baja (mal indicio). De la otra es mejor evitar comentario alguno.
No es necesario aludir a otras reformas necesarias (educación, energía, sanidad, pensiones, transportes, etc.), toda vez que la crisis ha puesto de manifiesto desequilibrios estructurales que viene arrastrando el Estado desde hace bastantes años. En este trabajo se pretende destacar cómo la función del tiempo juega un papel de protagonista en la situación actual y las razones en virtud de las cuales el Gobierno no tuvo otra alternativa que tomar medidas tan impopulares, ante la evidencia, y sin alternativas posibles, para hacer frente a las inaplazables deudas, medidas que le proporcionaran, de momento, unos ingresos necesarios, de manera inmediatamente fluida, que no podían llegar por otro canal que no fueran los ingresos impositivos, mientras iniciaba una política de reducción del gasto que se fuera reflejando en los presupuestos sucesivos. (Las decisiones adoptadas hasta hoy, han tenido la virtud de anticiparse a las exigencias que se nos imponen desde instancias comunitarias y no serán las últimas).
Consecuencias sociales
Las consecuencias sociales de esta política económica son graves y mal aceptadas por la opinión pública, ésta alentada por organizaciones sindicales, oposición política y deficiente información mediática son, en consecuencia, el elevado precio que hay que pagar para salir de la desastrosa situación a la que se ha llevado a nuestra economía y en los momentos que se necesita apoyo exterior (Lo están facilitando las instituciones europeas) e interior por las fuerzas políticas (Muy problemático) se limitan a manifestar críticas estériles que no combaten el desánimo ni alentan la esperanza, pretendiendo así eludir su cuota de responsabilidad anterior y no alcanzando a comprender que esa actitud elimina, a su vez, su cuota futura en el buen fin de los resultados venideros y en definitiva en el éxito político.
Muchas voces piden un cambio de estrategia e iniciar programas de crecimiento económico, a veces por ignorancia y otras con dudosa intención, proponen algo imposible. Una vez iniciada esta política económica no se puede dar marcha atrás. No se puede ir a una política de crecimiento con ansiedad en una economía desestabilizada.
Iniciar un programa de crecimiento sin una economía estabilizada y equilibrada sería, de ser posible, un error que nos llevaría en el corto plazo a una situación aún peor de la que padecemos, pero además es imposible, por que una política de crecimiento exige un programa de aplicación de recursos financieros de los que carecemos y los que podemos recabar, con evidentes esfuerzos, no tienen otro destino que el pago de deudas.
Proceso sin alternativa
El proceso que vive la economía española en estos momentos no tiene alternativa. Estoy vinculado al mundo de la economía desde 1954. He sido testigo de varias crisis a lo largo de mi vida, las he sufrido estudiado y analizado, nunca hubo otra de las actuales dimensiones, por que nunca la economía y el concierto mundiales fueron tan complejos y, además, nunca hubo tanta dependencia del exterior. Pero por otra parte, hoy se dispone de unos medios operativos que nos ofrecen una gran información con extraordinaria oportunidad.
Por último y con independencia de las múltiples opiniones que a diario saltan a los medios de información puedo afirmar que nunca hubo más unanimidad en el diagnóstico de nuestra crisis. No conozco opinión contraria de ningún economista solvente e independiente que recomiende dar un giro a la política económica emprendida hoy, ni que ofrezca alternativa alguna posible.
Cuando finalice esta etapa, ajustada la economía y llegado el momento no lejano de iniciar una segunda etapa, el nivel de riqueza de nuestro país será inferior, pero las leyes de la economía nos han demostrado, que el potencial de crecimiento es inversamente proporcional al nivel de riqueza, por lo que hay que ir pensando en unas perspectivas bastante esperanzadoras.
(1) Es economista y miembro del Grupo de Opinión “Salvador de Madariaga”.






