«La primavera ha venido.
Nadie sabe cómo ha sido....
"El jardín tiene una fuente
y la fuente una quimera..."
Cantaba una voz doliente,
alma de la primavera.»
Antonio Machado
¡La Cruz de Mayo! ¡La Cruz de Mayo!... y la primavera en todo su esplendor. Pareciera que la Naturaleza saliera de su sueño invernal y explotara en mil formas diferentes que, aquí y allá, fueran expandiéndose hasta el infinito... Mil formas, ¡sí!, y mil colores "pa pinta to" con los mejores encajes que la belleza pudiera hilvanar para este mes de las flores... Flores abiertas de par en par, como bocas y labios abiertos para besar nuestras almas de enamorados... Labios rojos como rosas ensangrentadas que clamasen que nos liberemos a la vida, a los deseos, a los sueños, a la existencia...
El tiempo transcurre y en nuestra memoria queda siempre aquellos otros momentos que, aunque ya fueron vividos, aún perviven en nosotros como si apenas hubiesen sido vividos ayer mismo... Las horas, como gotas de una lluvia diferente y mágica, caen sobre nosotros de una manera inexorable y constante; no obstante, en esa mojadura gozosa nos vamos identificando con nuestra propia historia y con nuestros propios sentimientos. "Todo pasa", como dijera el poeta, pero también no es menos verdad que "todo queda" en nuestros recuerdos como algo indeleble que nos permite saber quiénes somos... Y ¡Quiénes somos¡...; ¿Quiénes somos?... Somos, simplemente, algo así: como algunas horas pasadas, y algunas otras horas que aún están por venir...
El tiempo transcurre, es verdad...; pero nosotros somos también ese mismo transcurrir que tanta deseamos aprehender; y, sin embargo, se nos va calladamente entre los abismos de nuestras sienes... El tiempo transcurre, es verdad...; pero al cabo, ese mismo tiempo, son nuestras mismas horas, que contadas una a una, dan el cómputo final de nuestro breve trance en esta morada terrena...
¡La Cruz de Mayo! ¡La Cruz de Mayo!...y la primavera principia y alcanza ya todos los lugares que la Naturaleza ha recreado: están los húmedos ribazos, las verdes praderas, las altas cumbres, los ilimitados llanos, las borrascosas sierras, los pardos alcores, las cortadas vaguadas, las románticas alamedas...Y están también las doradas laderas del Monte Hacho, y las bajadas desde el fuerte del alto cerro de la Cantera- ya demolido-, Aranguren, Renegado -Monte de la Tortuga-, Anyera, Isabel II y el Mirador, todas llenas de primavera...Y desde Benzú se columbra la Mujer Muerta con su gasa tenue de marfil de tonos azulados, que en su agigantada efigie pareciera la diosa que sostiene el mármol eterno de los cielos... Un camino serpea, blanco de polvo, desde la ballenera hasta la alta cumbre de su rostro; camino solitario desde el mar del Estrecho, que anhelamos subirlo como en otras ocasiones hemos andado; y, sin embargo, desde los recodos de ese camino, nosotros hemos también anhelado los caminos ignotos y recónditos, llenos de blanca espuma, que los buques trazan en la espesura azul y, a veces negruzca, del mar abierto del Estrecho...
¡La Cruz de Mayo! ¡La Cruz de Mayo!... y la primavera nos acerca a aquellos patios de Ceuta, donde decir Cruz de Mayo, era decir cal blanca y pura acabada de enjabegar por muro y paredes hasta sentir el sabor de la cal como tuyo; como si al sentir su roce en tus manos y en tus ropas, sintieras que la cal era verdaderamente la caricia de la humilde identidad y de la pureza más excelsa de las gentes que habitamos aquellos patios y aquellas calles de la Ceuta antigua; era decir claveles y geranios rojos, tan rojo como la sangre que nos recorre; era decir niños de comunión, y pequeños altares con recordatorios y vasos y jarros con rosas perfumadas, recién cortadas de algún jardín o del huerto de Maria Vera, por alguna mano infantil; era el sentimiento alegre de Jesús, El Cristo, Él ungido que se desclavaba y nos abrazaba con sus manos aún ensangrentadas...; era la pasión de la vida, renovada una vez más, como ejemplo de la locura por existir, por gritar a los vientos que nosotros también somos y nos sentimos parte de esa locura que nos trae la Naturaleza...
¡La Cruz de Mayo! ¡La Cruz de Mayo!... y la primavera nos entrega a manos llena el conocimiento primigenio que los siglos han ido conformando en nuestras conciencias... Nada nos es extraño, y todo pareciera que concluyera en un instante único y definitivo: la nostalgia regresa a nosotros con su bagaje de recuerdos pronunciando nuestros nombres; los días venideros, se allegan también a nosotros con la incertidumbre de lo ignoto, de los desconocido...; sin embargo, en nuestras almas, al cabo, han cesado las diferencias de pasado y futuro, y todo queda ceñido al presente... Al presente de lo que hemos sido y hemos de ser...Todo queda ceñido a un mar infinito y eterno...Todo queda ceñido, para entendernos, a Dios...
¡La Cruz de Mayo! ¡La Cruz de Mayo!... y la primavera va dejando el olor a azahar de los naranjos de la calle Real y del Ayuntamiento; y del incienso que los monaguillos de la Iglesia de África van embalsamando en aire al paso de la procesión del Corpus Christi; y del salitre de los primeros baños de las playas de la Ribera y el Chorrillo. Todo vuelve, como un noria mayúscula que viajara dando vueltas y más vueltas en el espacio y en las horas a su tiempo originario; todo vuelve, ¡es cierto!, como en una copia a las emigraciones de las aves que vuelven de África hasta cruzar la meta de aguas azules, profundas, obscuras, del Estrecho...
Sí; todo vuelve, como ha vuelto con esta nueva primavera: el olor a naranjos y a azahares; a iglesia y a incienso; a mar y a salitre... Y definitivamente, ha vuelto una vez más, como fluye el agua en las torrenteras, sin que pueda evitarse, el giro de los cangilones de la noria del tiempo a las horas precisas y exactas donde ayer, aún permanecía, ausente, olvidada, nuestra presencia...





