“Padre detenido por castigar a su hija sin salir de casa”. Es una de esas noticias que ha sucedido recientemente y que nos hace pensar que vivimos tiempos “raros”. Parece uno de esos casos que “atentan contra el sentido común”. Todo comenzó con un castigo durante el pasado puente de Andalucía, que la hija de dieciséis años (menor de edad, pues) no supo aceptar. Se escapó de su “prisión” (un semisótano del chalé que su padre está construyendo en una urbanización cercana a Úbeda), y se dirigió -acompañada de una persona amiga- al Cuartel de la Guardia Civil a denunciar a sus padres. Los padres están separados desde hace seis años: él vive en Úbeda y la madre en Baeza. Ambos comparten la custodia de su hija. Ahora, se está investigando si incurrieron en un delito de detención ilegal: uno por encerrarla, y la otra por consentirlo, por no oponerse, por supuesta colaboración. Porque, aunque están separados, parece que la comunicación de la pareja es más que fluida en lo que a la educación de la hija se refiere. Mientras tanto, las Fuerzas de Seguridad, siguiendo el protocolo, condujeron a la menor a un centro de protección de menores de la Junta.
Junto a la versión de la menor, el padre cuenta a los medios que lo que pretendía, más que un castigo, era “ayudar a la hija que está atravesando una situación complicada”. Viendo que ésta se juntaba con malas compañías e iba por mal camino, decidió tomar una decisión firme: no dejarla salir de su chalé durante el fin de semana. Antes de dar este paso y castigarla, preocupado, había hablado con los profesores del instituto para informarse del difícil comportamiento de su hija. Y es que, al parecer, la menor habría coqueteado últimamente con la droga. El desencadenante del castigo fue el hallazgo por parte de la madre de una bolsita con marihuana en el sujetador que llevaba puesto la niña. Los padres llevaban varios meses realizando un seguimiento de su hija, lo que les permitió constatar que consume marihuana y algo de hachís. De hecho, la propia menor reconoció en el cuartel de la Guardia Civil que se fuma de forma esporádica algún que otro cigarro de marihuana. Vosotros, padres, ¿os habríais quedado cruzados de brazos, sin hacer nada ante tal “descubrimiento”?
Días más tarde, un sábado, como el centro de protección de menores es de régimen “abierto”, salió con otra niña del centro y no volvieron hasta altas horas de la madrugada. Y el domingo, la volvieron a dejar salir… pero ya no volvió. Al enterarse de la noticia, esos padres que habían sido denunciados por la “fugada”, quedaron muy preocupados al desconocer su paradero; más preocupados por ésto que por la denuncia. En esos momentos, lo primordial para ellos era que su hija apareciese, para poder cogerla y abrazarla. Imagen que, felizmente, pudimos ver en televisión. “Por fin podemos descansar. La niña ha aparecido”.
Esta reacción de los padres que, a los que nos inculcaron de pequeños “derechos” y también “deberes”, nos parece normal (“Lo que yo he hecho con mi hija es simplemente lo que cualquier padre normal hubiera hecho cuando ve una conducta inadecuada en su hija”), analizada racionalmente, nos habla de un “amor desmedido”, que no se merece. Amor que me ayuda a entender mejor a Dios, en quien creo. Porque nosotros, como la adolescente de la historia, en muchos casos tampoco entendemos a Dios. Y mantenemos con Él ese mismo tipo de relaciones. Sí, también nosotros queremos independizarnos de ese Padre que nos ama y que -porque siempre quiere nuestro bien- nos indica el camino por el que debemos marchar. También nos cansamos de estar en su casa, en su hogar, en su Iglesia; nos cansamos de hacer el bien, de ser buenos, de hacer "lo que Dios manda"... porque casi nadie lo hace ya; porque creemos -como nuestros hijos adolescentes- que nuestro Padre ya no es necesario para que yo me realice como persona, sea feliz y me salve. Y optamos por abandonarlo, marchar lejos de su presencia. Olvidarlo.
Mientras tanto, Dios ve con dolor nuestro extravío. A pesar de todo, Él no nos olvida ni nos abandona: nos habla constantemente a través de sus ministros, de personas que confían en El. Trata de llegar a nosotros de mil formas diferentes, como los padres tratan de recobrar por todos los medios la confianza de ese hijo que se ha vuelto raro, protestón, inconformista. Y en esta postura permanecemos hasta que llega el fracaso a nuestra vida. Porque, llega un momento en nuestra vida en que los valores por los que luchamos (libertad, dinero, amistades-diversión, política, trabajo...) no la llenan de sentido. Y buscamos una luz que la ilumine. Y volvemos a Él, como ese hijo que vuelve a casa con las alas caídas, después de haber intentado una vida por su cuenta. Volvemos a Dios, convencidos de que sus brazos están siempre abiertos para recibirnos; sabiendo que nunca nos dirá: “ya te lo decía yo”, “yo tenía razón”... Él es comprensivo, es Amor. “Por fin podemos descansar. La niña ha aparecido”.
Dios nos enseña lo que debemos hacer. Pero respeta siempre nuestra libertad. Ni siquiera nos encerraría en el “semisótano de un chalé”, a diferencia de nuestros padres humanos. No impone nunca. Espera siempre. "Porque Dios no envió su Hijo al mundo para condenarle, sino para que el mundo se salve por El. El que cree en El no será condenado; y el que no cree, ya está condenado..." (Juan 3, 14 ss.). ASÍ NOS AMA DIOS. Él no quiere ser una amenaza para los hombres (precisamente, los seres que más ama). Y en lugar de prometer un cielo para los que se porten bien y de amenazar con un infierno para los que se porten mal, envía a su Hijo para que nos descubra el infierno en que hemos convertido la tierra, y nos enseñe a construir el cielo aquí y ahora. Dimite de su función de juez supremo y nos traspasa a nosotros la responsabilidad de decidir y de escoger entre salvar y condenar nuestra vida y nuestro mundo. Es lo que nos recuerda el evangelio del cuarto domingo de cuaresma: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna”. Sí. Un amor desmesurado.





