Decía Gustavo Adolfo Bécquer, que al brillar un relámpago nacemos y aún dura su fulgor cuando morimos. Ya que soy un Bécquer de barrio bajo putero, de prosa dura y grosera, digo cuando gusto amargo y cabrón tiene la puta existencia del hombre. La muerte llega tarde o temprano, pero siempre en su momento justo y con paso de chacal. Nadie muere un minuto antes de que le toque, es el destino el que decide nuestras vidas y nuestras muertes y contra el destino, no hay quien pueda.
Lo que sea ya sonará.
A la muerte no hay que perderle la cara, sino sonreir ante sus embestidas, como a un diestro templado, como a un José Tomás de la tauromaquia.
Admiro a quienes desprecian a la muerte y les tiene sin cuidado. Las cenizas nos empareja a todos: "impares nascimur, pares morimur". Nacemos iguales, pero morimos iguales.
Pero no es cierto que todas las muertes son iguales.
Hay seres a quienes el almanaque apresa a su destiempo, como una trampa para alimañas, porque la muerte no practica la huelga, de lo contrario se acabarían las elucubraciones de los filósofos y los gemidos de los poetas.
¿Os acordáis del famoso recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando como se pasa la vida, como se llega la muerte? Tan callando...
La muerte no es segador que duerma la siesta, porque a todas horas siega y lo mismo corta la paja seca como la verde yerba.
La muerte es el reverso, la cruz de la moneda, el saldo de los gozos y las amarguras, la muerte es ese pozo sin fondo en el que los hombres nos desbaratamos sin remisión posible.
Sin embargo no es lo mismo morir de viejo y dulcemente, lo que pudiera ser una bendición del cielo, que morir de joven y bruscamente, lo que quizás no sea más que una maldición del diablo.
No es igual morir sabiendo que alguien te cerrará los ojos, que morir sin tiempo de pensarlo siquiera.
Cada año que pasa el tiempo nos roba algo muy padre nuestro, padres, hermanos, hijos, sobrinos, primos, etc,. etc.
Pero como los hijos no hay nada. Nada puede sustituirlos en el corazón de una madre o de un padre.
Un hijo es la sal de la vida.
¿Y para que sirve el hijo ido, sino es para recebar el dolor de haberlo perdido?.
Cuando los hijos premueren los padres y no al revés, se quiebra el buen orden de la naturaleza.
Lo malo del hijo muerto es vacío que deja y que jamás se rellena con nada.
Vivir con el corazón de los que dejamos detrás de nosotros no es morir.
La vida es ante todo, recuerdo, nostalgia y soledad.
Esa tres esencias que se destilan en el alambique del alma.
Por eso: La muerte no llega con la vejez, sino con el olvide.





