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La indigestión de los loros

Por Redacción
15/11/2010 - 22:02
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La profesionalización ha sido una de las causas principales de la desnaturalización de la política. Este fenómeno, incipiente y vituperado en los albores de la democracia, está hoy absolutamente extendido, consolidado y admitido por el cuerpo social, que asume con resignada normalidad la figura del político profesional. Este hecho, aparentemente inocuo, ha horadado sigilosamente los cimientos del sistema hasta provocar su amarga descomposición. La consecuencia inmediata y capital es que se abierto una enorme brecha entre la ciudadanía y la denominada “clase política”. Dos conceptos teóricamente indisociables, que en la actualidad se adivinan contradictorios desde una divergencia cada vez más patente. De este pecado original emanan dos perversiones de efectos demoledores.
Por un lado, la prevalencia de los intereses sobre las ideas. Para los políticos profesionales los principios son un inconveniente desfasado perfectamente prescindible. La única referencia es el sillón y la estrategia, el modo de conservarlo. Por ello el perfil ideal del político de nuevo cuño es el de una persona sin espíritu crítico, sumiso, obediente, voluble y  fácilmente manipulable. Individuos que hacen de su mediocridad un medio de vida.
La segunda alteración fatídica del orden democrático es la abolición de la ética del gasto público. La correcta administración del erario público debe estar inspirada en el más exquisito respeto al esfuerzo de los contribuyentes. Sólo es posible entender y fortalecer el concepto de imposición fiscal como una expresión de solidaridad, si los ciudadanos perciben que sus aportaciones están aplicadas, única y exclusivamente, en satisfacer necesidades colectivas. Cada céntimo importa. La ejecución del gasto debe hacerse de manera muy escrupulosa. Esta idea se ha ido debilitando, hasta el extremo, de que la opinión acepta que los políticos puedan disponer de los fondos públicos a su antojo como si estuvieran gestionando su economía doméstica. No se considera dinero de todos sino de los políticos. El despilfarro ya no es sancionado socialmente. La famosa frase “el chocolate del loro” ha contribuido muy poderosamente al arraigo de este horripilante vicio. Se ha persuadido a la ciudadanía de que la cantidad puede actuar como eximente de la insoslayable fiscalización moral del gasto. Una auténtica aberración. Porque los políticos de toda condición y pelaje se han entregado con desmedido furor a disfrutar de prebendas y privilegios radicalmente injustos, financiados por los indefensos contribuyentes, bajo la excusa baladí de que representan un porcentaje insignificante del conjunto de los presupuestos.
El Gobierno de nuestra Ciudad es un consumado experto en alimentar loros. Cada vez comen más. Cualquier evento, por nimio que sea, sirve de pretexto para organizar un opíparo banquete y sentar en la mesa a un nutrido de grupo de comensales, “invitados” (¿?) por todos los ciudadanos de Ceuta. La evaluación de la eficiencia de este tipo de gastos, no se puede centrar en el valor de la factura, sino que es preciso hacerla en términos de coste de oportunidad (cosas que se dejan de hacer), de rentabilidad social (beneficio que reporta a la comunidad) y sobre todo de legitimidad (grado de satisfacción del ciudadano con el uso de sus contribuciones). Ejemplo. Con motivo del partido disputado por el Club de Fútbol Barcelona en nuestra Ciudad, el Gobierno pagó la comida de ambas directivas (además de las sanguijuelas que habitualmente se acoplan). ¿Es justo que una persona que está sufriendo el drama del desempleo tenga que pagar sus impuestos al ayuntamiento, haciendo un gran esfuerzo, para invitar a comer a una serie de multimillonarios que celebran un evento privado en un hotel de lujo? Es una inmoralidad sin paliativos. Justificada porque es el “chocolate del loro”. No son sólo las comilonas. La relación de gastos de esta naturaleza es interminable. Nóminas tan inútiles como innecesarias, dietas, viajes y protocolos, contratos menores, subvenciones… La misma bandada de loros de siempre devorando chocolate desaforadamente hasta la indigestión.

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