Se espera de cualquier padre que trasmita a sus hijos un conjunto de principios y valores entre los que la prudencia debe tener un lugar destacado.
No sucedió así en el caso del conductor que el pasado viernes permitió a su hijo de sólo 10 años ponerse al volante de su vehículo y conducirlo mientras él hablaba por teléfono, su mujer grababa la escena en vídeo y otra hija del matrimonio corría al rededor. La escena, detectada por la Guardia Civil, tuvo lugar en la explanada de Juan XXIII. Por fortuna, los agentes llegaron antes de que pudiera producirse algún accidente porque se estaban dando todos los elementos para que la imprudencia del conductor acabara en un hecho trágico de consecuencias imprevisibles.
Las campañas publicitarias de la Dirección General de Tráfico tienen por objetivo insistir en la necesidad de comportarse con prudencia en la vía pública. Una conducción juiciosa y comedida evitaría la mayor parte de las tragedias que tienen lugar en nuestras carreteras. Pero por encima de todo tiene que primar el sentido común, no sólo cuando un ciudadano sujeta un volante entre las manos, sino en el conjunto de sus comportamientos. Y además debe ser especialmente cuidadoso cuando sus acciones pueden servir de ejemplo a los menores. Y aún ha de ser mucho más sensato cuando estos menores son precisamente sus hijos, para quienes el comportamiento de su padre siempre se convierte en un ejemplo a seguir, con independencia de que éste actúe guiado o no por el sentido común.
El juez ha condenado a dos años de prisión al progenitor de este conductor de 10 años. No cumplirá con esa parte de la sentencia porque carece de antecedentes penales. Por lo tanto, no ingresará en un centro penitenciario, pero sí le será retirado el permiso de conducir durante seis años. ¿Será suficiente para que recapacite sobre las graves consecuencias que podría haber tenido su imprudencia y sobre el nefasto ejemplo de insensatez que ha dado a sus dos hijos?





