
El CETI acoge ya a los 52 subsaharianos que fueron rescatados por la Salvamar Atria en la madrugada del pasado domingo, cuya historia fue publicada en la edición de ayer. Se tuvo que buscar espacio como fuera.
Las aulas comunes se convirtieron en improvisados módulos y las mujeres, cinco en total, pudieron disponer de sus propias plazas para gozar de mayor intimidad (habían quedado libres 15 tras la última de las salidas a la península). Del grupo, cinco resultaron ser menores, por lo que pasaron a depender de los centros que gestiona la Ciudad. Todo organizado, las piezas parece que vuelven a encajar en su sitio. Garantizado lo más básico (comida y albergue), ahora los trabajadores del CETI comienzan a trabajar las historias personales de cada nuevo inquilino. Forma parte del protocolo que, si bien por repetido cada vez que se produce una entrada, siempre es distinto. Cada inmigrante cuenta sus vivencias, plasma unas metas, arrastra un periplo clandestino sin duda marcado por la tragedia. La normalidad durará lo que duré el tiempo de tranquilidad en el mar, en la valla o en la frontera. “Nos espera un verano brutal”, lamentaba un voluntario de Cruz Roja, en esa noche húmeda en la que el Muelle de España pudo convertirse en cuestión de minutos en un Hospital de campaña para atender a 52 vidas, para reaccionar ante cualquier adversidad, “porque no sabíamos ni qué nos íbamos a encontrar”. Se encontraron con hombres y mujeres terriblemente cansados, hambrientos y con claros síntomas de hipotermia. Buena parte de ellos, además, con una nota común: “Presentaban muchos dolores en las articulaciones”, puntualiza. Los 52 habían ocupado su puesto exacto en la zodiac de 5 metros de eslora que fue divisada por el mercante liberiano, precisamente el que les salvó la vida. “Han tenido que ir como sardinas en lata”, indicó un agente de la Guardia Civil. Sin moverse, sabiendo que cualquier cambio de postura podía derivar en una tragedia común. Así permanecieron horas y horas, en una semirrígida que terminó dejándose mecer a merced del Levante. Una avería en el motor o la falta de combustible hicieron que perdieran el rumbo marcado. Querían llegar a la península y habían partido de madrugada desde Alhucemas. Exactamente los 52, el número de plazas que, hacinadas, habían considerado que podían iniciar esa travesía. La avería en el camino les dejó a la deriva. Iban al norte, pero terminaron en la zona oeste hasta que fueron divisados por el mercante. “Lo que querían hacer era una barbaridad, cien millas en esas condiciones”, apuntan las mismas fuentes. Los hombres y mujeres conformaban un auténtico crisol de culturas: de Guinea Conakry, Nigeria, Costa de Marfil... al ser auxiliados pudieron por fin moverse, aunque muchos de ellos se habían quedado petrificados por el frío, la humedad y la obligada forma de viaje: quietos, como si estuvieran muertos. Pero no lo estaban. Pudieron hacerle una burla a la tragedia. Esta vez sí.






