La siguiente escena seguro que le es familiar. Se topa con un producto ideal en ese bazar sin horarios ni fronteras en el que se ha transformado internet, lo elige, asume el sobrecoste del envío, introduce su dirección y... ¡zas!
El sistema informático de la empresa vendedora se percata de que el código postal comienza por 51 y aparece el mensaje maldito: “Lo sentimos, no realizamos ventas a Ceuta ni a Melilla”. Y eso en el mejor de los casos, porque en otros el pedido se tramita con toda –supuesta– normalidad y se carga en la tarjeta de crédito del cliente, pero tras una larga espera el producto nunca atraviesa el Estrecho. A cambio, lo que llega unas semanas después, a través del correo electrónico, es un educado email que informa sobre la imposibilidad de cumplir con el proceso de compra y el anuncio de que se procede a la devolución del importe. Conclusión: el comercio electrónico en Ceuta es toda una aventura, una carrera de obstáculos que a veces acaba incluso antes de empezar. Los gigantes de la Red (Amazon o Fnac, entre ellos) aceptan el reto, pero otros emprendieron la retirada hace tiempo. Ejemplo: Tassimo –junto con Nespresso uno de los grandes en el incipiente comercio del café en cápsulas– decidió a mediados de 2013 cerrar la puerta al envío a Canarias, Ceuta y Melilla alegando complicaciones fiscales y aduaneras. En el fondo, un eufemismo para no reconocer de forma abierta que ninguno de los territorios españoles en África le son rentables. Incluso empresas tecnológicas que ejercen como abastecedoras de productos de primeras marcas a Fnac rechazan suministrar alegando el típico “sólo Península y Baleares”. El fenómeno no es nuevo. La Asociación Nacional de Empresas de Internet (ANEI) es tan consciente del obstáculo que hace tiempo que esbozó su propio diagnóstico. Uno de sus asesores, Alonso Hurtado, confirma desde Madrid a El Faro que, efectivamente, “hay un buen número de empresas de comercio electrónico, sobre todo pymes, a las que no les compensa vender en Ceuta para no soportar los gastos extra asociados ni correr con los riesgos derivados de las posibles devoluciones”. ¿Por qué? Básicamente por “obstáculos fiscales y aduaneros” que lo complican todo, ya que “encarecen y entorpecen las operaciones, aplicando aranceles que en ocasiones son excesivos y provocan descontento en el consumidor”. La brecha entre quién envía a Ceuta y quién no es cuestión, por tanto, de asumir sobrecostes. ¿Cuánto? ANEI no maneja datos concretos pero advierte de que son “importantes” al sumar el incremento por los gastos de envío, el riesgo de asumir la devolución y, por si fuera poco, una cantidad adicional que la empresa vendedora aplica sobre el precio original para cubrirse las espaldas en caso de que la mercancía no convenza al consumidor y la rechace. “Además, si bien la empresa no tiene control sobre la aduana, la aplicación por pare de ésta de un gravamen desproporcionado puede generar un gran descontento en el consumidor, que normalmente contra quien se dirige es contra la empresa vendedora, pudiendo incluso llegar a reclamar ante Consumo”, asegura Hurtado. ¿Soluciones? ANEI la tiene, pero no confía en que triunfe: “Todo se podría solventar unificando el sistema de impuestos indirectos y eliminando la aduana de Ceuta. Es algo que las asociaciones de empresas de internet solicitamos desde hace tiempo. Pero eso trasciende incluso de la competencia estatal y habría que realizar modificaciones en la normativa europea”.
Sobrecostes que pueden alcanzar el 100% del precio
Del seguimiento de casos que realiza ANEI se deriva una paradoja: hay ocasiones en las que las empresas de internet exigen a sus clientes que asuman gastos de envío similares al precio del producto. Una incongruencia que la asociación detecta, por ejemplo, en productos tecnológicos de gran consumo. “Mientras nada cambie en este sentido”, advierte, “el comercio electrónico con destino a Ceuta seguirá viéndose claramente damnificado, con el consiguiente perjuicio para sus habitantes”.






