El Ministerio de Empleo y Seguridad Social concede al ceutí Andrés Rocher Gamero, activo a los 87 años, la Medalla al Mérito en el Trabajo
La historia de don Andrés Rocher Gamero es, de algún modo, la de millones de abuelos que eran niños durante la Guerra Civil Española: “No teníamos apenas qué comer; a veces, había que llevarse a la boca desperdicios, casi basura”, recuerda desde el despacho de su almacén, Frutas Rocher, y lo hace mientras entre las manos sostiene un papel, pero no uno cualquiera. Porque en el mismo se puede leer la orden ministerial por la que se le concede la Medalla al Mérito en el Trabajo, en su categoría de Plata.
“Este reconocimiento”, dice el hombre, “es un orgullo para toda mi familia”. Natural de Ceuta, ciudad en la que nació el 7 de septiembre de 1.927, don Andrés se emociona ahora, al continuar señalando para quién va en realidad la distinción que le ha sido concedida por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social con fecha del pasado 1 de octubre: “Mi madre estará orgullosa”. “Y mi padre, y mi hermano, que la acompañan”. Como tantos hijos de aquellos tiempos grises, cuando don Andrés era ‘Andresito’, un niño de cuatro, cinco, seis años, ya era consciente de la dureza de la vida: hambre, desesperación, un futuro negro. E incluso antes de nacer, recibió un bofetón cuya huella jamás se borra: “Mi padre murió tres meses antes de yo nacer”. Ante este escenario, en medio de un clima guerracivilista que asfixiaba a las gentes, especialmente a las más desfavorecidas, una figura se erigió y, con grandeza, para rescatar a Andrés y a su hermano: “Mi madre hizo de madre y de padre”, recuerda con lágrimas, “fue increíble cómo aquella mujer nos educó a mi hermano y a mí, cómo nos guió en el camino”. “Era muy trabajadora y severa, sí, pero muy buena también”, añade don Andrés. Fue con su madre (aún tenía menos de diez años, “unos siete u ocho) cuando tuvo el primer contacto con el mundo laboral. “Y así hasta ahora”, apunta, con razón, puesto que, puntual, Rocher Gamero acude cada día a trabajar al almacén.
“Mi madre montó un puesto en el mercado de la Plaza Vieja, que era muy diferente a como es hoy, y vendía mayoritariamente fruta y hortalizas pero también, cuando era la época, volaores”. “Cinco cabezas de ajo, un real”, dice, y un halo de melancolía le cubre el rictus. Este fue el primer trabajo en el que don Andrés manejó productos del campo, esos que hoy en día son referencias en la ciudad. Entre medio, “un millón de trabajos”. Así, Rocher Gamero cuenta, y acompaña las palabras, con los dedos: aprendiz de barbero, pintor, churrero… “Y militar”, ríe. Recuerda entonces cómo cumplió en la Compañía de Mar, “en un tiempo en el que no teníamos apenas ni para el uniforme”. En el seno castrense, cumplió a la perfección con el cometido asignado, como es norma de la casa, aunque recuerda una vez que le llamaron la atención. ¿El motivo? “De siete a nueve me escapaba a trabajar y compaginar el servicio con un empleo nos estaba prohibido”. Cuando el jefe militar le llamó al orden, él respondió con un gesto: los dedos juntos moviéndose a la altura de la boca, en señal de hambre.
Poco a poco, el aire era más respirable, el clima, mejor: “Regresó mi hermano, que estuvo en la parte del Protectorado, y lo empleé cuando pude montar mi propia tienda”. Corría el año 1.947. Situado a pie de playa, cerca de La Ribera, el primer almacén de Frutas Rocher abrió con una idea que aún hoy se mantiene y que don Andrés tuvo siempre en claro: “Prefiero un producto algo más caro pero bueno que barato y malo”. Con esta filosofía Frutas Rocher fue creciendo, la clientela aumentando y don Andrés recibiendo la recompensa a horas y horas de esfuerzo y dedicación por su oficio. Y de valentía, porque llegó incluso a comerciar con países latinos, como Chile, Argentina o Costa Rica, “desde donde traía la mejor piña, papayas o mangos”, con el riesgo que toda operación transatlántica entraña.
Así, siempre casado con la misma mujer, con la que contrajo nupcias el 4 de octubre de 1.953 y tuvo tres hijas (que a su vez le han dado dos nietas) y con la que comparte el otoño de su vida, Frutas Rocher pudo desplazarse, en 1.993, a un espacio “más moderno y cómodo, a un lugar mejor”. A los pies del Muelle Alfau llegan desde entonces “las más exquisitas frutas de Valencia, Lérida o Almería”, cargamentos que surten las despensas de ceutíes, tiendas de barrios, acuartelamientos militares, de la prisión, de bares o de los hoteles Ulises y Tryp, lo que habla de la importancia del servicio. Y, sobre toda la actividad y funcionamiento, una figura, la de don Andrés Rocher Gamero, quien está de enhorabuena por los honores recibidos tras una trayectoria encomiable y una vida volcada a su oficio y familia.






