Medio año después de que el propio PSOE hablara de malversación de fondos, requiriera prácticamente una intervención del Estado y hablara de un sin fin de fatalidades que iban a terminar con una especie de bloqueo al Gobierno a colación del ‘caso Urbaser’, el partido que se presentara como el artífice del destape del fraude da un giro radical para evitar términos de los que parece ya arrepentirse. El propio Carracao evitó ayer pronunciarse en términos como “malversación” para hablar de Urbaser y reconoció que no puede existir una intencionalidad en eso de hacer un mal uso del dinero público. Claro, dicho esto en boca de quien llevó a primera plana una serie de afirmaciones irresponsables y llevadas por un afán de protagonismo muy cuestionable, resulta duro. Duro de comprender y duro de explicar.
Incongruente. Eso también. Porque a pesar de ofrecer sus conclusiones sobre la comisión política dispuesta al efecto, a pesar de no haber asistido a buena parte de ellas y a pesar de no haber formulado preguntas en varias sesiones, Carracao sigue pidiendo una nueva ronda de comparecencias.
Esto ya parece esperpéntico. ¿Cómo si el señor Carracao ya no se reconoce ni en su ordenada gran portada mediática, aquella en la que denunciaba malversación de fondos, cómo es que ahora pretende estirar como un chicle esto de la comparecencia? Sólo cabe una conclusión, que necesite de ciento a viento ocupar protagonismo recordando un caso con el que pretendió, y sigue haciéndolo, auparse al puesto de político sobradamente preparado erigido en el gran defensor de la transparencia.
No hay malversación, donde dije digo digo Diego, pero queremos seguir con una comisión abierta por si las moscas. Quedan, dice, muchos interrogantes. ¿Cabe esta explicación en un partido que ha tenido una nula participación en una comisión solicitada por ellos? Es inexplicable, a no ser que se pretenda buscar hueco mediático donde ya no lo hay, dándole una buena patada al Reglamento de la Asamblea porque sí.
La responsabilidad debe ir de la mano de la clase política. Es una obligación, un deber que tiene todo partido hacia el ciudadano. Con salidas de este tipo lo único que se consigue es que algunos tiren por la borda lo conseguido por sus predecesores muchos años antes.





