Hablamos de otro país, con otras leyes y otros derechos. Hablamos de un Marruecos que tiene su propio sistema organizativo al que nos sometemos por obligación nada más que ponemos el pie en su territorio. Hablamos de un lugar en el que las decisiones se adoptan de forma unilateral resultando muy laborioso y complicado hacer prevalecer la razón. Pero hablamos también de un Marruecos que quiere adentrarse en el grupo de los países que se llaman desarrollados, que avanzan en los derechos y que se alejan de otros conflictos asentados en esa convulsa zona del Magreb. Ese desarrollo debe conllevar cambios y cambios también para las medidas penitenciarias que se adoptan y que dejan a muchos inocentes presos de su libertad hasta que se demuestra que lo son.
Los organismos que se encargan de defender los derechos de los españoles lo han denunciado, poniendo nombres y apellidos a hombres y mujeres que han permanecido o permanecen en cárceles marroquíes a pesar de no ser culpables. Hasta que se demuestra este extremo, quedan encarcelados en el infierno, sin derechos, a expensas de las ayudas de los consulados que, por otra parte, tanto se critican, sin poder hacer prevalecer los derechos. Esa situación la han padecido varios ceutíes. La hemeroteca de esta Casa guarda muchos casos de detenidos y encarcelados por error, que nada tenían que ver con los delitos que se les imputaban, pero que han tenido que demostrar con pruebas su inocencia para salir libres. ¿Y si carecen de esas pruebas?, ¿y si no consiguen la ayuda de las instituciones?, ¿y si nadie se preocupa de ellos?
Hay españoles que han permanecido más de medio año entre rejas, hasta que se ha demostrado su libertad. ¿Puede esto admitirse?, ¿hasta qué punto pueden permitirse que sean abusivas las medidas de privación de libertad que de manera constante se aplican aunque no haya pruebas incriminatorias? Sí, efectivamente, es otro país con sus normas y su propia manera de proceder, pero también son ciudadanos españoles los que se enfrentan a situaciones injustas que se repiten con demasiada asiduidad.
Ante esto cabe otra salida, o debe caberla. Ante esto los cauces diplomáticos deben ser más rápidos, no puede crearse una barrera cuya caída dependa de la buena o mala suerte.
Ceuta y Melilla, por su ubicación estratégica, padecen directamente esta situación. Los residentes en ambas ciudades, vinculados en muchas ocasiones por lazos familiares con marroquíes, se enfrentan a detenciones injustificadas basadas en errores o en acusaciones perversas de otros individuos.
En Ceuta hemos tenido jóvenes acusados en falso de ser traficantes de droga, comerciantes víctimas de venganzas vertidas por ex empleados, identidades que han sido confundidas con otras... hombres con nombres y apellidos que han penado semanas o meses en cárceles marroquíes con el triste menester de tener que demostrar su inocencia ante un sistema de derechos inexistente. Demasiado vacío, demasiada incertidumbre en un país que sobre el papel difunde unos avances cuya implantación cuesta asumir porque no existe.





