Ni la desesperación, ni la rabia, hablan más que tonterías. Pero es humano barrenar en arameo cuando las circunstancias te asisten. Lo entiendo… el dolor mata y por él se muere. Perder a quien quieres es mejor que no saber dónde está o en qué situación real se encuentra. El desconocimiento no hace que tu mente pare, sino que cabalgue sin freno, que elucubre escenarios fatales, que las lágrimas no broten como alivio de tristeza, sino que el corazón se comprima y toda idea de esperanza se desvanezca. La incertidumbre es peor que la certeza, aun con la muerte más vil rondando la cabeza de un allegado, porque solo aquella destruye como el ácido corroyéndote.
Entiendo a los que han perdido, también a los que desesperan, a los que gritan, no a los que piden a ciegas que todo cambie sin urnas de por medio. Pero siempre los habrá… los impacientes, los impíos, los que- como carroñeros- gustan exponiendo cadáveres recientes o cuerpos descompuestos en el armario del tiempo. Oportunistas de la muerte y la desgracia ajena. Pero-afortunadamente para todos nosotros- existen los que como en Adamuz, están presentes en todos los escenarios donde la humanidad fue protagonizada por voluntarios que izaron banderas de patriotismo, de vergüenza, de ser lo más valiente y puro de nosotros mismos como pueblo soberano. Hay otros, en cambio, que, desde una tertulia, desde un garaje oxidado, desde cualquier punto ponen alcachofa sobre boca dolorida, sobre víctimas de víctimas para sacar tajada de primicia dolorosa con que encoger conciencias para desplomar encuestas y ganar cómo sea con la sangre de los inocentes o el sufrimiento de los dolidos.
Odio eso. Me repugna. El rencor visceral, el llegar de cualquier manera y caiga quien caiga, el distorsionar, el partidismo del pucherazo, el fingimiento y el sacar tajada de la sangre. Los muertos- a los que los deudos velan y guardan- son sagrados, pero los aprovechados los quieren sacar a pasear cuando les interesa. Es desgracia de este país donde hay tanto bueno, tanto entregado, tanta gente que socorre porque le sale del alma con esmero patrio, gente que no se confunde de bandos porque no los tiene un necesitado y mucho menos una víctima.
Lo del tren ha sido riada nueva que se lleva futuros, dolor impalpable, visto por nosotros como secundarios porque los nuestros cogían otro tren, porque esta vez no nos tocaba o porque no hay destino mortal sino eventualidades de la vida, en qué sillón te sientas, si vas a la cafetería o si te bajas en una parada antes o no llegas a subir porque se te fue el santo al cielo y has llegado tarde para embarcarte.
Suspira para adentro con fuerza el que no le ha tocado por su suerte esquiva morir allí, porque le ha pasado por encima la desgracia, pero no le han eliminado del juego mortal de la vida, porque no ha muerto y aun herido, se siente como piltrafa porque ha visto demasiado. Pérez -Reverte dejo a su novia por efímera al volver de la guerra. Los que han sobrevivido mirarán la vida con otra cara. No sé si más real, más vital o más depresiva. Pero seguro que empiezan a tutearla. El tiempo lo dirá como en Adamuz. Es solo el tiempo y la visión alejada lo que siempre nos encubre los sentimientos, escondiendo las realidades.
El pueblo llora, nada podrá consolarlo.






