Dentro de muy poco celebramos el Día de la Mochila. Más de un niño desayunará castañas y nueces con restos del maquillaje de vampiro de la noche anterior. La calabaza avanza y la mochila se encoge. No es una tragedia, pero sí plantea una pregunta incómoda que merece la pena hacernos.
Somos una ciudad curiosa. Miramos con recelo, cuando no con desdén, costumbres que se celebran a pocos kilómetros de casa, al otro lado de una frontera que cruzamos casi a diario. Y, sin embargo, abrimos la puerta de par en par a una fiesta llegada del otro lado del Atlántico. Lo lejano nos parece moderno; lo cercano, ajeno. Y en ese viaje, lo propio se va quedando por el camino.
La Mochila es de las pocas tradiciones que podemos llamar nuestra sin matices. Nadie sabe con certeza cuándo nació.
Hay quien la vincula a la conmemoración de una batalla de la guerra de África. Otros, al traslado del cementerio a las afueras en el siglo XIX, cuando ir a presentar respetos a los difuntos se convirtió en una pequeña excursión; no en vano, la raíz de nuestra mochila tiene que ver con los muertos. Lo más probable es que fuera el movimiento excursionista de finales de aquel siglo el que la asentara como la tradición que todavía hoy tratamos de mantener.
En la mochila de cada niño no podían faltar castañas, nueces, pan de higo, granadas y chirimoyas. Un día en el Hacho o en García Aldave. Y una canción que todos llevamos grabada en la memoria: «Mi mochila, no se la come el gallo ni la gallina». No hacía falta más.
Si miráramos a nuestro alrededor con un poco menos de prejuicio, encontraríamos parientes cercanos de nuestra mochila.
En Marruecos, y en muchas casas de Ceuta, la Achura llena las mesas de fakia: dátiles, higos secos, almendras, nueces y cacahuetes que se reparten entre los niños, junto con juguetes y pequeños tambores. En no pocas familias es también un día para acordarse de los que ya no están y visitar sus tumbas.






