Sobre la vida y sobre la muerte, sobre la primavera y el invierno, sobre las flores marchitas y las rosas frescas vestidas de rocío.
Esperando en la consulta del cardiólogo y sabiendo que el quirófano será el próximo destino o tal vez el último.
Las emociones son rayos que no cesan, el miedo se mezcla en un torbellino de incertidumbre cuando piensas en tu ausencia, en un viaje definitivo a ninguna parte, en la despedida sin nadie de quien despedirse.
Así es cuando el tiempo te ronda entre los dedos, como si fueran relojes de arena.
De repente piensas que todo será lo último...el último instante, el último paseo con mi perra, la última hora antes de entrar a un quirófano.
Todo es confuso en una incertidumbre serena. No hay miedo cuando te deslizas suavemente entre preguntas que no esperan respuestas. No hay nostalgia ni tristeza, no queda espacio para escaparse del destino ni lugares para esconderse.
Tengo que arreglar algunos asuntos como si estos fueran la última maleta vacía para un destino sin llegada.
Mis últimas voluntades, el futuro de mi perra, el orden de los documentos que gestionarán seres anónimos sin rostro.
No es el momento para reproches, arrepentimientos absurdos, hacer un recorrido por lo que hice o dejé de hacer, juzgarme, condenarme o indultarme. Bailar con la muerte, enamorarla, besarla, acariciar su rostro impenetrable. Dejarse vencer en vencerla y despojarla de su oscuridad.
Y ahora toca esperar sin espera, sentir que dejaste de sentir el peso, liberarte de todas las cargas.
Filosofar es aprender a morir, observar la levedad del ser imperceptible y vertiginoso.
Por primera vez me siento Filósofo.






