Demorar significa retrasar, tardar o hacer que algo ocurra después del tiempo previsto. Atrasar, retardar, aplazar, postergar.
Las demoras nos persiguen, delatan nuestros miedos, las inseguridades, la realidad que no queremos afrontar.
Demoramos el problema de la migración, demoramos hablarle a Marruecos de tú a tú, demoramos los acuerdos, los pactos y los consensos porque no confiamos en llegar a acuerdos, pactos o consensos.
Lo sucedido en Ceuta ha sido una demora indecente en todos los sentidos: muertes anónimas, miles de personas cruzando una frontera, que de frontera solo tiene el nombre, una Ceuta abandonada a su suerte... Luego ya de todo, un totum revolutum de unos contra otros, un compendio de horrores instalados en 19 kilómetros cuadrados: ONGs acusadas de ser mafia y negocio, solidaridad acusada de alimentar al enemigo, humanitarismo acusado de hacer un llamamiento a la migración ilegal... luego sembramos en el jardín de las dudas todo tipo de dilemas: Que si el racismo, que si los invasores, que si la crisis migratoria, que si la guerra híbrida, que si Israel y Trump, que si dónde se jugará la final, que si Marruecos es un socio fiable, que si todos buscan rentabilidad política, que si el PP y VOX exigen soluciones pero no están dispuestos al reparto de menores en las comunidades que gobiernan, que si Marlaska y Margarita Robles se contradicen o si es un traidor el delegado del Gobierno por no dimitir y salir corriendo.
Nos piden paciencia, tranquilidad, confianza. Nos piden silencio ante el caos porque todo está solucionándose.
Otra vez la demora, otra vez España solidarizándose con una Ceuta amenazada por “ socios fiables”, otra vez, otra vez, otra vez.
El presidente del Gobierno demoró demasiado; tenía derecho a sus vacaciones como todo el mundo. El socio fiable “hizo su agosto” aprovechando el asueto presidencial.






