Soñé que en una sola noche entraban en Madrid 3.500.000 personas.
No pregunten por dónde. En los sueños la logística no se explica. Amanecía y había en la capital tantos recién llegados como madrileños empadronados, uno por uno, casi exactos, y la ciudad despertaba siendo el doble de sí misma. Todos llegados desde Marruecos, y todos la misma noche, detalle que en el sueño nadie consideró casual.
Y entonces soñé algo mucho más inverosímil. Soñé un Estado.
En mi sueño nadie perdió un minuto discutiendo cómo llamarlo. Nadie salió a un atril a hablar de presión migratoria. Lo llamaron invasión, porque eso era. Y lo llamaron guerra híbrida, porque en mi sueño el Gobierno sabía que hay fronteras que se abren y se cierran desde el otro lado según convenga, y que una frontera usada como grifo es un arma, aunque no dispare.
Se declaró la situación de interés para la Seguridad Nacional esa misma noche. Mando único, el del Estado, sin reparto de culpas ni de competencias. Hubo quien planteó si aquello pedía un estado de excepción, y esa discusión duró una hora y no un mes, porque en mi sueño el Gobierno entendía que la ley se lee para poder usarla y no para explicar por qué no se puede usar.
"Ese medio millón no acabó malviviendo un mes en la calle: fue identificado, tramitado y devuelto dentro del plazo de setenta y dos horas que marca la ley de extranjería, con los medios y el personal necesarios para hacerlo"
El presidente interrumpió sus vacaciones al momento y se plantó en Madrid esa misma tarde. El Ejército se desplegó en todos los accesos a la capital y se reforzaron a la vez todas las fronteras del país, con una orden que se oía nítida: proteger al pueblo. Y todos los ministros volvieron de sus vacaciones ipso facto.
Y soñé el dispositivo. Hospitales de campaña levantados en horas, identificación uno por uno, filiación, reseña, control absoluto de quién había entrado y dónde estaba cada cual. Nadie suelto por la ciudad ni una sola hora: todos localizados, atendidos por servicios médicos y bajo custodia hasta el momento de la devolución, porque un Estado serio no pierde de vista a quien ha entrado por donde no debía. Y devueltos. La mayoría regresó en las primeras cuarenta y ocho horas, quedando unas 500.000 personas. Ese medio millón no acabó malviviendo un mes en la calle: fue identificado, tramitado y devuelto dentro del plazo de setenta y dos horas que marca la ley de extranjería, con los medios y el personal necesarios para hacerlo. Los juzgados se reforzaron esa misma semana, antes de que hiciera falta.
Y se convocó a la embajadora, claro. Un ministro marroquí había declarado en televisión que Madrid les pertenecía por derecho histórico y geográfico. Un segundo había reivindicado, delante de su rey, la recuperación de Al Ándalus. En mi sueño, Karima Benyaich, embajadora de Marruecos en España, estaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores antes de los postres. Y tenía todo el sentido, porque este Gobierno convoca embajadores cuando la cosa es grave: en 2024 citó al argentino porque su presidente llamó corrupta a la mujer del nuestro, y retiró definitivamente a nuestra embajadora de Buenos Aires. Imaginen entonces lo que merece una reclamación de soberanía sobre suelo español…
Me desperté a las cuatro de la mañana con una sensación rarísima, casi olvidada. Tranquilidad. La certeza de que existe un Estado, de que la maquinaria funciona, de que a un español no se le deja tirado. Me di la vuelta en la cama y me volví a dormir feliz.
Y entonces tuve el segundo sueño.
Soñé que ocurría lo mismo, pero en Ceuta.
Soñé que entraban en una noche tantas personas como habitantes tiene esta ciudad. 80.000 sobre 84.000. Y soñé que en Madrid lo llamaban presión migratoria, y que lo repetían durante veintiocho días con una serenidad de locutor de aeropuerto, mientras aquí cualquiera con un ápice de vista veía que aquello había dejado de ser presión desde el primer minuto.
Soñé la respuesta. Ceuta pidió mando único y recibió un comunicado. Pidió al Ejército y recibió una barrera flotante que llegó cuando ya había entrado todo el mundo. Pidió que alguien asumiera el problema y recibió a Interior explicando que no había habido ninguna alerta previa, en una ciudad donde lo sabía todo el mundo y donde la convocatoria llevaba semanas circulando por las redes. Tanto, que los análisis publicados después concluyeron que aquello había sido una movilización coordinada y no un movimiento espontáneo. La declaración de interés para la Seguridad Nacional llegó el 25 de agosto. Veintiocho días. Un real decreto y una nota de prensa, cuando el daño ya estaba hecho.
"Y soñé a la Comisión Europea recordándole a España, el 20 de agosto, que espera que todos los que entraron irregularmente sean devueltos a Marruecos, menores incluidos, y que proteger a esos menores es un deber del Estado español"
Y soñé al presidente aquí, el 31 de julio, diciendo delante de todos nosotros que lo ocurrido era un ataque y una violación de la integridad territorial de España. Lo dijo él. Palabra por palabra. Y después no convocó a la embajadora, no declaró nada durante veintiocho días y siguió llamando socio fiable al vecino. Si aquello fue una violación de nuestra integridad territorial, señor presidente, ¿qué habría que hacer para que usted la considerase grave?
Y soñé a la Comisión Europea recordándole a España, el 20 de agosto, que espera que todos los que entraron irregularmente sean devueltos a Marruecos, menores incluidos, y que proteger a esos menores es un deber del Estado español. Ese mismo día explicó que seguía sin recibir la solicitud definitiva de ayuda. Tres semanas después de la entrada, el papel que abre los fondos europeos y los refuerzos de Frontex seguía sin presentar. Que tenga que ser Bruselas quien le recuerde a un Gobierno español sus obligaciones con una ciudad española retrata la escena entera.
Soñé los muertos, y soñé que ni de eso hubo una cifra: 88 según la Ciudad, 75 según Interior, 11 según Marruecos. Elijan ustedes. Un mes después seguimos sin saber cuántos se quedaron en esas aguas.
Soñé los juzgados: de 20 denuncias diarias se pasó a más de 200. Un 900%. Robos con violencia, robos con fuerza, treinta y un delitos contra el orden público en veintisiete días. Y dieciséis agresiones sexuales denunciadas, con diecisiete víctimas, según confirmó ayer aquí la fiscal general del Estado.
Denunciadas. Subrayen esa palabra con lápiz rojo. Los delitos sexuales son los que menos se denuncian del Código Penal en cualquier ciudad del mundo, y estas no son condiciones normales. Denuncia menos quien no tiene papeles. Denuncia menos quien duerme en una playa y teme que entrar en una comisaría signifique salir con un expediente de devolución. Denuncia menos una niña de quince años. Cualquiera que sepa cómo funciona esto sabe que la cifra real está muy por encima de diecisiete, y que no la vamos a conocer nunca.
"Soñé 8.000 personas durmiendo al raso según la policía, 10.000 según la ciudad, 5.000 según Madrid, que siempre cuenta menos cuanto más lejos está"
Y soñé el dato que casi nadie ha contado: que las víctimas de esas agresiones son, según la propia fiscal general, las mujeres y niñas que habían entrado, en una situación que ella misma calificó de extrema vulnerabilidad, sobre todo las menores. Once menores marroquíes denunciando. Una niña de quince años que denunció una agresión sexual grupal sin que se haya identificado a nadie. Y peleas y apuñalamientos entre ellos, noche tras noche, en una ciudad donde el Estado había decidido no estar. Aquí no se protegió a nadie. Ni a los de dentro ni a los que llegaron. A nadie.
Soñé 8.000 personas durmiendo al raso según la policía, 10.000 según la ciudad, 5.000 según Madrid, que siempre cuenta menos cuanto más lejos está. Y esta ciudad pagándolo: las calles, los parques, las playas, y el olor, que es un detalle que no cabe en ningún comunicado ministerial. Eso pasa cuando el Estado decide no estar.
Soñé a mis vecinos poniendo alambre en sus propias casas. Soñé los bajos de esta ciudad, con las persianas echadas a mediodía y familias durmiendo mal desde hace un mes, pendientes de cualquier ruido en el patio. Que un español tenga que fortificar su casa en su propia ciudad, en 2026, lo dice todo.
Soñé a un señor muy sereno explicando desde un estudio de Madrid que lo que estaba entrando eran ingenieros que venían a aportarnos su cultura. Y tenía toda la razón, porque yo veía ingeniería por todas partes: ingeniería hidráulica en el Trampolín, ingeniería de telecomunicaciones enchufada a una farola, ingeniería de caminos abriendo rutas por donde no había ninguna. Lo único que no vi por ninguna parte fue al señor del plató. Y a los ingenieros de verdad, los que llevan un mes resolviendo sin medios un problema que no crearon, a esos no ha venido nadie a aportarles absolutamente nada.
Soñé las playas vacías en agosto. Los niños que han perdido el verano que no recuperarán jamás. Las mujeres cambiando de acera, de horario y de ruta, y las que directamente han dejado de salir. Y las familias que se han ido a la Península, y las que han mandado a sus hijos fuera con los abuelos, con los tíos, con quien fuera, porque tenían miedo. Que un padre saque a su hijo de su propia ciudad por miedo, en España, en 2026, y que eso no abra un telediario, dice más de este país que cualquier cosa que yo pueda escribir aquí.
"Esto tiene un nombre y llevo un mes buscando otro más suave sin encontrarlo. Abandonar a una ciudad española durante veintiocho días, negarle el nombre a lo que le está pasando, no convocar a la embajadora del país que la reclama mientras se retiró a una embajadora entera por un insulto a la mujer del presidente, y dejar correr el tiempo esperando a que el problema se desinfle solo, es una traición"
Y soñé septiembre. El curso a la vuelta de la esquina, la ciudad sin una sola solución estructural, y la sensación de que el plan consiste en no tener plan: dejar pasar el tiempo hasta que Ceuta entera sea un CETI de veinte kilómetros cuadrados, con sus 84.000 vecinos dentro, y llamarlo después normalidad.
Y aquí se acaba la ironía, porque el primer sueño no va a ocurrir jamás. A Madrid no la dejarían caer. A Madrid no se la deja veintiocho días esperando un decreto. Lo que ha quedado demostrado este verano es mucho más simple y mucho más humillante: Ceuta les importa un pimiento.
Esto tiene un nombre y llevo un mes buscando otro más suave sin encontrarlo. Abandonar a una ciudad española durante veintiocho días, negarle el nombre a lo que le está pasando, no convocar a la embajadora del país que la reclama mientras se retiró a una embajadora entera por un insulto a la mujer del presidente, y dejar correr el tiempo esperando a que el problema se desinfle solo, es una traición. Y los que la firman, los que la administran y los que la maquillan desde un atril son traidores a su país. A España entera, porque abandonar a una ciudad española es abandonar a España. Y a los 84.000 españoles que llevan un mes comprobándolo en su propia casa.
Del primer sueño me desperté tranquilo. Del segundo me desperté a las cinco menos cuarto, leí la prensa y comprobé que el Gobierno seguía siendo igual de pusilánime, mostrando debilidad ante Marruecos y dejando desamparados a los ciudadanos de Ceuta.
Son las siete y diez. Sigo desvelado.
Juan José Vicente Martín






