Era el 23 de diciembre de aquel año, cuando con la ilusión de un novicio y la novedad de un viaje a ultramar llegué a Ceuta. Su olor a mar e incluso a brea de algún barco de los de antes, la ciudad me abrió la puerta a un universo de sensaciones, de las que sabía con certeza, que se convertirían en recuerdos de hoja perenne.
Digo esto porque Ceuta se merece en mi caso algo más que un comentario de apoyo. Merece un testimonio en recuerdo a aquel 28 de julio de 1995 cuando arriando la bandera de España en la Comandancia, a las puertas del Santuario de la Virgen de África, la ceremonia de mi boda se paralizó para concluir el solemne acto de la arriada al son del himno nacional.
En tan grave acto de bajada de la enseña nacional, cuando todos decidimos esperar unos minutos, teníamos interiorizado que España está en Ceuta y que Ceuta está en España, porque así es desde 1580 cuando reinaba Felipe II.
Marruecos llegaría como estado independiente en 1956.
En estos momentos de profunda tristeza, temor y zozobra en los que políticos coyunturales y visitantes de ocasión, que cuestionan el significado de la marca España desde el gobierno de Zapatero y que mas allá de Algeciras, hay una ciudad de nombre Ceuta, es cuando sus ciudadanos con una sola voz deben pedir “por derecho” lo que por Derecho les corresponde. Nadie como los ceutíes lamentan, sufren y temen la invasión migrante de la que han sido víctimas y sin que Marruecos ni España, lo hayan impedido.
Siempre quedará la duda de lo que sucedió el treinta y uno de julio que no impidió la ocupación por la fuerza de una ciudad española y por ende, de la UE y que por contraste, no sucedería quince días después, que si lo impidió.
El gobierno de España, en su tacticista tibieza,en sus testimoniales visitas, hará lo que no le comprometa, sin ruido y aguantando a la fachosferica ciudadanía, que disfruta avivando la máquina del fango. No irá más allá de lo simbólico, por razones que solo Pedro Sánchez y alguno de sus ministros conoce. Entre tanto, Ceuta seguirá sumida en una calma tensa mientras este gobierno espera a que el ruido cese. Todos, España, ceutíes y peninsulares, nos preguntamos cuánto nos cuesta esta nueva relación de inquietante y tensa amistad con nuestro vecino del sur. Única frontera con un país no miembro y del que la Unión nos pide responsabilidades por tolerar y fomentar la inmigración ilegal.
Juan de Dios del Pino, abogado






