Nuestra ciudad ha vuelto a contemplar una de las estampas más complejas, desgarradoras y críticas de su historia reciente. La entrada masiva de personas a través del espigón de la frontera Sur, superando con creces los picos que ya estremecieron a Ceuta en mayo de 2021, ha sumido a la población en un estado de profunda incertidumbre, tensión y comprensible miedo. La imagen de nuestras calles y barriadas saturadas de seres humanos deambulando sin rumbo, calados hasta los huesos, extasiados y hambrientos, es un espejo desgarrador que nos obliga a interrogar de frente nuestra propia condición social y moral.
No se puede ignorar la angustia vivida por el comercio local y los vecinos. El cierre cautelar de establecimientos por temor a desbordamientos o asaltos generó momentos de altísima fricción. Personas que traían consigo lo mínimo para alimentarse se encontraban sin un solo lugar abierto donde comprar comida, multiplicando la desesperación de unos y el temor de otros. Sin embargo, la respuesta ante la crisis jamás puede ser la barbarie.
Asistimos con honda preocupación a la irrupción inmediata de sectores exaltados de la extrema derecha y sus grupos afines, dedicados a perseguir y agredir a migrantes en pleno centro urbano. Más grave aún fue ver cómo esa espiral prendió en barriadas de la periferia, donde grupos de vecinos armados con barrotes y bates de béisbol pretendieron tomarse la justicia por su mano, sellando accesos y agrediendo de forma indiscriminada a quienes transitaban por el lugar. El panorama resultante es sencillamente desolador. Cuando permitimos que la violencia sustituya a la ley y a la empatía, perdemos de golpe parte de nuestra humanidad.
Nadare cruza un espigón a nado por capricho. Es indispensable pararse a reflexionar sobre la inmensa mochila que carga a cuestas cualquier persona que decide arriesgar la vida en el mar para perseguir un sueño o una oportunidad mínima de subsistencia. Llegan engañados, víctimas de redes sin escrúpulos y utilizados como mera moneda de cambio en complejas tensiones geopolíticas. Son seres humanos que no tienen la culpa de haber nacido a un lado u otro de una valla o una alambrada.
Desde la ONG Luna Blanca, en coordinación con las instituciones de la Ciudad Autónoma y la Delegación del Gobierno, asumimos la responsabilidad técnica y humanitaria de responder en primera línea. Cubrir la alimentación de la totalidad de este flujo masivo es un imposible logístico, pero nos volcamos en la elaboración y distribución de más de 2.000 tuppers y de comida caliente, acompañados de pan, de bolsas de avituallamiento y productos destinados a sostener la dignidad básica de estas personas.
Nuestra labor no se limitó al reparto material. Entablamos diálogo directo con cada uno de ellos, explicándoles con absoluta crudeza y realismo la situación real de Ceuta: los centros de acogida desbordados como jamás se había visto y la falta absoluta de expectativas inmediatas, aconsejándoles y facilitando su retorno voluntario a su país de origen. Y en ese contacto comprobamos una constante desoladora: la inmensa mayoría había sido arrastrada por mentiras.

Los bulos difundidos por la extrema derecha —asegurando engañosamente que al llegar se aloja a los migrantes en hoteles, se les otorga una paga y acceden de inmediato a todo tipo de ayudas— son la principal herramienta que alimenta este éxodo hacia el abismo. Ese falso discurso es el verdadero «efecto llamada».
Se echan en falta de manera urgente programas de visibilización y concienciación, tanto en los países de origen como en los de acogida, que muestren sin tapujos la cruda realidad. Es imprescindible dar voz a los testimonios de compatriotas que malviven en la economía sumergida, sin contrato, sin derechos y sin ayuda alguna. Si no se desmonta el mito, miles de jóvenes seguirán empeñando su vida por un sueño que se convierte en la peor de sus pesadillas.
Como entidad puramente humanitaria, la ONG Luna Blanca no puede ni va a negar la comida a nadie. Hacerlo supondría traicionar los principios fundamentales del trabajo social. Y dentro del caos y la alarma social generada, hay que recordar que estamos ante una ineludible alarma humanitaria. Entre la multitud había familias enteras, niños y niñas no acompañados, y una abrumadora mayoría de jóvenes con esperanzas truncadas.
Esto no obsta para reconocer que entre las entradas masivas puedan filtrarse perfiles conflictivos. Sin embargo, no podemos responder con violencia indiscriminada. Nadie lleva grabada en la frente una etiqueta que defina su condición moral, y la criminalización generalizada solo engendra más fractura social.
En este escenario tan complejo, es de justicia pública poner en valor y agradecer la labor desarrollada por nuestro Ejército y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Tras compartir intensas jornadas de trabajo junto a nuestros soldados, fuimos testigos directos de una actuación ejemplar. Pese a encontrarse completamente desbordados, lograron reconducir y desviar hacia la frontera a cientos de personas sin recurrir a la violencia, ofreciendo asistencia, indicando el camino y transmitiendo con templanza la realidad de la situación. Su profesionalidad y humanidad son un verdadero orgullo para esta Ciudad.
Ceuta ha demostrado históricamente ser un pueblo solidario, resiliente y acogedor. No dejemos que el miedo, la desinformación y el enfrentamiento entre vecinos apaguen nuestra esencia. Si perdemos la empatía, lo habremos perdido todo.






