En el siglo XXI, el concepto de la Cortina de Hierro ha evolucionado más allá de las barreras ideológicas y físicas de la Guerra Fría (1945-1991). Actualmente, retrata e identifica la profunda división geopolítica, tecnológica y comercial entre las democracias occidentales y potencias autoritarias como Rusia y China.
A diferencia de la ciénaga ideológica, esta nueva frontera circunscribe desde el bloqueo militar y muros físicos en Europa del Este hasta el control digital, de internet y financiero. Con lo cual, esta nueva Cortina de Hierro se manifiesta en tres dimensiones geopolíticas principales. Primero, en lo que atañe al aspecto tecnológico (cortina de silicio); segundo, la seguridad física en las fronteras de Europa y, tercero, la fragmentación financiera. Si bien, la Cortina de Hierro, también conocida como Telón de Acero, fue la divisoria que fragmentó al Viejo Continente en dos bloques.
Esta línea imaginaria desmembró a los países de Europa Occidental bajo la proyección capitalista y democrática de Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), de los países de Europa Oriental, bajo el régimen comunista y la órbita de la Unión Soviética. Y como es sabido, en 1946, la expresión se generalizó por el ex primer ministro británico Winston Churchill (1874-1965) en una intervención que pasaría a la historia. Hoy, no cabe duda, de que este concepto ha vuelto a cobrar relevancia en la palestra internacional, porque los países limítrofes con Rusia y Bielorrusia han avivado exponencialmente sus planes para construir fortificaciones y vallas fronterizas ante la amenaza rusa tras la invasión de Ucrania (24/II/2022).
El caso es que a criterio de diversos especialistas existen incuestionables paralelismos históricos, tanto la cooperación de las naciones que poseen límites fronterizos con Rusia en Europa, como la determinación del terreno son críticos para prescindir el fiasco de la línea Maginot. Recuérdese al respecto, que ésta era una muralla fortificada y de defensa erigida por Francia a lo largo de su frontera con Alemania e Italia, tras la finalización de la Primera Guerra Mundial o Gran Guerra (1914-1918). Como quiera que sea, aunque los baluartes de la línea Maginot comprometieron a los alemanes a tantear su método de ataque, Bélgica quedó desamparada.
En nuestros días, los países europeos son conocedores de que no pueden impedir plenamente una acometida rusa, pero según y cómo, podrían agitar la constitución de una hipotética irrupción rusa. El propósito de estas barreras no es únicamente disuasivo, sino el de pretender inspeccionar el posicionamiento de cualquier penetración. Toda vez, que si se augurase un cese el fuego entre Ucrania y Rusia, los líderes de los estados bálticos sospecharían que el Kremlin reacomodaría sus tropas en sus fronteras.
Con estas connotaciones preliminares, la victoria de Donald Trump (1946-80 años) ubicó a Europa en un compás abrumado de vigilancia sigilosa e indecisa. Ciertamente, repiquetean las palabras que subrayara Friedrich Nietzsche (1844-1900), cuando hiciera referencia al nihilismo como una “transvaloración de todos los valores”, puede que adquiriera efectos globales. Asimismo, las ínfulas conquistadoras de Vladímir Putin (1952-73 años) que insistentemente se entretejen con la ascensión de los neofascismos que eclipsan el horizonte. Y como si esto no fuese suficiente, el presidente de los Estados Unidos contrae en condiciones geopolíticas diferentes a las que había en su primer mandado: estamos, nada más y nada menos, que en medio de una implícita Tercera Guerra Mundial de la que nadie quiere manifestarse. En esta ocasión, no requerirá ninguna ratificación en su elección y a duras penas le importa quedar bien con los cultos evangélicos más conservadores que en su día le facilitaron su soporte en el voto.
Y es que después de la caída del Muro de Berlín (9/XI/1989), el mundo quebró su polaridad y se distribuyó en una caterva de focos de influencia, aunque la supremacía la continuaba conservando su único gendarme planetario. Pero el conflicto de Kosovo (1998-1999) y el enfrentamiento armado entre Rusia y Georgia (1-16/VIII/2008), congelaron las relaciones entre la OTAN y Moscú.
Sin embargo, con la anexión de Crimea (18/III/2014) y la invasión a Ucrania se ha retornado a una incomodidad comparable a los períodos de la Guerra Fría que, antes o después, se caldeó variando a un marco inestable. La argumentación nuclear está poco más o menos, que a la misma cota. O tal vez, más elevada que en la crisis de los misiles en Cuba (16-29/X/1962).
Aunque Trump aseguró en su campaña terminar con la guerra en el frente oriental en una jornada. Y entre los vaticinios de unos cuantos especialistas, por ventura plantee a una Ucrania debilitada que ceda las zonas reclamadas y se construya un corredor neutral o franja de terreno desmilitarizada custodiada por ambas partes.
“Esta amenaza no se aquilata únicamente en ojivas nucleares, sino en la capacidad de procesar transacciones transfronterizas al margen de las sanciones occidentales”
De este modo, un nuevo artificio potencial y supuesto: otra Cortina de Hierro entre Oriente y Occidente y una nueva muralla de disección. Obviamente, inadmisible y descabellado para los aliados. O quizás, otra alternativa más drástica recaería en descabezar a Ucrania e instalar un gobierno títere prorruso, aproximado a lo que aconteció con la Francia de Vichy, establecido por el mariscal Philippe Petáin (1856-1951) en parte del departamento francés y en el conjunto del Imperio colonial francés, tras la firma del armisticio con la Alemania nazi en el entresijo de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) que dispusiera una paz forzada. O de no ser así, la menos factible, proseguir financiando la ofensiva como se venía haciendo hasta el presente.
Por el momento, el mapamundi rediseña sus fronteras. No pocos estarán en disposición de permanecer con la mayor parte posible de los territorios ansiados: constantemente existirá inquietud entre el liberalismo y el totalitarismo.
Cuestión que China hará lo posible por persistir en sus márgenes, ya que su economía no puede estar en manos de un sistema mixto. Y por delante concurrirá otro espacio geopolítico todavía por vislumbrarse. Lógicamente, algo va a variar y embarazosamente para mejor. Dicho esto, la Cortina de Hierro se hace ostensible en tres dimensiones geopolíticas concretas que seguidamente desgrano. Así, desde la vertiente tecnológica (cortina de silicio) hasta la seguridad física en las fronteras de Europa y la atomización del mercado.
Primero, en lo que incumbe a la Cortina de Silicio, el encasillado preferente se fundamenta en el control de datos, inteligencia artificial y semiconductores. Aquí se ha plasmado una disociación entre las redes occidentales y el ecosistema digital oriental, potentemente purgado e intervenido por Rusia y China. Como del mismo modo, la embocadura hacia la tecnología de vanguardia, como los microchips, fragmenta a la aldea global indagando comprimir la dependencia de las cadenas de suministros asiáticas.
Segundo, la empalizada física en Europa. Digamos, que ante la invasión de Ucrania por parte de Rusia y la intimidación enmascarada de Moscú, los estados de la OTAN en el Este de Europa han incorporado otras restricciones físicas y tecnológicas. O lo que es igual, el dique de defensa europeo donde países demarcatorios como Polonia, Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania, han reforzado sus límites fronterizos con Rusia y Bielorrusia, sirviéndose de contrafuertes, empalizadas, sensores y drones. Y cómo no, la vuelta al enfrentamiento. Esta movilización imprime un reflujo a la desmembración continental que se suponía dominada tras la caída de la Unión Soviética (11-III-1990/26-XII-1991).
Y tercero, la geoeconomía y el sistema financiero. La geopolítica del siglo XXI ha generado dos bloques comerciales y financieros contrarios: desdolarización y el comercio y recursos. Con relación al primero, Rusia, China y otras naciones del bloque BRICS, pretenden aminorar su sujeción al dólar estadounidense y de los sistemas de pago occidentales, componiendo sus infraestructuras superpuestas.
Y por último, las coaliciones energéticas y la intervención de materias primas críticas como las tierras raras, imponen las nuevas áreas de poder. En otras palabras: el choque de fuerzas ya no se sustenta exclusivamente sobre el dominio geográfico, sino en quién impera con las redes digitales y el acceso al capital y la energía.
Para ser más preciso en lo fundamentado, comenzando por la Federación de Rusia, sus inclinaciones imperiales son más irrefutables tras la invasión de Ucrania, pero el quid del asunto recae en la persistencia de un autoritarismo iliberal que escala al siglo XIII. Rusia, a la par que China, son estados cuyos tentáculos imperiales se configuraron potencialmente mediante el ensanchamiento territorial. Esto replica a distintivos económicos.
En el pasado y con base en la historia, Rusia es un país cuya economía se sustentaba en la gestión de tierras. Luego, el modus operandi de acrecentar la capacidad económica era regulado por más tierras para cosechar. Y una forma de proliferar el poder político reside en conceder tierras a los oficiales más fervientes al régimen. Para apuntalar a continuidad inacabable del control de estas grandiosas extensiones, el ejército moscovita sometió reiteradamente a sus residentes.
Contrariamente de los imperios europeos cuyas colonias se hallaban al otro lado del océano, la influencia rusa siempre logró sofocar cualquier tentativa de sublevación o discrepancias ideológicas en poco tiempo. Así, desde el siglo XVI hasta la modernidad, su crecimiento territorial anual se semejaba a la superficie de los Países Bajos. Pero la Rusia imperial no terminó con la Revolución Bolchevique (1917-1923). Las quimeras de una internacional socialista igualitaria sucumbieron con Vladímir Lenin (1870-1924). Seguidamente, Iósif Stalin (1878-1953), suscitó un comunismo nacionalista equidistante a Rusia y Leonid Brézhnev (1906-1982), implantó la política imperial de la Unión Soviética, conocida como la Doctrina Brezhnev. En concreto, introdujo la preferencia de invadir a sus aliados con motivo de que el socialismo estuviese intimidado.
Evidentemente e inmersos en el siglo XXI, se confirma que el régimen liberal de Putin es el apoderado de la huella imperial de Rusia. Desde que alcanzó el poder, entre otras hostilidades que destapan sus afanes imperiales, trató de entrar por la fuerza en dos ocasiones en Ucrania, al igual que atacó Estonia, invadió Georgia, repuso el régimen dictatorial de Kazajistán con el empleo de las Fuerzas Armadas, invadió y devastó Chechenia. Aun así, el balance histórico no es lo bastante, porque Putin es claro sobre su invención del mundo, así como del lugar dispuesto por Rusia y de sí mismo.
Sin ir más lejos, en una entrevista realizada a Putin llegó a parangonarse con Pedro el Grande (1672-1725), zar ruso del siglo XVIII, ratificando que la invasión de Ucrania era semejante a los enfrentamientos armados de Suecia librada por el gobernante más destacado y perteneciente a la dinastía Románov. E incluso, el mandatario ruso tiene la opinión de que lo que ocurre en Ucrania, no es ni mucho menos una evasiva de seguridad, sino un designio visible dominante de expansión territorial para acrecentar el poder y la influencia del régimen.

Siguiendo con la premisa del imperialismo iliberal exhibido por el Partido Comunista Chino (PCC), consta una mordacidad de sarcasmo. Específicamente, por los juicios históricos al imperialismo y colonialismo europeo y su aterradora secuela nefasta de abusos y agravios, el PCC sigue a rajatabla el repertorio occidental de colonialismo, sin apenas correcciones o mejoras.
Tras robustecer el influjo en China continental, el PCC emprendió en 2012 un plan de dominio estratégico a escala global. La Ruta de la Seda ha levantado infraestructuras de doble aplicación en más de sesenta estados: autopistas e instalaciones productoras de energía que pueden acomodarse al automatismo civil o militar, así como puertos y aeropuertos. Tampoco ha de soslayarse que durante la primera década del siglo XXI, el PCC obtuvo más de siete millones de hectáreas para dirigir recursos naturales esenciales para la economía del futuro.
Si bien, Estados Unidos únicamente consiguió ochocientas mil hectáreas en la última década a nivel global.
En cambio, entre otras inversiones, el PCC posee derechos sobre minas de litio y cobre en Perú, reservas de petróleo en Venezuela y campos de cereales en Rusia o cultivos de bananos en Myanmar. De la misma manera, Pekín usurpa un punzón de control político y económico en más de cuarenta países, por medio de $170 mil millones en préstamos tóxicos.
En paralelo, en más de cuarenta estados adeudan al PCC aproximadamente el 10% de su PIB, la amplia mayoría con sistemas autoritarios cuyas conservaciones se encuentran en manos de sus caudillos imperiales.
Por lo demás, el signo iliberal del imperialismo chino es manifiestamente desplegado por el régimen del PCC. Véase como tanto en Tiananmen y Hong Kong y lo retrospectivo del tiempo, el imperio del PCC apagó a la fuerza al movimiento pro democracia.
En Tiananmen, en 1989, tanques de guerra desmantelaron a los manifestantes. Y en Hong Kong, en 2019, los cabecillas del grupo fueron capturados, otra ley de seguridad nacional se estableció y un nuevo gobierno asignado por Pekín surgió. En resumen, tras tres años se avasalló la última región liberal.
Si existiese algún cuestionamiento al respecto, los recintos de concentración y tortura de los musulmanes uigures al Oeste, son un ejemplo concluyente de la esencia liberal del imperialismo del PCC. Y si esto no es una prueba suficiente, Xi Jinping (1953-73 años) no quiso dejar escapar la ocasión en su alocución durante las celebraciones del centenario del partido en 2021, cuando advirtió a fuerzas extranjeras y expresó literalmente que cualquier conato externo de obstruir con los planes del PCC, reflejaría “cabezas golpeadas sangrientamente contra una Gran Muralla de acero”. Esta afirmación es un hecho en conexión al propósito expreso de Pekín de coronar a la fuerza la República Democrática de Taiwán a su imperio.
“El concepto de Cortina de Hierro ha evolucionado más allá de las barreras ideológicas y físicas de la Guerra Fría, retratando la profunda división geopolítica, tecnológica y comercial entre las democracias occidentales y potencias autoritarias”
Si el PCC prolonga el sumario del colonialismo e imperialismo occidental de los siglos XIX y XX, la tendencia a extender su dominio territorial por conquista militar está por entreabrirse. El respaldo de Pekín a la invasión de Ucrania es un preámbulo discursivo de los afanes de esa alianza de fuerzas.
Y qué decir de Estados Unidos, su ejercicio de la autoridad o el poder sobre otro, es el más sonado en los tiempos y el que tenemos más presente en el imaginario. Durante la Guerra Fría intermedió militarmente en más de veinte estados y de modo encubierto se inmiscuyó en algunos gobiernos de América Latina y el Este asiático. Pese a ello, es significativo subrayar algunas divergencias habidas entre el imperialismo liberal de Estados Unidos y los imperialismos iliberales de China, Rusia y aquellos del continente europeo en la antigüedad.
“El concepto de Cortina de Hierro ha evolucionado más allá de las barreras ideológicas y físicas de la Guerra Fría, retratando la profunda división geopolítica, tecnológica y comercial entre las democracias occidentales y potencias autoritarias”
Estados Unidos en ningún tiempo ha invadido a un aliado ni a una democracia. En contraposición a la Unión Soviética y la Doctrina Brezhnev, Estados Unidos admite la autonomía de aquellos regímenes que conlleven el patrón democrático para distinguir a sus administraciones.
Al igual que es imprescindible matizar que tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no buceó agrandar su territorio o templar Europa o Japón. Más bien, permaneció con su ideología liberal de democracia y libre mercado, disponiendo de $13 mil millones para la reconstrucción del Viejo Continente y Japón. Una combinación económica e inversión en pro de la estabilización internacional y no de esparcimiento imperial.
En adelante, Japón y los estados de Europa han designado gobiernos democráticos que no se encuentran acordes con las atracciones de Washington y han desarrollado sus sociedades. Naturalmente, no puede exponerse lo mismo en relación a las democracias de América Latina en el siglo XX y el caso concreto de la República de Chile es uno de los más definidos.
No ha de omitirse de esta narración, que tras la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, o lo que es lo mismo, desde el comienzo del período unipolar que bordó la victoria del paradigma americano (1991-2021), Estados Unidos no apostó por supeditar el sistema internacional, sino que le abrió las puertas a Rusia, China y otros países no alineados a incorporarse al programa dominante.
Esto corrobora de nuevo una implicación a fondo con la ideología liberal. Reflejando el peso que se defendió a la liberalización económica de enemigos, que la conquista o desgaste de éstos.
Ahora, Europa y Estados Unidos a pesar de sus contradicciones y el elevado coste para sus sociedades y la de sus aliados, alientan la resistencia ucraniana en adopción de los valores democráticos y del principio de soberanía del orden mundial liberal y no por ningún interés cercano, ni tampoco por una amenaza existente de seguridad a la OTAN, sino por convencimiento.
Llegados a este punto, puede sostenerse que el poderío militar de Estados Unidos no ha menguado. La asignación del PIB mundial que contrala no se ha visto empequeñecido desde 1980. La primera potencia mundial y el bloque de democracias occidentales poseen instrumentos para la hegemonía mundial. Pero el proyecto liberal empeñado en 1945 proporcionó a las democracias un sistema político que guarda los correctores para no desembocar en conflictos entre países, o a lo interno en guerras cruentas de conquista y dominación.
El proyecto imperial liberal ha presentado un deber con la paz, el bienestar y la estabilidad del planeta, sin interesar las motivaciones. También, es básicamente violento y su finalidad es un dominio imprudente e inviable. El imperialismo no ha muerto y sus desarreglos prosiguen en su espiral solapada. Siendo imperioso aplicarse entre sus tipologías para captar una estrategia soberana hacia un futuro verdaderamente razonable y pacífico.
Y en el peor de los casos, en qué flanco de la Cortina de Hierro estamos dispuestos a desenvolvernos.
En consecuencia, la historia nos ha aleccionado que el poder integral no solo se ejecuta a través de aranceles aduaneros o flotas navales, sino mediante el manejo pleno de los derroteros por donde circula el valor. El forcejeo entre Washington y Beijing que durante años acaparó los grandes titulares bajo la evasiva de una guerra comercial, ha cambiado hacia una etapa incomparablemente más comedida, estratégica y reservada.
En este momento, el campo de batalla se hilvana en los nodos de las redes blockchain, la inteligencia artificial y el desarrollo de monedas digitales soberanas e institucionales. Esta paulatina competición conforma lo que numerosos analistas llaman ‘Cortina de Hierro’. Lo que contemplamos no es una mera rivalidad corporativa, sino un enfrentamiento estructural agudo que pretende reformular la ascendencia del sistema financiero mundial, con colisiones que trascienden claramente en las economías emergentes.
Pero no más lejos de la dimensión de este fenómeno, las incertidumbres en áreas críticas como los semiconductores, la ciberseguridad y la perenne imposición geopolítica sobre Taiwán, son sintomatologías de una reprogramación mayor.
La teoría política clásica de la trampa de Tucídides, un concepto político que puntualiza el gran peligro de guerra cuando una potencia que se aúpa amenaza a otra potencia que ya manda, o el peligro apremiante de conflicto cuando una potencia emergente coacciona el dominio del hegemón establecido. Amén, que esta amenaza no se aquilata únicamente en ojivas nucleares, sino en la capacidad de procesar transacciones transfronterizas al margen de las sanciones occidentales.
Estados Unidos ha comenzado a desplazar sus piezas en este tablero tridimensional. El envite político y regulatorio en torno a los criptoactivos, promovido por cuestiones legislativas, trasluce un incitar estratégico en el Capitolio.
Washington ha entendido que impedir la originalidad digital sería entregarle el terreno a su mayor contrincante.
En cambio, la pericia estadounidense parece encauzarse a vigorizar el feudo internacional del dólar, no a través del antiguo sistema SWIFT, sino mediante infraestructuras descentralizadas intervenidas por entidades privadas reguladas. En tanto, China no se ha hecho la remolona. Beijing sigue activando la dispersión de su yuan digital y entrelazando alianzas para implantar sistemas alternativos de pagos internacionales.
El fin es incontestable: desdolarizar pausadamente el comercio, acortando el sometimiento global de la infraestructura financiera norteamericana y atenuando el escollo de los bloqueos económicos.
En conclusión, la comparativa entre la Cortina de Hierro del siglo XX y la geopolítica del siglo XXI, rotula un giro radical: la confrontación ya no se condiciona exclusivamente a muros físicos e ideologías territoriales, sino que se ha reubicado en el ciberespacio, la tecnología y la infraestructura digital.






