Me levanto por la mañana y la cabeza empieza con el runrún del Cañonazo, una sección sobre la Ceuta que sueño, la que quiero, la de la libertad, la de los hombres y mujeres que la hacen posible. Nuestra Ceuta, la de todas y todos.
Me llama una compañera para decirme que desde su ventana que mira al mar observa más de 12 personas nadando hacia la costa, 12 seres humanos jugándose la vida con la muerte.
En estos días la situación se complica: el CETI desbordado.
Más de un millar de personas migrantes, entre adultos y menores de edad, han accedido a Ceuta durante la última semana, según ha informado la Delegación del Gobierno. La Ciudad y el Delegado trabajan codo con codo en esta nueva crisis migratoria que se vuelve a repetir una y otra vez.
La saturación, la falta de infraestructuras imposibles, la carencia de medios, los voluntarios que no dan abasto, las fuerzas y cuerpos se seguridad del Estado al límite de sus posibilidades... Y mañana volverá a repetirse de nuevo.
El delegado del Gobierno y el alcalde de la ciudad hacen lo que pueden y lo que la ley les permite; cada uno asume sus competencias institucionales. Se hace lo que se puede y se trabaja hasta la extenuación.
Nunca olvidaré a Salvadora Mateos que, en su gestión durante la crisis migratoria de 2021 fue condenada por interpretar la ley intentando dar una salida humana y digna a los inmigrantes menores de edad que habían entrado en Ceuta. El Gobierno Central la puso a los pies de los caballos y la abandonó a su suerte. La delegada del Gobierno sufrió el beso de Judas.
¿Qué hacer? El Gobierno Central es el que tiene que tomar cartas en el asunto. Es una crisis migratoria que afecta a Europa y a todo el planeta. Mientras tanto, miles de personas desaparecen en el mar: anónimos, desconocidos, ignorados, incomprendidos y culpables por lanzarse a una esperanza merodeada por la muerte silenciosa.
Los comentarios en las redes se basan en el racismo, el odio, la aporofobia (miedo, el odio y el rechazo hacia los pobres, las personas sin recursos y los desamparados), el echarle la culpa al Gobierno y acusarlo del efecto llamada. LOS ESPAÑOLES PRIMERO. Leo que “todos vienen con sus móviles, con las zapatillas nuevas, ropa nueva, con una sonrisa de oreja a oreja, con un lugar para dormir, para ducharse...y con la paguita”. “¡Te los llevas a tu casa!” es otro de los comentarios que van de boca en boca. Todo menos poner los cimientos para solucionar y comenzar a trabajar el tema desde una perspectiva radical.
Nadie es culpable pero, de un modo u otro, todos somos culpables porque todos vivimos en este planeta.
La cita de Pluvio Terencio “nada de humano me es ajeno” expresa una profunda empatía, solidaridad e interés por todo lo que afecta a las personas, sin excluir ninguna vivencia o sentir del ser humano.
Hoy, por primera vez, he leído los comentarios sobre el cañonazo de ayer “Antonio Ramírez”. La libertad de expresión no es patrimonio exclusivo sino de todos y todas.
Agradecer los insultos, las amenazas, las descalificaciones es un honor para mí, me dan fuerza, me animan a lanzar mis opiniones con más ímpetu que nunca.
Friedrich Nietzsche nos dice que “todo lo que no me mata me hace más fuerte” significa que el dolor y las pruebas difíciles pueden darnos valor.







¿Cual es la solución a todo esto? ¿El diálogo? ¿La bondad? ¿La acogida? Palabras huecas.
Son todos probrecitos que vienen a pagarte tu pensión y tienen derecho a entrar donde les da la gana.
Como entrar en las casa ajena. Ahí sí que nos volvemos locos. E incluso denunciamos. Allí no hay aporofobia.
Es más te ha faltado hablar que los que llegan son antifascistas y que son aliados del LGTBI.
Anda, sigue engañándote. Y de paso vuelve a escribir sobre el parque de perro, anda. Que hace más de tres días que no reclamas.