Las obras del puente de Juan XXIII avanzan, y eso es una buena noticia. Lo que empezó como una sospecha de deterioro superficial se confirmó como un problema estructural real tras el estudio técnico encargado por el Ayuntamiento, agravado además por los últimos temporales.
Ante ese diagnóstico, la Ciudad ha optado por la solución correcta: no un simple parche, sino una renovación completa de la pasarela, con una inversión de casi dos millones de euros y un plazo de ejecución de seis meses.
Lo más destacable es que esta vez se ha hecho bien desde el principio. Antes de tocar el puente ya estaba lista una pasarela provisional que permite seguir cruzando con seguridad la N-352, garantizando que la barriada no quede aislada del paseo marítimo ni de servicios como la guardería o el polideportivo. Los cortes de estos días -en la pasarela y en el paseo junto a la carretera- responden a un plan ordenado y previsto, no a la improvisación de última hora.
Es cierto que habrá que armarse de paciencia unas semanas, sobre todo en plena temporada de playa y con la Operación Paso del Estrecho en marcha, cuando el tránsito por la zona se multiplica.
Los itinerarios alternativos no son tan cómodos como cruzar por el puente de siempre, y es lógico que genere cierto fastidio entre los vecinos.
Pero merece la pena: dentro de unos meses, Juan XXIII contará con un puente nuevo, seguro y pensado para durar, y estas molestias de ahora se recordarán simplemente como el peaje razonable de una mejora que la barriada necesitaba desde hacía tiempo.






