Las misiones católicas se caracterizan por ser un recurso efectivo para la acción del Gobierno en el exterior. Son y fueron centros de influencia que facilitan, fortalecen y perpetúan intereses políticos y económicos de un Estado en otro y viceversa. En esta línea, órdenes religiosas como los trinitarios y los franciscanos fueron asentándose en el Norte de África desde el siglo XIII. En apoyo de esas misiones católicas en Tánger, el segundo Marqués de Comillas, Claudio López Bru, y el padre franciscano perfecto de la misión, José María Lerchundi, encargaron a Gaudí el diseño de un colegio y de un Templo para la ciudad que, por esa época, era el centro neurálgico de las embajadas en la zona del protectorado español. La misión católica ya disponía de un convento, escuelas franciscanas, talleres profesionales, hospital, biblioteca árabe-español, patios y cisternas para la recogida de aguas. El plano que se conserva de este proyecto de 1892, y que nunca llegaría a realizarse, nos recuerda a la actual catedral de la Sagrada Familia de Barcelona: su forma piramidal, su estructura a modo de bosque, sus torres hipérbólicas, escalonadas, en espiral, sus columnas inclinadas, sus arcos de cadena, sus ventanas diagonales, sus cúpulas y cubiertas para los juegos de luz, sus miradores, su ornamentación abstracta; todo un conjunto que sirve para trasmitir grandiosidad, trascendencia, sensación de ir más allá, de sobrealzar la mirada.
Mucho antes de levantar la Sagrada Familia, Antoni Gaudí proyectó para Tánger un ambicioso complejo religioso y educativo que nunca llegó a construirse. Aquel diseño, impulsado por las misiones católicas españolas en el norte de África, no solo anticipaba algunos de los rasgos más reconocibles de su obra, sino que también refleja el papel de la arquitectura como herramienta de influencia política, cultural y religiosa en el Protectorado
Los expertos de la obra de Gaudí sugieren que este viaje a Tánger, Tetuán y alrededores cambió la mirada constructiva del genial arquitecto, que quedó fascinado con las construcciones norteafricanas, el uso del barro y el ladrillo, la elegante silueta de los minaretes; todo parecía más sutil y místico, pero, a la vez, más ligado a la tierra, más orgánico, más libre. ¿Qué hubiera pasado si la catedral modernista más alta del mundo hubiera estado en Tánger en lugar de en Barcelona? Dejo esa pregunta en el aire.
Parece ser que el elevado coste del proyecto, la precaria situación internacional de España en esas fechas, y las siempre difíciles relaciones diplomáticas entre España y Marruecos, fueron las causas que hicieron fracasar el proyecto.
Gaudí llegó directamente de Barcelona al Puerto de Tánger, sin hacer escalas en las ciudades del Estrecho; tampoco en Ceuta. Quizás, por ello, nuestra ciudad no pueda alardear de una ruta de edificios modernistas de la escuela catalana, como en Melilla, sino de una arquitectura más fragmentada, tardía y de corte más ecléctico e historicista, más influenciada por la arquitectura andaluza (neomudéjar, neobarroca) y la escuela valenciana (neogótica), que, posteriormente, evolucionaría hacia un diseño más funcional, industrial y de imitación naval. Frente al modernismo catalán, más mágico y floral, el estilo de Ceuta, más sobrio, geométrico y marinero.






