Llega una nueva sesión plenaria, otra prueba de fuego para pulsar la vinculación que la clase política tiene con el ciudadano y sus problemas. Es en esa exposición de puntos llevados a debate en donde realmente se aprecia si quienes tienen la encomienda de preocuparse por los ciudadanos de a pie saben realmente qué les preocupa.
Cada pleno en donde esto no se consigue es una oportunidad perdida, es una apuesta errática y un seguir manteniendo en el sillón a quien es incapaz de cumplir con su función.
De los plenos deben salir debates de interés y acuerdos que se cumplan. Es tan sencillo como esto. Hasta la fecha solo se han conseguido broncas, reproches, enfrentamientos más o menos viscerales y promesas que se posan en papel mojado, sin futuro ni viabilidad porque nadie se preocupa de que se lleven a cabo.
Quienes están llamados a ser diputados, representantes de sus partidos y canalizadores de la inquietud ciudadana, deben tener los pies en el suelo, conectarse con la calle e interesarse por los problemas, que son muchos, que realmente importan.
En demasiadas ocasiones patinan, tanto que muchas de esas propuestas o interpelaciones son calco, copias de otros debates. Es como si no supieran más que dar vueltas en torno al mismo círculo, como si nada. Cada muestra de esta falta de enlace, de empatía o de vinculación es un fracaso no solo ante el ciudadano sino también en el seno de la política, porque se convierten foros de tanta relevancia como los plenarios en meras bancadas a las que algunos acuden a crear bronca, otros a pasar el rato, polemizar o hacer bulto. No es tan difícil ejercer una política adecuada, se hizo. Las hemerotecas lo guardan.






