Si no hace mucho el petróleo se convirtió en la demanda que accionaba la aldea global y por el que las principales potencias contrapunteaban, actualmente las tierras raras dan la sensación de estar abocadas a reemplazar al oro negro. Sin duda, estos elementos químicos se han erigido en uno de los medios más perseguidos.
Hoy por hoy, su preeminencia geopolítica se argumenta porque en definitiva se hacen primordiales para el avance tecnológico. Y es que la pugna entre Estados Unidos y la República Popular China por dominar las tecnologías del mañana, ha convertido las tierras raras en uno de los atractivos más valiosos para estos dos colosos y las que sin obviar su protagonismo en la palestra internacional, siguen al acecho su devenir.
Sin embargo, en esta carrera el gigante asiático lleva la iniciativa, lo que le otorga capacidad de influencia. Es preciso recordar, que desde hace décadas, Pekín ha apostado seriamente por lo que conlleva la investigación, como la extracción y la producción de tierras raras. Pese a que conserva el 40% de las existencias integrales de tierras raras, es la que emerge del mercado mundial. Lo que le ha proporcionado llevar la voz cantante a su gran contrincante geopolítico: Washington.
Conjuntamente, la supremacía de Pekín supera sus límites fronterizos con inversiones en minas. De este modo, los minerales estratégicos han tomado la delantera y su fuste desmedido en los mercados internacionales y en este momento coartan las relaciones entre las potencias más destacadas. Hasta el punto, de que las tiranteces producidas en su forcejeo por el poder se encadenan al comercio de estos minerales.
Ni que decir tiene que la gestión, aprovechamiento, conservación y restauración de estos recursos naturales, es un tema crucial para la salvaguardia de los intereses nacionales e internacionales. Su alcance reside en que son materias primas elementales para emprender la evolución energética dada por el creciente cambio climático, al igual que para las mutaciones conducentes a la digitalización que inducen las denominadas nuevas tecnologías, así como para la industria militar y aeroespacial.
De lo expuesto preliminarmente, se sustrae el calibre que abarca desde la vertiente geopolítica la posesión de reservas de estos minerales, junto a la capacidad de su procesamiento para la posterior obtención y comercialización.
Hay que desentrañar en este relato, que éstos se tratan como minerales estratégicos, porque son de señalado interés por su trascendencia y demanda. Luego, existen motivos que descifran el por qué un mineral salta a entenderse como estratégico. Entre otras materias, las propiedades específicas de su naturaleza de cara al desarrollo industrial, unido a su escasez, o la ausencia de yacimientos, las complejidades de explotación y comercialización, o el elevado valor que alcanzan en el mercado.
Al igual que puede apuntarse que estos minerales acaban siendo irreemplazables para el compás perfilado de nuestras sociedades, al punto de que su escasez conjeturaría un entorpecimiento o marcha atrás en numerosas actividades diarias. Por ello, lo redundante es que las administraciones pretendan mantener determinado su abasto y se aseguren las bastantes reservas, aunque es asiduo que el almacenamiento quede en un segundo trazado, dado que la búsqueda gradual de algunos de ellos exige no sufrir una desaceleración en su consonancia de abastecimiento. Como es sabido, se han calificado como minerales estratégicos la plata, cobre, platino, plomo, zinc, uranio, estaño, calizas y cómo no, las tierras raras. Claro está, que el desenvolvimiento de las altas tecnologías, han dado origen a que otros minerales se incluyan entre esta amalgama como el niobio, coltán, molibdeno o el berilio.
Pero antes de continuar, es obligatorio detallar que el nombre de ‘tierras raras’ no procede inevitablemente de la singularidad de estos elementos en la naturaleza, sino del inconveniente en sí, por extraer minerales con un elevado grado de pureza. Lo que en sí, se entiende como una práctica bastante gravosa y ardua.
Es más, se extraen poco más o menos, 100 gramos de tierras raras por tonelada, un proceso que recurre a disolventes y ácidos que inevitablemente dan lugar a residuos nocivos para el medio ambiente. Tómense como ejemplos, el terbio, neodimio, praseodimio y disprosio, son algunos de los diecisiete minerales críticos.
Adelantándome a lo que seguidamente desgranaré, hacerse con el control de sus cadenas de suministro, determina el tablero geopolítico controlado por la hegemonía de China, frente a los ahíncos occidentales por amenizarse.
China contrasta su control de la extracción general y más del 90% del complicado proceso de refinado y fabricación de imanes. Durante años, ha trenzado una malla de producción valiéndose que el proceso es altamente polucionante. Lo que le deja esgrimir su superioridad como elemento de coerción diplomática y comercial en la campaña tecnológica y comercial con otros actores.
“Las llamadas tierras raras, ni son tierras, como tampoco son raras. Como del mismo modo, son un hallazgo reciente”
Ante la sujeción del continente asiático, países occidentales no han tardado en pronunciar la conquista y el control de estos minerales como una prioridad de seguridad nacional. Véase a Estados Unidos, que asigna dinero en reavivar su minería y refino, estimulando su pulso en Latinoamérica con territorios como la República Federativa de Brasil, para afianzar abastos opcionales de minerales críticos.
En el caso sucinto de la Unión Europea (UE), explora aminorar su fragilidad de cara a China, promoviendo proyectos regionales. Una muestra apreciable en este tablero es España, que hospeda en la comarca de Campo de Montiel de Ciudad Real, uno de los yacimientos principales del Viejo Continente.
Este proyecto, de ser admitido, podría enfundar en torno al 33% de la reivindicación europea, emplazando al país en el centro de la estrategia continental de autonomía tecnológica. Ahora bien, la indagación de otras explotaciones ha convertido a otros territorios en verdaderos frentes de batalla geopolíticos reservados: el Ártico y América Latina.
Primero, Groenlandia, aglutina hasta el 25% de las reservas mundiales de tierras raras. Los factores del deshielo y su disposición decisiva para nuevos itinerarios comerciales, ha desencadenado una rivalidad directa entre Estados Unidos y China por su dominación. Y segundo, Brasil conserva las segundas mayores reservas del planeta, encandilando inversiones e intereses transversales de Washington, Pekín e incluso naciones de Oriente Medio.
Indiscutiblemente, el aprovechamiento de estos recursos colisiona frecuentemente con dificultosos embates medioambientales y la afanosa tenacidad de las comunidades locales. Esto origina un dilema persistente entre la premura de independencia tecnológica de los países y la deferencia por la conservación del medio ambiente.
Dicho esto, el multilateralismo hace sitio a la aparición de Estados hasta hoy descartados por Occidente de la palestra geopolítica en África, Asia e Iberoamérica, donde varias regiones esconden suculentas vetas minerales derivadas de las tierras raras. Curiosamente, las llamadas tierras raras, ni son tierras, como tampoco son raras. Como del mismo modo, son un hallazgo reciente.
En principio, ya en el Reino de Suecia en 1787, fueron localizadas y medio siglo más tarde, los científicos Antonine Lavoisier (1743-1794) y Dmitri Mendeléyev (1834-1907), sabían de estos óxidos minerales cuyo descubrimiento continuado se dilató hasta 1947. Pronto, en 1961, comenzaron a ser tratados y comercializados, gracias a la sutileza de Carl Auer von Welsbach (1858-1929), quien ya una centuria antes, las había acomodado a la luminiscencia de linternas.
La cuestión es que esas tierras raras, realmente óxidos, un número considerable de origen férreo y análogos a los silicatos, se encontraban integrados al Sistema Periódico de los Elementos Químicos, se han erigido por su adaptabilidad, en la materia prima industrial por antonomasia de nuestros días, así como una forma determinante de ostentar supremacía.
Obviamente, su aplicación justifica que tiene su alcance en recintos tan genéricos como la química, la minería espacial, la física, la astronomía, la ingeniería, la genética, la bioquímica y la biología molecular, con sus procedentes e incalculables funciones en telefonía, luminotecnia, automoción, transportes con cero emisiones y energías renovables, láseres, baterías, imanes, aviones, redes informáticas, reactores nucleares, aeronáutica aeroespacial y así, un largo etcétera.
Por dejar una pequeña referencia, cada uno de los cohetes Patriot empleados en la guerra, requiere de más de 460 kilos de este tipo de material. Además, de los millones de automóviles híbridos que se confeccionan, tan solo uno de éstos necesita de al menos doce kilos de estos componentes.
Todo ello define que la rivalidad por la posesión, utilización, adjudicación y comercialización, respectivamente, de las tierras raras, en los tiempos que corren se haya encaminado en el caballo de batalla de un replique geopolítico. Y estos roces geopolíticos, valga la redundancia, tienen persistentemente un soporte militar sobre las que se sostienen.
A diestro y siniestro, hacerse con las tierras raras ha oscilado en una de las principales acciones en el coliseo mundial. Y su debate sobre métodos o procedimientos extremos no solo exclusivamente para el capítulo comercial, sino localizadora anticipada en demarcaciones mineras que las abarquen y redes de distribución que dejen comercializarlas. Claro, que quien usurpa a más no poder el influjo en este campo, no puede ser otro que China.
El fundamento de este auge chino sobre las tierras raras, ostentando oficialmente al menos, el 34% y oficiosamente un 20% más de las reservas universales y de su gestión, se amolda en la geopolítica de la etapa comprendida entre los años 1975 y 1999.

O séase, el último tercio del siglo XX. Un espacio de recónditas transiciones internacionales, distinguida por el fin de la Guerra Fría (1947-1991), la consolidación de la globalización y la Tercera Revolución Industrial, cuando China llevó a término su postura estratégica por la tecnología y en cambio, Estados Unidos empecinado y digamos que reacio, en poner frente a frente a la Unión Soviética con la República Popular, desatendió su miramiento industrial hacia estos minerales estratégicos por puros fines mercantiles.
Así, entre los años 1965 y 1984, una imponente mina americana extractora de tierras raras, Mountain Pass, en California, la principal fuente de este tipo de minerales, dejó de aprovecharse por una sucesión de convulsiones en los costes y de oscilaciones en los circuitos bursátiles.
Aquello desmoronó el mercado occidental fijado. Toda vez, que en la década de los setenta, existían en Estados Unidos hasta veinte mil mineros y expertos consagrados a este desempeño extractivo y distributivo. Últimamente, solo permanecían mil quinientos individuos dispuestos en este terreno y tan solo una de las centenares de universidades norteamericanas ofrece acreditación de esta especialidad mineralógica. Amén, que hay que subrayar que desde que el material se extrae, distribuye y refina, hasta que en definitiva se comercializa, pueden sucederse hasta quince años.
Llegados a este punto, el posicionamiento imperante de China tanto en la extracción, como en la distribución y comercialización de las tierras raras, se debe al envite estratégico de los ejecutivos chinos por esta rúbrica económica e industrial, que ha conservado al margen de los vaivenes bursátiles, tan adheridos al sistema del capitalismo financiero.
Todo lo anterior, beneficiado por una circunstancia geopolítica procedente de la ceguera occidental, que únicamente advirtió y acecha la rentabilidad a corto plazo del conjunto de la operación productiva.
La constancia de China, las diversas posturas a largo plazo, más la preservación de la estabilidad y planificación, la primera como cumplimiento inexcusable para la modernización de la vida social; mientras que la segunda, como herramienta política indispensable del social-comunismo, han dado luz verde para moldear el conocimiento de su cultura política, hasta encaramarse en lo más alto no ya solo de la posesión de tierras raras, sino sobre todo, por encontrarse en la vanguardia de los principales ciclos de producción y comerciales en vigor.
Y lo precedente, específicamente, es lo que la superpotencia occidental, Estados Unidos, internaliza como causa de su inapelable verticalidad, habida cuenta de que como la ciencia confirma, los componentes infraestructurales principales, es decir, la organización de la producción, motiva los escenarios de la vida y efectividad de las sociedades contemporáneas.
Por otro lado, es necesario destacar que la integración progresiva de herramientas técnicas en nuestras rutinas, dada la posibilidad de que algo se lleve a la práctica y tenga la capacidad de adaptarse a múltiples usos o situaciones, origina frutos geopolíticos y geoestratégicos de calado. Mayormente, referentes a que el desgaste del supremacismo norteamericano, por su caída en esta y en otras disputas decisivas, es la condición ‘sine qua non’ para que el multilateralismo, como manera superlativa y emergente de gobernarse la Comunidad Internacional, abra brecha en el teatro geopolítico y geoestratégico. El caso es que esta realidad prospera arrinconando el unilateralismo imperializante del amortiguado Estado americano, mortecino a pesar de su imponente arsenal nuclear y la diversidad de su armamento y capacidad tanto para fabricarlo como venderlo.
Es por ello, que las tierras raras desatan un torbellino estructural en las conexiones interestatales, por su fuerza de acción a propósito de la multilateralidad, poniendo el punto y aparte a los estilos hegemónicos del comercio discordante aireado por Occidente.
A resultas de todo ello, el multilateralismo hace sitio a la presencia de países hasta este momento descartados de la escena geopolítica. Descarte atribuido por Occidente en Asia, África e Iberoamérica, donde Estados como Sudáfrica, Birmania, Madagascar, Brasil o Laos, incluyen en su subsuelo magníficas vetas minerales de las que provienen las tierras raras.
No ha de soslayarse, que dieciséis de los diecisiete componentes de estos silicatos litófilos, son más copiosos en la corteza terrestre que el oro, la plata o el mercurio. Por tal motivo, su predicha rareza obedecía más al desconocimiento de sus cualidades y utilidades, que a su escasez. Aunque a criterios de diversos científicos, sus reservas pueden extinguirse en el siglo actual.
Otras vetas y filones de notable potencial se emplazan en Groenlandia, el país más espacioso de Europa dada su vinculación a Dinamarca. De ahí, el apetito de Donald Trump (1946-79 años) por invadir la grandísima isla helada, que contabiliza una población de 55.000 habitantes. Además, bajo los tres kilómetros de espesor del hielo ártico se enmascaran riquezas minerales que reúnen un envidiable señuelo para los territorios ribereños del mar Ártico. Y entre éstos, Rusia domina más de 6.000 kilómetros de litoral, la mitad aproximada de esta superficie, Canadá y la Alaska estadounidense y los países nórdicos, a excepción de Dinamarca, una extensión inferior.
El hecho de que el cambio climático apresure el deshielo y haga latentemente accesible el mar Ártico que cubre Groenlandia, junto a la cornisa septentrional del continente euroasiático, exacerba el pulso y la voracidad de Trump por acaparar las riquezas existentes.
En consecuencia, las tierras raras son minerales estratégicos para la revolución tecnológica y la transición energética. Allende de los visos científicos y de su valor económico, aglutinan un componente geopolítico al estar en el foco de la polémica por la proyección internacional entre Estados Unidos y China. La ofensiva económica entre estas dos superpotencias perturbará al mercado global.
Las tierras raras prescriben el reto encarado hacia una energía limpia de la UE, desafío al que se ha añadido el Reino de España. Igualmente, constituye una elección a las economías de las naciones de Oriente Medio y una ocasión para las regiones en vía de desarrollo de África Subsahariana.
“Hacerse con el control de las cadenas de suministro de las tierras raras, determina el tablero geopolítico controlado por la hegemonía de China”
Tanto China como Estados Unidos, penden y estribarán cada vez más, de divisorias extractivas extranjeras y del abasto de terceros países mineros. China rastrea como robustecer y aumentar su voluminosa malla de abastecimientos; a diferencia de Estados Unidos, que intenta rehacer una. Pero los territorios mineros relevantes y los yacimientos explotables son exclusivos y ambas estrategias espaciales están destinadas a oponerse con los abastecimientos de cada uno, pugnando contra todo pronóstico por fuentes extranjeras comunes.
Así, la enfilada por los metales críticos entre Estados Unidos y China, ya sea por inspiraciones y arrebatos militares, tecnológicos, energéticos o por los tres al unísono, se dilucida en una rivalidad interimperialista entre un poder controvertido y una potencia in crescendo.
Esta brega por la competitividad, se aventura en acentuar el avance y la imposición a favor del extractivismo en las naciones mineras. En esta disensión, la estrategia a largo plazo en China y sus inversiones multitudinarias, conquistan la conformidad de los capitalismos nacionales de los Estados mineros y construyen alianzas indefinidas. Para Estados Unidos, para quien la premura política se vierte en arrebato, se vale de su situación hegemónica de cara a los países mineros o industriales.
E incluso, parece lucrarse del automatismo propio de la amenaza para afianzar la embocadura a los recursos, o para avalar un abastecimiento privilegiado. En cambio, el ultimátum para los terceros países, refiriéndome a aquellos provistos de recursos y más o menos, desmantelados, es no dar el brazo a torcer en un entorno de reestructuración geopolítica, con disyuntivas políticas y alentar estrategias industriales adecuadas, en función de la libertad de acción que aparejen y según su visión en la configuración de la economía global, periferias extractivas o productivas más o menos, en subida, o centros de acumulación en bajada.
En esta tesitura, la UE se halla en el núcleo de estos procedimientos.
Al igual que Estados Unidos, la Unión se aprovecha considerablemente de la compensación ecológica diferencial derivada de las periferias extractivas y productivas, pero la ascensión industrial y geoeconómica de China, así como las dificultades geopolíticas, sacan a la luz sometimientos comerciales y fragilidades estratégicas inciertas para las proveedores y los países europeos.
Manteniendo el modus operandi de Estados Unidos, la Unión distingue un incitar político en torno al argumento de los materiales críticos. Especialmente, con la Critical Raw Materials Act, suscrita en los primeros meses de 2024.
A decir verdad, me refiero a un reglamento acordado por el Parlamento Europeo que proyecta en apuntalar, expandir y recolocar el abastecimiento de minerales y metales críticos.
Pese a ello, esta maniobra ha de encarar numerosos obstáculos, análogos a los hallados por Estados Unidos, pero con mayor ímpetu. Los yacimientos mineros nacionales europeos son todavía más restringidos y resultarán limitados. La competencia minera e industrial es aún más deleznable, debido a la postergación tecnológica, al precio de la energía y a las reglas de juego socioambientales. En tanto, los recursos financieros desdoblados son mínimos.
Finalmente, la provisión de materiales estratégicos y críticos suele convertirse en un componente fundamental en épocas de conflicto. La extremada dependencia de un país o región de un solo distribuidor, puede llevar a cabo que una nación se sienta inestable o forzada hasta crear un efecto de vulnerabilidad.
Como quiera que sea, Europa ha resuelto comenzar un nuevo rumbo con el que intenta proveerse de una mayor seguridad en su suministro de materiales, lo que encarna un cambio geopolítico revelador. Sin embargo, esta estrategia habrá de lidiar con riesgos e incertidumbres: premeditando en los materiales de manera distinta, tanto en los parámetros económicos, sociales y medioambientales.






