Ceuta ha sido nombrada de formas diferentes a lo largo de su historia por fenicios, griegos, púnicos, romanos, visigodos, bizantinos, árabes, portugueses, españoles. La llamaron Hepta Adelphoi, Hepta Delfos, Lissa, Exilisa, Abila, Septem Fratres, Septem, Sebta, Ceuta. Desconocemos cómo la llamarían los pobladores autóctonos de origen bereber o mauritano, allá por el segundo milenio a.C.
El topónimo “Siete Colinas” o “Siete hermanos” usa la segunda declinación del latín -er, Frater, que se usa para los sustantivos masculinos, a pesar que en época romana muchos nombres de países, islas, ciudades, montes, plantas eran femeninos por convención gramatical. Curiosamente, el término griego Adelphoi se usaba tanto para “hermanos” como para “hermanas” y, por extensión, para toda comunidad de fe. Etimológicamente significa “del mismo vientre o del mismo seno”.
Eso me ha hecho pensar que tal vez estas siete colinas del extremo occidental del Mediterráneo también hubieran podido ser las siete hespérides, aquellas ninfas que cuidaban el jardín de Hera. En esa huerta se cultivaban las manzanas de oro que concedía la inmortalidad -¿el posterior mito de Adán y Eva?-. Eran tan preciadas que las hespérides contaban con la ayuda del dragón de cien cabezas Ladón, un guardián que nunca dormía. A su pesar, Hércules consiguió robar las manzanas engañando al titán Atlas -nuestro Monte Musa- para que fuera a buscarlas mientras le relevaba en su ardua tarea de sujetar la bóveda del cielo por la eternidad -otro símil que recuerda a las dos columnas de Heracles-.

¿No se merecerían estas siete hermanas africanas, hijas de Atlas y de Hésperis (la personificación de la Tarde) un conjunto arquitectónico. Quizás sólo tuviéramos que sumar una Alegoría más para que fueran siete y no seis: Egle, Aretusa, Eritia, Hesperia, Héspere, Hestia y Hesperetusa, las diosas del Atardecer, las doncellas del Ocaso. Quizás en España, la antigua Hesperia para los griegos, la Tierra del Oeste, el lugar donde se ponía el sol, el non plus ultra, aún no hayamos conseguido la inmortalidad, pero sí ser los más longevos de Occidente.
Y a la sazón, ¿por qué no encargar la representación de Ulises? ¿Cómo es posible que Hércules y Calipso tengan, respectivamente, sus colosales esculturas de bronce -las de mayor envergadura mundial entre las que representan mitos clásicos- y que Serrán Pagán se haya olvidado de Odiseo? ¿No merece el héroe de Troya una escultura titánica de 7 metros de altura y 4 toneladas como las dos hercúleas que acogen y despiden al visitante, o como la de su imponente amante, que le dejó partir muriendo de amor como, por supuesto, no podría ser de otra manera en ese mundo tan clásico como patriarcal? ¿Es que solo los semidioses y las deidades de la naturaleza son merecedoras de esas gigantescas moles de metal? Aunque sólo sea una figura mortal y legendaria, el tallista podría haber recreado el busto de Ulises encabezando el paseo de la fama de los sabios clásicos: Homero, Platón, Aristóteles, Estrabón, Pomponio Mela, y los no tan clásicos Al-Idrisi, Ben Yehuda, incluso Gandhi. De lo contrario las gentes de Ceuta podrían pensar que la ninfa Calipso era la concubina de Hércules (Heracles) y no del náufrago Ulises (Odiseo), una confusión a evitar.
Aunque de generaciones distintas -Heracles se sitúa antes de la Guerra de Troya- ambos héroes son los paladines de la resiliencia del mundo clásico, dos modos distintos de superar las adversidades: Hércules, mediante la fuerza física bruta (separando continentes y uniendo mares; Ulises mediante la inteligencia y la astucia. En ambos casos dos modelos de lucha: Vencer y/o convencer para redimirse o para volver al origen. De momento para ninguno existe la juventud eterna ni la inmortalidad, sólo el viaje y el anhelo de deidad. Y, disculpen, por haberme metido en semejante jardín. Espero la benevolencia de los expertos.






