Recientemente ha llegado a mis manos un artículo sobre la seguridad de los excipientes en medicamentos pediátricos publicado hace un par de meses, en el que se subraya la necesidad de estudiar cada aditivo utilizado en su formulación, incidiendo además en que muchos de estos fármacos se enfocan en dosis y en características organolépticas como color, sabor, aroma y no están diseñados específicamente para niños.
Como además suelen llevar varios excipientes que pueden interaccionar entre sí, aumenta la exposición de los niños y las posibilidades de toxicidad. Con respecto a la información, las mayores brechas se producen sobre todo en neonatos y lactantes. Varios de los excipientes analizados tenían efectos hepáticos, neurológicos, renales, endocrinos o relacionados con la inmadurez metabólica, en fármacos sin parámetros de dosificación claramente establecidos por las agencias regulatorias.
Pero esto en realidad, ocurre también en los adultos en los que cada día se pautan fármacos con una cantidad nada despreciable de excipientes, algunos claramente dañinos para la salud de forma individual y aún más cuando se asocian, al interactuar entre sí sus componentes.
Es hora de poner límites a la industria farmacéutica porque no se puede jugar con la salud de las personas a ninguna edad. Los fármacos en sí no son malos, a lo largo de la historia de la humanidad han ayudado a erradicar enfermedades que provocaban muchas muertes, sin embargo cuando la "industria de la salud" solo quiere "hacer caja" , cuando investiga para cronificar y no para curar, cuando intenta producir "a bajo coste" e incluso, cuando deliberadamente desabastece el mercado de fármacos que funcionaban muy bien pero ya no son rentables, cruza una línea que las autoridades pertinentes no debían permitir porque al fin y al cabo, con la salud no se juega.






