No hay excusas. Uno en la vida puede elegir trabajar de forma honrada para ganarse el pan o moverse al margen de la ley, causando un enorme daño social.
Con el tráfico de drogas no vale la doble moral, ni pena, ni lástimas.
Quien trafica y quien coopera para que el negocio se mantenga está destrozando familias; quien coparticipa en la comisión del delito provoca indirectamente muertes.
Un consumo lleva a otro, un tráfico alimenta la delincuencia y esa delincuencia ocasiona violencia. No hay más.
Celebrar al delincuente y fustigar a la Policía parece norma de unos cuantos, quizá demasiados. Crean ese caldo de cultivo en el que se acostumbra a torcer las líneas, a difuminar las rectas, a hacer ver que al traficante no le ha quedado más salida que esa. Hay quienes incluso los pintan de héroes.
No cuela, más allá de su club de fans (ese mismo que se oculta tras perfiles falsos para atacar a agentes con nombre y apellidos), nadie cree a los que dicen no haber encontrado otra forma de vida. Siempre la hay.
Que se lo expliquen a quien se levanta todos los días a las cinco de la mañana y solo a base de currar y currar puede permitirse unas vacaciones.
La doble moral no sirve con nada, menos con el tráfico de drogas. Cualquier justificación, cualquier concentración que persigue girar la balanza de una forma alocada, no supone más que un puñado de excusas cobardes.
Esos que aplauden a los narcos deberían saber que por culpa de ellos se engancha una juventud que termina destrozada, sin futuro y muerta. Son ellos, los narcos, los culpables. Nadie más.






