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Ratán: de niño en Saigón a empresario íntegro en Ceuta

Memoria de una joya inolvidable

Por Prakash Ratán Mirchandani
07/09/2025 - 07:52
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Mi abuelo durante la festividad de Diwali año 1955

Imágenes cedidas

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Saigón: esperanza frágil y tiempos convulsos.

A comienzos de la década de 1950, Saigón era una ciudad en ebullición, símbolo de un país que se debatía entre el esplendor colonial y la lucha por su futuro.

Francia se aferraba a la Indochina colonial, mientras en el norte crecía la figura de Ho Chi Minh y el Viet Minh, decidido a conquistar la independencia. Las noticias de la batalla de Dien Bien Phu, las tensiones políticas y la creciente influencia de Estados Unidos alimentaban un ambiente de incertidumbre.

En las calles convivían los cafés franceses de la Rue Catinat con sus ventiladores perezosos y escaparates de lujo, con los gritos de los vendedores ambulantes, el olor del pho y el bullicio de los mercados chinos de Chợ Lớn.

Periodistas, diplomáticos, comerciantes y soldados se mezclaban en un escenario vibrante pero tenso, donde cada barco que atracaba en el puerto parecía traer no solo mercancías, sino también rumores y secretos.

En ese Saigón contradictorio y fascinante se instaló mi abuelo, acompañado de su esposa y sus dos hijas pequeñas, Pushpa y Rupa. Comerciante de piedras preciosas, vestía siempre impecable, con una elegancia natural que le permitía moverse con soltura tanto en los bazares como en las recepciones diplomáticas.

La casa de dos plantas

La familia vivía en una casa espaciosa de dos pisos. Arriba estaban las habitaciones, ventiladas por celosías que dejaban entrar la brisa húmeda del monzón; abajo, la cocina y un salón donde se recibía a amigos y familiares. El hogar combinaba el aroma del curry con el incienso que ardía ante las imágenes sagradas, y era un lugar de encuentro y convivencia.

Mi tía Pushpa aún recuerda el día en que, siendo apenas una niña, resbaló en la escalera y se abrió la ceja contra un peldaño. La cicatriz permanece, como un recuerdo físico de aquellos años en Saigón.

Para los niños, la ciudad era un universo sin límites. Mi padre, nacido en agosto de 1952 tras una promesa cumplida en el templo de la diosa Mariamman, pasó allí sus primeros cuatro años de vida. Aunque era demasiado pequeño para guardar recuerdos, me gusta imaginarlo correteando tras las gallinas en el patio, tirando del manto de alguna vendedora en el mercado de Ben Thanh o escondiéndose detrás de los baúles de piedras preciosas de mi abuelo.

La promesa, el nombre y el júbilo

El 25 de agosto de 1952 nació mi padre, Ratan. Fue un día de júbilo: se repartieron dulces entre vecinos y la familia entera acudió al templo para cumplir la promesa. Saigón amaneció bajo una fina lluvia veraniega, y en casa resonaban cantos devocionales mientras mi abuela sostenía emocionada al recién nacido.

El nombre elegido fue Ratan, derivado del sánscrito ratna, que significa “joya” o “gema preciosa”. Mi abuelo, dedicado al comercio de piedras, evocaba siempre el concepto de Navaratna —“las nueve gemas, los nueve planetas”—, y decía que su hijo era como una de esas gemas especiales: brillante, única, destinada a guiar a los suyos.

La tradición familiar cuenta que mi abuela, deseosa de tener un hijo varón, prometió a la diosa Mariamman un collar de oro si su deseo se cumplía. Y así fue. Tras el nacimiento de Ratan, acudió al templo con lágrimas de gratitud para ofrecer la joya prometida.

 

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Aventuras de un comerciante apuesto

Mi abuelo no era solo comerciante: era un hombre versátil que se movía con facilidad entre mundos distintos. Podía pasar la mañana negociando la compra de un zafiro en Chợ Lớn, almorzar con un diplomático francés en el Hotel Continental y terminar el día brindando con empresarios estadounidenses recién llegados a la ciudad.

Se decía que conocía cada joyero, cada cambista y cada rincón de los mercados. Sabía distinguir un rubí birmano de uno siamés con apenas mirarlo bajo la luz del atardecer. Esa pericia lo convirtió en un referente para quienes buscaban lujo y seguridad en tiempos inseguros.

Hay relatos que cuentan cómo, en más de una ocasión, tuvo que cambiar de ruta para evitar disturbios nocturnos o esconder piedras preciosas en compartimentos secretos de su maletín. Su habilidad camaleónica para moverse entre el lujo y el peligro era bien conocida.

El rostro secreto: colaborador de inteligencia

A esa faceta pública de comerciante distinguido se añadía otra mucho más discreta: mi abuelo fue también colaborador de los servicios de inteligencia en Saigón.

Su sociabilidad, su facilidad para entablar conversaciones con diplomáticos, empresarios y militares, y su conocimiento de idiomas lo convertían en un observador privilegiado. Muchas reuniones que parecían simples almuerzos eran, en realidad, intercambios de información.

Su maletín, decían algunos, no solo guardaba gemas: también secretos. Y esa doble vida explica quizá por qué a veces volvía tarde, con una mirada distante y un brillo en los ojos que sus hijos no llegaban a comprender.

La pequeña comunidad hindú

La comunidad india en Saigón era pequeña pero unida. Los templos, como el de Mariamman, eran puntos de encuentro, y en festividades como el Diwali mi abuelo organizaba recepciones en casa. Había luces de aceite en la entrada, dulces traídos de la India y discursos suyos que mantenían viva la identidad y la esperanza en medio de la incertidumbre.

Era un anfitrión nato, cortés y educado, capaz de cautivar con una historia o arrancar sonrisas incluso entre los comerciantes franceses que lo admiraban por su elegancia y carisma.

La tensión que crecía

Entre 1954 y 1956 la situación se tornó insostenible. Tras la derrota francesa en Dien Bien Phu, Vietnam se dividió en dos: el norte comunista bajo Ho Chi Minh y el sur apoyado por Occidente, con Ngô Đình Diệm al frente.

Los barcos llegaban repletos de refugiados del norte, las calles se llenaban de propaganda y soldados, y los diplomáticos hablaban en susurros sobre el incierto futuro. Fue entonces cuando mi abuela decidió marchar con sus tres hijos. Primero a Indore, acogida por familiares, y en 1956 a Pune, a la casa de Ram Niwas. Mi abuelo, sin embargo, permaneció un tiempo en Saigón, atado a compromisos que no podía abandonar.

Epílogo de una etapa breve

Fueron solo seis años, de 1950 a 1956, pero intensos: los de las piedras preciosas, las recepciones, la promesa cumplida, la cicatriz en la frente de una niña, las primeras risas de mi padre y las noches en que lujo y peligro se rozaban.

Hoy, cuando camino por Saigón en busca de vestigios, siento que sigo las huellas de aquella familia que aprendió a vivir en una ciudad deslumbrante y convulsa. Y aunque mi padre no recordara nada de esos años, su infancia en Saigón fue como un telar de luces, colores y promesas que aún resuena en nuestra memoria.

 

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Pune, Ceuta y legado (1956–2023)

Pune: aprendizaje, disciplina y raíces. En 1956, la casa de Ram Niwas en Pune se convirtió en refugio y escuela de vida. Allí, mi padre creció junto a sus dos hermanas entre el olor a tierra mojada del monzón, los rezos al amanecer y el bullicio de los mercados. Las jornadas empezaban temprano: estudio, encargos domésticos, algún partido improvisado de críquet en la calle y la costumbre —heredada de mi abuela— de encender cada noche una lámpara de aceite, en silencio, como símbolo de gratitud.

No hubo lujos; hubo orden y disciplina. Mi abuela, sola y al frente, administraba la casa con una economía exacta. Mi padre aprendió pronto el valor de lo honesto, la importancia de cumplir la palabra y la necesidad de apoyarse siempre en la familia. Entre cuadernos forrados con esmero y libros de texto heredados, se fue forjando un carácter sobrio, respetuoso y trabajador.

A los 17 años, la vida le llevó lejos. Consiguió una oferta en la empresa más pujante de la época en Ceuta: Tokio. Allí comenzaría la etapa que marcaría el resto de su vida.

Ceuta: trabajo, hogar y un “sí” definitivo

La llegada a Ceuta supuso un cambio radical. Era una ciudad portuaria, vibrante, donde el comercio marcaba el ritmo de las calles. Mi padre aprendió a moverse en ese entorno exigente: conocer a los proveedores, entender la dinámica de los mercados, adaptarse a los barcos que traían mercancía y, sobre todo, familiarizarse con los códigos de confianza que sostenían los negocios de entonces.

Mientras él trabajaba duro, mi madre —su novia en la India— aguardaba noticias en Pune. Finalmente, en 1978, se celebró la boda en la India. Fue una unión llena de júbilo, música y color, como mandan las tradiciones.

Tras la fiesta, mi madre regresó con él a Ceuta y juntos comenzaron a formar una familia.

El primer hijo varón, mi hermano Vishal, nació en 1979. Le siguieron tres más, hasta completar una familia de cuatro hijos, todos nacidos en Ceuta, que llenarían la casa de risas, carreras y cuadernos escolares. Mi padre llevó a su matrimonio la mezcla de disciplina y ternura que había aprendido de su madre en Pune: exigente consigo mismo, generoso con los demás.

1981–1989: primeros emprendimientos

Alentado y motivado por mi madre, en 1981 mi padre decidió iniciar su propio emprendimiento junto a un amigo. Con esfuerzo y constancia fueron levantando un negocio que, en 1989, él consolidó en solitario al instalarse en la céntrica calle Camoens, donde abrió un establecimiento que aún permanece en la actualidad.

A lo largo de los años abriría varios locales más, generando empleo y oportunidades para muchas familias. Era un trabajo duro, de sol a sol, pero nunca perdió la sonrisa ni el trato cordial.

 

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1996: crisis, reinvención y familia unida

La crisis de 1996 golpeó con fuerza. Muchos compatriotas optaron por abandonar Ceuta rumbo a otros destinos —las Islas Canarias, entre ellos—, buscando aire en medio del temporal. Mi padre decidió quedarse. No por obstinación, sino por lealtad a una ciudad que ya sentía suya y por confianza en que, con el rumbo adecuado, el barco resistiría.

La reinvención llegó con una idea tan humilde como brillante: convertir el negocio en un establecimiento de golosinas. Cambiaron escaparates, ajustaron márgenes, replantearon cada paso. Fueron momentos muy difíciles, con cuentas que apretar, decisiones duras y noches sin dormir.

En esa etapa, mi hermano mayor regresó de la India y se unió a mi padre. Juntos empezaron a trabajar codo con codo, compartiendo ideas, comprando, vendiendo y buscando nuevas formas de salir adelante. Era un esfuerzo en equipo: mientras uno pensaba en cómo mejorar el negocio, el otro resolvía los imprevistos del día a día. Lo hacían con paciencia, con confianza mutua y con la certeza de que, unidos, no había dificultad que no pudieran superar.

A mí, en ese mismo giro de timón, mi padre me regaló libertad: seguir estudiando y viajar a la India en busca de mí mismo. Me dijo con tranquilidad, como quien habla desde la certeza, que la mejor inversión era la que se hacía en la cabeza y en el corazón. Nunca lo olvidé. Ese consejo me dio la libertad de crecer, de estudiar y de viajar, pero también la fuerza para no olvidar mis raíces ni la tierra donde todo comenzó. Le estoy profundamente agradecido, porque aquel gesto cambió mi vida y también mi forma de ser.

Pasada la tormenta, mi padre y mi hermano replantearon todo el negocio. Volvieron a introducir la electrónica y, con visión de futuro, apostaron por los teléfonos móviles, convirtiéndose en pioneros en Ceuta en este último sector. No todo fue fácil, pero la constancia y la reputación abrieron puertas. Mi padre mantuvo siempre su estilo: discreto, recto, cercano. Quienes trataron con él sabían que su palabra bastaba. Amplió su red, cuidó de sus proveedores, respetó a la competencia y defendió a su equipo. Nunca presumió; le bastaba con cumplir.

Abrió nuevos establecimientos en distintos puntos de Ceuta y continuó generando empleo. Mientras tanto, en casa, la vida se llenaba de momentos sencillos pero valiosos. Disfrutábamos de las comidas alrededor de la mesa, de alguna broma en la sobremesa, de las conversaciones que siempre terminaban en consejos y de esas llamadas que unían a toda la familia aunque fuera a distancia. No necesitábamos grandes cosas: bastaba con estar juntos. En esa sencillez mi padre fue sembrando, día a día, su verdadero legado: honradez, trabajo y familia.

Cierre y tributo

Incluso cuando su salud empezó a flaquear, mi padre nunca se apartó del todo del negocio. Delegó las responsabilidades en mis hermanos Nitesh y Tapasya, que asumieron las riendas con firmeza y compromiso. Aun así, cada decisión importante pasaba por él: seguía siendo la voz serena y sabia a la que todos acudíamos en busca de consejo.

En 2023 mi padre dejó su cuerpo. La enfermedad pudo desgastarlo, pero nunca arrebatarle la dignidad. Su ausencia se hace presente cada día, tanto como su legado, que sigue vivo en lo que somos, en lo que tenemos y en la manera en que aprendimos a caminar gracias a él.

Este texto —que comenzó en Saigón (Vietnam), pasó por Pune (India) y encontró puerto en Ceuta (España)— es mi tributo a un hombre que supo empezar de cero, resistir en la crisis, reinventarse cuando fue necesario y, sobre todo, cuidar de los suyos.

Si hoy me siento capaz de estudiar, viajar, escribir y mirar el mundo con curiosidad, es porque un día mi padre eligió quedarse, luchar y confiar. Y porque, cuando el mar se agitó, supo poner al timón a mi hermano mayor y darme a mí el viento a favor de la educación y de los caminos abiertos. Gracias a él pude despertar en mí la semilla de la curiosidad: la necesidad de conocer mis raíces, de viajar a la India y reencontrarme con mi abuelo cuando aún vivía. En la casa de Ram Niwas nació mi vínculo con nuestra historia familiar. Hoy, cada vez que regreso a la India, me quedo en esa misma casa, como una forma de honrar su memoria y mantener vivo su legado. Mi padre me regaló no solo oportunidades, sino también la responsabilidad de cuidar y preservar esa herencia. Y en ese equilibrio —entre la libertad de ser yo mismo y la memoria de lo heredado— se fue forjando mi carácter y mi manera de mirar la vida.

Gracias, padre.

Hoy, al recordarlo, no solo somos nosotros, sus hijos, quienes lo celebramos. También sus amigos y hasta sus competidores lo evocan con respeto: como un hombre íntegro honesto, de palabra firme y corazón generoso. Un comerciante que supo convertirse en empresario sin perder nunca la humanidad.

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Comments 5

  1. Jose comentó:
    hace 8 meses

    He tratado con los tres hijos de Mr. Ratán, y he de decir que siempre he tenido la impresión de que han tenido un "maestro" de muy alto nivel personal y espiritual. Gracias a la narración que nos regala Prakash, he llegado a comprender aún mejor esa sabiduría que destilaban mis conversaciones con Mr. Ratán en la puerta de su negocio en Ceuta.

    Hay familias que enriquecen tu camino vital... y esta es una de ellas.

  2. Ana María Migoya Jiménez comentó:
    hace 8 meses

    Excelente narración y muy buena descripción de paisajes, olores, colores y sabores de un tiempo pasado. Al estilo del mejor relato de la sociedad colonial en países tan significativos como India, Vietnam. El autor resalta la llegada de su padre a Ceuta y su posterior y feliz arraigo en el mundo del comercio: nuestras queridas " tiendas de indios" que merecerían un espacio aparte. Un libro que glosara la vida y peripecias de los cientos de personas que llegaron a nuestra ciudad cargados de ilusiones. Y que se quedaron y triunfaron tras echar raíces fructíferas. Mi respeto hacia todos ellos. Una parte importante de nuestra historia que tendría que ser rescatada.

  3. Matias Peinado comentó:
    hace 8 meses

    Gente asi son los que hacen grande la vida!
    Esfuerzo, dedicacion, una motivacion enorme y todo aderezado con mucho trabajo y amor a la familia…. Los hijos podeis estar muy orgullosos de continuar su legado.
    Cuando a una persona se la recuerda asi, no se ha ido. Y mi amigo Prakash lo sabe.

  4. APC comentó:
    hace 8 meses

    Prakash, sin duda alguna un historia apasionante cargada de emoción y orgullo. Has sabido tejer la historia de tu padre y tu abuelo con una elegancia que huele a especias del mercado de Saigón en los años 40-50, con ecos de seda, zafiros y susurros de espionaje. Tu abuelo, ese comerciante y espía entre sombras y joyas, parece sacado de una novela. Y tu padre… ¡qué figura entrañable! Lo conocí bien y me alegra haber compartido momentos con él. Era un hombre íntegro, noble y sabio, que dejó huella en Ceuta y en todos nosotros.
    Gracias, amigo, por compartir esta joya familiar.

    Saludos para toda la familia.

  5. Amigoo de Ratan comentó:
    hace 8 meses

    Me uno a honrar la vida de nuestro amigo Ratán! compartir negocio en la misma calle y entablamos muchas charlas, por la mañana mientras se fregaba la puerta del negocio. era un hombre culto, muy precavido y respetuoso.
    Es un pasado que desde luego ignoramos y al mismo tiempo interesante.
    Siempre nos decía "hay seguir el sistema Becu" pero nos explica que significaba, cada uno lo interpretaba a su forma y ahí está el truco de la vida!! un abrazo muy fuerte a toda l familia. un metraje muy bonito!! Gracias amigoo!

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