

COLEGIOS 60 estudiantes de tres colegios jesuitas de Barcelona visitan en CETI para conocer de cerca el fenómeno migratorio
Imagina que no hay países, no es tan difícil de hacer. Nadie por quien matar o morir y sin religión tampoco. Imagina a toda la gente viviendo la vida en paz. Con esta canción de John Lennon, que decía que quizá fuera un soñador pero no el único, la banda de música del CETI invitaba a los estudiantes de tres colegios jesuítas de Barcelona a compartir junto a ellos un momento en que la integración fue real. Estudiantes, profesores, residentes, responsables y monitores del centro, dando palmas, cantando, unidos por las manos, con la sonrisa en los labios e imaginando que un mundo sin fronteras podría existir.
En el CETI existe cada día en que lucha contra las diferencias. Por eso, los responsables de Pastoral de los centros, decidieron llevar a los estudiantes que se forman para trabajar por el futuro del mundo, a un lugar “que sea raíz de la inmigración para que no nos quede tan lejos viéndolo por la tele o desperdigado por las calles de Barcelona”. Saida Francia es una de las monitoras de los centros, convencida de que “esta covivencia sirve para romper prejuicios, estereotipos, para acercarnos a ellos, conocerlos, saber qué les lleva a romper con todo para venir a un lugar que para muchos de nosotros es ahora desesperanzador”.
A los estudiantes les entusiasmó su fe “algo que les ha ayudado a llegar hasta aquí y a seguir teniendo ganas de luchar por encima de todo para mejorar sus vidas”, explicaban tras una puesta en común y llevar a cabo varias dinámicas de trabajo grupal. Les sobrecogió su fuerza y su agradecimiento constante por escucharles. “Poneros en nuestro lugar, aquí estamos bien, pero necesitamos seguir avanzando para poder cumplir nuestros sueños”, explicaban algunos. El director del centro, Carlos Bengoechea, no dudó en explicar los trámites burocráticos que se requerían y el tiempo de resolución de expedientes que les obligaba a permanecer en el centro una media de tres meses a medio año en los últimos tiempos. Consciente de que la llegada a Ceuta no es el final del camino, Bengoechea insiste en la importancia de este tipo de programas de intercambio para que “unos y otros sepan las realidades que existen y los jóvenes de condiciones más acomodadas se pongan en el lugar de los otros que huyen siempre obligados en ocasiones por condicionantes verdaderamente trágicos”. Todo esto, asegura que forma parte del proceso de integración. Una integración que puede ser real. Rompiendo, si no fronteras, barreras. Solo hace falta tener ganas de cambiar las cosas para mejorar y en el CETI hay muchas ganas. Y los 60 estudiantes que ayer estuvieron allí también las tienen. Imagine.
Puesta en Común. La integración real se consolida en base al conocimiento del otro, por eso durante horas, los estudiantes y los residentes charlaron, preguntaron, explicaron y compartieron todos los puntos de vista. Sin prejuicios, sin miedos y acercando culturas para conformar una misma realidad plural y diversa.
Teatro. El grupo de teatro del CETI representó la situación de corrupción que se vive en sus países de origen a diario. En este caso, a nivel sanitario. Las responsables de preparar las actividades, Sandra y África, querían reflejar las preocupaciones de los inmigrantes y consiguieron que calaran en los estudiantes catalanes.
Música y baile. El lenguaje universal de la música y el baile hizo que todo el aula magna del centro cantara y bailara en un ambiente de plena integración en la que los estudiantes sintieron que “no importa la piel, la religión, la cultura...lo único que nos separa son intereses económicos”.






