La colocación de losetas en la zona centro fue un claro ejemplo de nefasta gestión. Nada más colocarse comenzaron a producirse caídas por lo resbaladizo del pavimento, obligando a la ciudadanía a pasear cual clones de Chiquito de la Calzada. Un espectáculo. Empezaron las caídas y le siguieron las denuncias… que dieron lugar a una hilera de condenas que está saliendo bien cara a las arcas municipales. Acosada por las denuncias que iban a seguir presentándose, la Ciudad empezó a idear soluciones, ¿lo recuerdan? Primero fue un líquido que, decían, iba a evitar estos accidentes. Después llegó la labor de desbastado, que se está haciendo en plazos. Y ahora nos damos cuenta de que los ciudadanos siguen cayéndose cada vez que llueve porque el pavimento sigue siendo resbaladizo. Y este asunto no es cosa menor, muy al contrario, forma parte de esa queja social que termina más que otra preocupando a la clase política, porque corren el riesgo de verse apabullados en plena calle por todos aquellos que han sufrido en sus propias carnes lo que significan las losetas verdes, ya rebautizadas como losetas asesinas.

Lo que mal empieza mal acaba. No solo fue errática la colocación y selección de este pavimento sino los modelos elegidos en las zonas peatonales en donde asoma otra problemática igual de grave: la confusión permitida y mantenida en los pasos de peatones que deben respetarse y los que no lo son pero confunden al ciudadano. Un claro ejemplo lo tenemos al lado de la Manzana del Revellín para continuar en dirección a los Agustinos. Al pavimento resbaladizo se añade la creencia del peatón de tener prioridad en cruces que no lo son y la confusión de conductores que no saben si ceder o no el paso porque las marcas viales son inexistentes. Ha habido varios accidentes pero, al igual que con las losetas, el Gobierno insiste en primar lo que considera bonito sobre lo funcional y protector para el ciudadano. Una Administración que no presta las garantías suficientes se ve obligada a hacer frente a múltiples denuncias que pondrán en evidencia su poco cuidado y su indiferencia ante un problema del que nadie escapa, que ha dejado ya en el camino casos sangrantes que ni una indemnización puede servir para repararlos.