Acababa de iniciar en la otra orilla mi habitual retiro veraniego, casi olvidado del mundo, cuando sonó el móvil. Era mi hijo.
-Papá, te mando a las niñas, esto pinta mal, muy mal.
Escueto, casi en formato telegrama me puso en antecedentes de la situación. Se me encogió el corazón, hundiéndome completamente cuando comencé a ponerme al tanto de la situación monitorizando medios e imágenes. Ceuta había sido invadida, sí. La tragedia se confirmaba. Lo que siempre me negué a pensar que podría suceder en la tierra en la que nací, en la que quisiera morir y en la que tan felices y orgullosos nos hemos sentido viviendo cinco generaciones ya de nuestro apellido.
Transcurridos tres meses de aquel soponcio, no logro encajar la situación, volver anímicamente a la normalidad. Imposible. Y creo que ese sentir está ampliamente generalizado en todos los ceutíes, muy especialmente entre los que más han venido y vienen sufriendo, día a día, tan desolador panorama a pie de sus calles, puertas y ventanas.
A mi edad provecta he sido testigo de episodios complicados en mi ciudad, pero jamás de esta dimensión. Recuerdo, tras la independencia marroquí, el dolor en los rostros de residentes tetuaníes, clientes y amigos de mi padre, cuando desfilaban por su establecimiento para despedirse de él, camino de su obligado exilio a la Península.
-Ojalá qué no os toque vivir y sufrir nunca esto, decían.
Por un tiempo, la inquietud anidó en la ciudad ante las reivindicaciones de Marruecos, ya algo más calmadas cuando la ONU, en 1975, tiraba por tierra de un plumazo sus reclamaciones sobre Ceuta y Melilla.
Vivimos también con zozobra la entrega y evacuación del Sahara, la que había sido, desde 1958, provincia de España. La intranquilidad por aquella Marcha Verde y la posibilidad de que Marruecos intentara posteriormente algo parecido por nuestras dos ciudades fue inevitable al tiempo que, por entonces, quienes podían permitírselo comenzaban a comprarse una vivienda en la otra orilla “por si acaso”.
Gran inquietud también invadió la población cuando, el 26 de junio de 1975, estalló una bomba a las puertas de la Comandancia de Marina, con un fallecido y su compañero con la pérdida de un ojo. Hora y media después una segunda explosionaba entre el parador La Muralla y la Comandancia General. Adosado este último artefacto a un vehículo de matrícula marroquí, recuerdo como algunos, presos del miedo, llegábamos a mirar en ocasiones los bajos de nuestros vehículos antes de subirnos, por si acaso.
Posteriormente, en octubre de 1978, otra bomba estalló en el Paseo de Colón sin mayores consecuencias, en el edificio de lo que había sido la estación de autobuses de Marruecos, por entonces ya abandonado y que actualmente acoge a la Comisaría de Policía.
Si que las tuvo al año siguiente, cuando explosionaba otro artefacto, este de gran potencia, en una habitación del hotel Ulises, con quince heridos e importantes destrozos en el hotel, en las viviendas militares de enfrente y en varios locales comerciales.
Reivindicado este último atentado por el autodenominado Frente Patriótico Marroquí, la verdad es que nunca se pudo esclarecer su autoría al igual que el primero de ellos. Lo cierto es que ambos sembraron durante un tiempo la lógica inquietud en los ceutíes, temerosos de que fueran el principio de posteriores acciones más graves.
En plena guerra híbrida y sin ninguna relación con lo anterior, ahora Marruecos, en sus irredentas reivindicaciones no ha dudado en enviarnos a sus ciudadanos a violentar la frontera como en 2021. Las últimas investigaciones al respecto lo están poniendo en evidencia, como también la dejadez por parte del gobierno español para haberlo evitado. Marruecos, sí. Nuestro incómodo vecino al que desde Moncloa no dudan en definir como “un socio fiable, leal y un aliado imprescindible”.
Pese a que se ha avanzado con los traslados de quienes aquí llegaron en julio a campamentos de acogida, - los escondidos aparte -, lo cierto es que los ceutíes seguimos con el alma encogida, no digamos los de la periferia. Esta situación es más preocupante que las que aquí hemos recordado. Por entonces nuestra economía no se derrumbó como ahora. No precisamos recluirnos en casa por seguridad, nuestros hábitos de vida no se alteraron, las calles no se vieron invadidas por personas desconocidas, la sanidad no se colapsó, no aparecieron fragatas ni lanchas de la armada marroquí en nuestras aguas y tampoco precisamos manifestarnos aquí y en Madrid.
Con 15.000 inmigrantes todavía en la ciudad, Ceuta no puede asumir por ningún concepto tal situación ni convertirse en un gran CETI. Sería su final. No podemos aceptar esa “nueva realidad estructural” de la que nos ha hablado Pedro Sánchez ni la ciudad, por sus dimensiones, puede acoger a esos miles de invasores o migrantes, como guste llamarlos cada cual. Con tal panorama y las elecciones menos de un mes vista, parece más que claro que el gobierno actual no nos resolverá tan complicada y preocupante situación como muchos nos temíamos.
Afortunadamente el pueblo español está con nosotros. Lo ha demostrado una y otra vez. Muchas. En ese sentido el panorama es muy distinto a la del último cuarto del pasado siglo cuando tantas veces se cuestionaba nuestra españolidad y alegremente algunos hablaban de ¿devolver? Ceuta y Melilla a Marruecos.
Supina y maliciosa ignorancia.







Un saludo Ricardo, yo habia echado de menos tu defensa a tu Ceuta querida. Me alegro de que os encontreis bien. Abrazos Paco.
Ni un paso atrás. Ceuta y Melilla son tan españolas como Madrid o Salamanca.
Se defenderán quiera este infausto gobierno o no. Ceuta será su tumba.