El acoso escolar ha dejado de ser un problema invisible para ocupar, con razón, un espacio en el debate político y social. Que esta cuestión haya llegado al Senado evidencia la gravedad de una realidad que, en lugares como Ceuta, ya no puede relativizarse.
La constatación de una decena de casos de bullying en lo que va de año es un dato que debe interpelar a toda la comunidad educativa y a las administraciones.
Más allá de los marcos legales y los planes estatales, que existen y son necesarios, la clave está en la detección temprana y en la valentía de denunciar. El silencio sigue siendo el mejor aliado del acoso.
Muchas víctimas continúan soportando situaciones de violencia física o psicológica por miedo, vergüenza o desconfianza en el sistema. Romper esa barrera es imprescindible para activar los protocolos y garantizar una intervención eficaz.
En este sentido, el papel de los profesionales resulta determinante. Docentes, orientadores, coordinadores de bienestar, psicólogos y fuerzas de seguridad deben actuar de forma coordinada, con seguimiento continuo y sensibilidad ante cada caso concreto.
No basta con intervenir de manera puntual: el acompañamiento sostenido es esencial para proteger a la víctima y evitar recaídas.
Ceuta necesita convertir la denuncia, la prevención y el seguimiento profesional en pilares reales de la convivencia escolar.
Solo así se podrá frenar una lacra que afecta directamente al bienestar emocional y al futuro de nuestros menores.
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