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El presidente Vivas y el dharma de no desistir

Hay personas a las que uno conoce durante años sin haberlas observado realmente y otras que, por las circunstancias que les toca afrontar, terminan mostrándonos aspectos de sí mismas que quizá siempre estuvieron ahí, aunque hiciera falta un momento excepcional para que los demás pudiéramos apreciarlos. A Juan Jesús Vivas he tenido la oportunidad de conocerlo desde hace muchos años, especialmente durante aquella etapa en la que asumí responsabilidades en los asuntos culturales y religiosos de la comunidad hindú de Ceuta, cuando coincidíamos en actos, celebraciones y encuentros institucionales relacionados precisamente con algo que para nosotros resulta tan cotidiano que a veces olvidamos lo extraordinario que es: esa convivencia entre credos, culturas, apellidos y formas de entender la vida que forma parte de la propia identidad de nuestra ciudad.

Nunca he pretendido conocer al presidente en su intimidad, porque sería arrogante afirmarlo, pero sí he tenido ocasión de tratarlo, de escucharlo y de observar durante muchos años su manera de relacionarse con las personas, y quizá también por mi profesión de psicólogo termino fijándome en determinados comportamientos que, en circunstancias normales, pueden pasar inadvertidos y que se hacen mucho más visibles cuando alguien está sometido a una presión extraordinaria. Es relativamente fácil mantener la serenidad cuando alrededor todo está tranquilo, hablar de consenso cuando no existe un conflicto serio o defender la convivencia cuando nadie la pone verdaderamente a prueba; mucho más difícil es hacerlo cuando aparecen el cansancio, la incertidumbre, la indignación y esa sensación profundamente humana de que aquello que uno tiene delante es demasiado grande incluso para las herramientas de las que dispone.

Durante estos últimos meses, observando al presidente Vivas afrontar probablemente uno de los momentos más difíciles de su vida pública, he vuelto a reconocer muchas cualidades que ya había percibido antes en él: su capacidad para escuchar, esa manera pausada de analizar las cosas antes de responder, la prudencia que no necesariamente significa debilidad, su tendencia a buscar acuerdos y, sobre todo, algo que considero especialmente valioso en estos tiempos tan dados al enfrentamiento, que es la capacidad de defender con firmeza aquello en lo que cree sin necesitar para ello convertir a quien piensa diferente en un enemigo.

No pretendo hacer un balance de sus veinticinco años al frente de Ceuta porque no es esa la intención de estas líneas, ni creo que este sea el momento de entrar a valorar decisiones políticas concretas, porque habrá quien las comparta y quien legítimamente las cuestione. Lo que me ha movido a escribir es algo bastante más personal, la impresión que me produce contemplar cómo responde una persona cuando las circunstancias colocan sobre sus hombros una responsabilidad que seguramente nunca hubiera deseado tener que ejercer de esta manera.

Y ahí es inevitable que aparezca también el hindú que soy.

Quienes hemos crecido conociendo las historias del Mahabharata recordamos aquel momento extraordinariamente humano en el que Arjuna llega al campo de Kurukshetra, contempla a quienes tiene delante y duda. No duda porque sea cobarde, ni porque carezca de preparación para la batalla, sino precisamente porque comprende el alcance de aquello que está a punto de suceder y porque el hombre que existe dentro del guerrero se pregunta si realmente merece la pena continuar. Frente a él está Krishna, que no le enseña a odiar a sus adversarios ni convierte la batalla en algo hermoso, sino que le recuerda una idea mucho más profunda que todavía hoy forma parte esencial del pensamiento hindú: el dharma, ese deber que no siempre coincide con lo que uno desea hacer, pero que en determinados momentos nace de la responsabilidad que voluntariamente se ha asumido.

Siempre he pensado que ahí reside una de las grandes enseñanzas de la Bhagavad Gita, porque el verdadero guerrero no es necesariamente quien desea entrar en batalla, sino muchas veces aquel que habría preferido evitarla y que, llegado el momento, permanece en su lugar porque entiende que marcharse significaría abandonar aquello que tiene la obligación de proteger.

Y durante estas semanas he pensado muchas veces en ello viendo al presidente Vivas.

A sus 73 años, con una cardiopatía y un cáncer del que él mismo ha hablado públicamente, después de un cuarto de siglo soportando el enorme desgaste que inevitablemente acompaña a cualquier responsabilidad política prolongada, probablemente tendría suficientes motivos personales para bajar el ritmo. Sin embargo, hemos visto justamente lo contrario: reuniones, viajes, entrevistas, horas interminables explicando fuera de Ceuta algo que aquí todos conocemos demasiado bien, llamadas, comparecencias y la necesidad permanente de mantener nuestra ciudad en la agenda de quienes tienen capacidad para adoptar decisiones. Él mismo ha contado incluso que todo esto le ha impedido todavía conocer a un nieto recién nacido, y confieso que ese pequeño detalle, perdido entre tantos titulares, me hizo detenerme especialmente, porque detrás de las grandes crisis siempre existen pequeñas renuncias de las que casi nunca sabemos nada.

Juan Jesús Vivas deposita flores ante un altar dedicado a Mahatma Gandhi, durante el Día de la No Violencia celebrado en el Templo Hindú de Ceuta en 2011.

Ahí pensé también en su familia, a la que quiero incluir humildemente en estas palabras de agradecimiento, porque quienes hemos tenido alguna vez responsabilidades públicas, aun siendo incomparablemente más modestas, sabemos que el tiempo que entregamos nunca procede solamente de nosotros: son también horas que pertenecían a quienes nos quieren, conversaciones que se aplazan, comidas familiares a las que se llega tarde, preocupaciones compartidas y esa llamada que muchas veces queda para mañana porque todavía hay algo que resolver hoy. Ellos conocen seguramente mucho mejor que nosotros el cansancio del hombre que vuelve a casa cuando termina de ser presidente y también el precio personal de estos meses, y por eso me parece justo recordarlos.

He querido publicar estas reflexiones precisamente un 2 de octubre porque tal día como hoy nació Mohandas Karamchand Gandhi, y quienes tenemos nuestras raíces espirituales en la India sabemos que, más allá de la dimensión histórica de su figura y de las inevitables contradicciones que acompañan a cualquier ser humano, Gandhi terminó convirtiéndose en una referencia universal de una determinada manera de enfrentarse a la adversidad: resistir sin dejarse dominar por el odio, mantener la firmeza sin renunciar a la humanidad y comprender que la verdadera fortaleza no siempre se manifiesta elevando la voz.

Las circunstancias de Gandhi frente al Imperio británico y las que hoy vive Ceuta no son comparables históricamente, ni pretendo que lo sean, pero las enseñanzas humanas no pertenecen exclusivamente al tiempo en el que nacieron, y tal vez por eso me gustaría que el presidente Vivas encontrara también algo de inspiración en aquel hombre menudo que durante décadas tuvo que enfrentarse a una adversidad inmensa y que, sin embargo, hizo de la perseverancia una forma de resistencia.

Que no desista en ese empeño por defender a Ceuta desde la serenidad, la convivencia y el respeto institucional.

No porque un presidente deba tener siempre razón ni porque los ciudadanos tengamos que compartir necesariamente todas sus decisiones, sino porque hay momentos en los que una comunidad necesita que quienes la representan no pierdan la serenidad precisamente cuando todos los demás comenzamos a perderla, que sean capaces de seguir llamando a puertas aunque algunas permanezcan cerradas y, especialmente en una ciudad como la nuestra, que comprendan que ninguna solución merece la pena si para alcanzarla terminamos rompiendo aquello que durante generaciones conseguimos construir juntos.

Ese es otro de los aspectos del presidente Vivas que he tenido oportunidad de conocer personalmente y que probablemente explica una parte importante del respeto que le profeso. Pertenezco a una comunidad pequeña, la comunidad hindú de Ceuta, y durante los años en los que tuve el honor de representarla en asuntos culturales y religiosos pude comprobar su sensibilidad hacia nuestra realidad plural, no solamente en los discursos institucionales sino en ese trato cotidiano que permite saber cuándo una persona entiende realmente que nuestra diversidad no es una decoración para las fotografías oficiales, sino una característica esencial de lo que somos.

Cristianos, musulmanes, judíos e hindúes llevamos demasiado tiempo compartiendo las mismas calles, los mismos colegios, los mismos comercios, los mismos problemas y también las mismas alegrías como para permitirnos ahora el lujo de mirarnos con desconfianza. Convivir nunca ha significado pensar todos igual, ni borrar las diferencias, sino aprender precisamente a vivir con ellas hasta que el vecino deja de parecernos diferente y pasa a ser simplemente eso, nuestro vecino. Vivas ha defendido durante años esa idea de Ceuta y, en momentos como el actual, considero particularmente importante que siga haciéndolo, porque proteger nuestra ciudad significa también proteger aquello que nuestra ciudad es.

Aquí vuelvo a pensar inevitablemente en Gandhi, para quien una de las grandes tragedias de los últimos años de su vida fue contemplar cómo hindúes y musulmanes, después de haber caminado durante tanto tiempo hacia la libertad de la India, terminaron matándose entre ellos. Habían conseguido enfrentarse a un imperio y, sin embargo, corrían el riesgo de perder algo quizás todavía más importante: la capacidad de reconocerse mutuamente como parte de una misma tierra.

No quisiera que olvidáramos nunca esa lección en Ceuta.

Podemos reclamar seguridad, soluciones y responsabilidades con toda la firmeza que consideremos necesaria; podemos sentir indignación y miedo, porque ambas emociones son humanas, pero si algún día esa indignación consigue que desconfiemos del vecino de toda la vida simplemente porque se llama Mohamed, José, Jacob o Ramesh, entonces habremos permitido que una crisis consiga destruir desde dentro algo que muchas generaciones tardaron en levantar.

Y creo sinceramente que el presidente Vivas entiende esto, quizá porque cuando habla de Ceuta resulta difícil no advertir que lo hace desde un vínculo que supera la relación administrativa entre un gobernante y el territorio que gobierna. Lo he visto recurrir a Machado, al mar, al camino, a esa pequeña ciudad nuestra abrazada por dos mares y situada en un rincón geográfico que obliga casi constantemente a explicar al resto del mundo quiénes somos; lo he escuchado hablar con cifras y argumentos como corresponde a un gestor y, en cuestión de segundos, perder parte de ese lenguaje institucional cuando la conversación llega a Ceuta y aparece entonces, con bastante más claridad, el caballa.

Me resulta difícil fingir indiferencia ante eso porque también conozco ese sentimiento.

A los que somos de aquí no hace falta explicarnos que Ceuta puede desesperarnos y enamorarnos en la misma semana, que pasamos media vida criticándola y la otra media defendiéndola cuando alguien de fuera lo hace, que sabemos perfectamente sus defectos, pero experimentamos una extraña necesidad de protegerla cuando sentimos que está amenazada. Tal vez por eso comprendo algo de la emoción que tantas veces se le escapa al presidente cuando habla de ella.

Y es precisamente entonces cuando, más allá del cargo y de la figura institucional que todos conocemos, uno alcanza a percibir también al hombre que hay detrás del presidente, con sus preocupaciones, su cansancio, sus emociones y esa vinculación tan difícil de disimular con la tierra que lleva tantos años representando.

No a un hombre perfecto, porque no creo demasiado en esa clase de personajes y porque veinticinco años de ejercicio del poder producen inevitablemente aciertos, errores, decisiones discutibles y heridas políticas, sino a una persona de 73 años que en un momento extremadamente complicado de su ciudad podría encontrar argumentos suficientes para protegerse a sí misma y que, sin embargo, continúa exponiéndose diariamente al desgaste.

Como psicólogo, hay algo que valoro especialmente en ello: la capacidad de transformar la preocupación en acción sin permitir que la ira termine convirtiéndose en el único combustible de esa acción, porque la ira puede proporcionar una enorme energía durante un tiempo, pero rara vez permite construir algo cuando se prolonga demasiado.

Arjuna también tuvo miedo y dudó en Kurukshetra, y precisamente por eso su historia continúa hablándonos miles de años después. Si hubiera sido un guerrero invulnerable, carente de dudas y sentimientos, probablemente no tendríamos nada que aprender de él. Lo importante es que Krishna no le pidió que dejara de ser humano, sino que recordara por qué estaba allí.

Krishna y Arjuna en el campo de Kurukshetra, escena de la Bhagavad Gita que inspira en el artículo la reflexión sobre el dharma y el deber.

Quizá ahí comience realmente el dharma: no cuando uno se siente fuerte, sino cuando está cansado y, aun así, continúa recordando cuál es su deber.

Rabindranath Tagore, poeta bengalí y premio Nobel de Literatura, se dirigió a Gandhi como Mahatma, “gran alma”, y siempre me ha parecido hermoso que una palabra tan sencilla pudiera terminar resumiendo una determinada manera de atravesar la historia.

No pretendo trasladar títulos ni establecer comparaciones que no corresponden, pero sí recordar que, al final, mucho después de que terminen los cargos y las circunstancias que los rodearon, aquello que permanece es la huella humana que dejamos en los demás.

Yo tuve la suerte de conocer al presidente Vivas desde una responsabilidad vinculada a mi comunidad y hoy escribo simplemente como un ceutí que observa lo que está sucediendo en su tierra, y quizá por eso, este 2 de octubre, no quiero terminar estas líneas realizando una valoración política de su gestión, sino haciendo algo que solemos postergar demasiado: dar las gracias mientras la persona todavía puede escucharlas.

Gracias, presidente, por seguir ahí, por defender Ceuta desde la firmeza sin renunciar a esa templanza que siempre he reconocido en usted, por continuar considerando la convivencia como algo que debemos proteger incluso cuando las circunstancias nos ponen a prueba y por no sentir vergüenza de emocionarse cuando habla de esta tierra, porque algunas lágrimas no hacen más débil a quien ocupa una responsabilidad pública, sino que nos recuerdan sencillamente que detrás del cargo continúa existiendo una persona.

Mi agradecimiento también a su familia, que conoce mejor que ninguno de nosotros cuánto hay detrás de estos meses y que seguramente comparte en silencio una parte importante de su desgaste.

Y si alguna vez el cansancio termina siendo mayor de lo que deja ver, quizá pueda recordar aquel diálogo de Kurukshetra y también a aquel otro hombre nacido un 2 de octubre que, con todas sus limitaciones humanas, pasó buena parte de su vida demostrando que la perseverancia puede ser mucho más poderosa que el ruido.

Las crisis terminan, aunque cuando estamos dentro de ellas parezcan eternas, y con los años olvidaremos seguramente muchas declaraciones, muchas ruedas de prensa e incluso algunas de las discusiones que hoy ocupan nuestras conversaciones. Lo que difícilmente olvidaremos será cómo se comportaron las personas cuando Ceuta atravesó uno de sus momentos más difíciles.

Por eso, en este día tan significativo para quienes sentimos la India como parte de nuestras raíces, solamente quisiera hacerle llegar una petición que nace del respeto y de la gratitud personal: no desista, presidente.

Siga cumpliendo su dharma, desde la serenidad y la convivencia, sin dejar que la batalla le haga olvidar aquello que merece ser defendido, ni que el ruido le impida seguir escuchando a la ciudad por la que lleva tantos años preocupándose.

Porque cuando todo esto pase, Ceuta seguirá aquí, y ojalá sigamos estando todos juntos para contarlo.

 

Por Prakash Ratan Mirchandani.

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  • Excelente artículo. Para reflexionar y con serenidad mantener la convivencia.

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