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No es un volcán

Por Manuel Sánchez de Nogués
11/09/2026 - 04:19
No es un volcán
Imagen de archivo
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Arde La Tortuga y en una foto publicada en las redes sociales el monte parece un volcán escupiendo lava, así, recortado en el atardecer de un día de poniente. El fuego duró poco, pero el volcán sigue activo. No ha dejado de estarlo desde el 30 de julio. Los fenómenos naturales nos ponen a todos en nuestro sitio: un volcán, un rayo que cae en un bosque seco y provoca un incendio fortuito. El meteorito que extinguió a los dinosaurios. No somos nadie. No podemos hacer nada, sólo controlar los posibles daños; no podemos preverlos, sólo mitigarlos, en algunos casos ni eso. No se puede impedir la erupción de un volcán, aunque sí hay indicios que advierten de su inminencia. A 30 de julio, cuando la lava alcanzaba la ciudad, parecía que muy pocos hubieran sabido o hubieran querido leer las señales previas al estallido: una actividad sísmica sostenida, un humo más denso de lo habitual coronando el cráter, los avisos del Centro Nacional de Inteligencia, las portadas de El Faro de Ceuta.

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La pregunta que cabría hacerse entonces es si todo lo que está pasando en Ceuta desde entonces es inevitable. Si es un fenómeno al que la ciudad estuviera predestinada, como un castigo divino o una realidad estructural, por ser frontera de la Unión Europea con Marruecos, o si por el contrario se hubiera podido conjurar o, al menos, paliar. Si fue un acto humano previsible, mitigable o solucionable. Así como la foto que ilustra este articulo crea la ilusión de que lo que se ve en la cima del monte de La Tortuga es la lava de un volcán y no las llamas de un incendio, tal vez intencionado, que el viento seco de poniente avivó rápidamente, lo que comenzó el 30 de julio siendo tan trágico y amenazador como un volcán, no fue un fenómeno inevitable, una combustión espontánea producto del calor y el viento del verano, tampoco una negligencia, sino un incendio, y no el primero, del que existen indicios para pensar que pudo ser provocado y del que no se sabe aún su alcance, ni cuándo se podrá controlar o, peor aún, si hay verdadera intención de controlarlo para evitar que se reproduzca. No fue un fenómeno natural. No fue un volcán.


Mes y medio después el fuego y sus consecuencias persisten, aunque se diga que es una mera percepción que no se corresponde con la realidad ceutí en un día limpio de poniente. Y ha causado muertos que tuvieron que enterrar en este lado de la frontera, en el cementerio de Sidi Embarek, porque la mezquindad de los del otro lado no los quiso sepultar en sus lugares de procedencia, cerca de los suyos. Ni siquiera una palabra de consuelo hacia las familias de los 140 muertos que el incendio dejó. Los que llegaron y no se fueron por dónde habían venido quieren seguir avanzando, pero no les dejan: son los extras de esta invasión por personas interpuestas, guerra híbrida la llaman ahora. Ni quieren estar ni quieren que estén. Y hay más víctimas: la esperanza, la confianza, la alegría de toda una ciudad aún en llamas y la de sus habitantes, la convivencia, esa que distingue a Ceuta, que la hace especial, casi única. La normalidad, en definitiva.
Pero es en situaciones excepcionales como la que sufre Ceuta cuando aflora lo mejor de las personas: la solidaridad con quien la necesita, la empatía hacía quien sufre, la emoción compartida, el afecto de los desconocidos, los liderazgos que unen. También lo peor: el miedo, la desconfianza hacia el vecino, el señalamiento. La normalidad volverá tarde o temprano. La ciudad resistirá, como lo ha hecho siempre. Pero el volcán no se apagará, más bien se quedará dormido un tiempo.

*Manuel Sánchez de Nogués es ceutí y observador electoral internacional. Fue redactor de El Faro de Ceuta entre 1992 y 1996. Actualmente vive en Bruselas.

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